05.03.21
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Crítica: Descuida, yo te cuido (I Care a Lot) (Netflix), por Carla Leonardi

La fetichización del cuidado:

El comienzo de Descuida, yo te cuido (I Care A Lot, 2020) nos muestra el modus operandi de Marla Grayson (Rosemund Pike), una abogada que se dedica a obtener de manera fraudulenta la tutela legal de ancianos considerados incapaces valerse por sí mismos. Los interna entonces en confortables asilos y administra sus bienes, quedándose con cuantiosas ganancias que extrae del patrimonio de los vulnerables viejos. 

Para lograr este objetivo, Marla tiene montada una aceitada red de complicidades en la cual participan: una médica gerontóloga que la contacta con las potenciales víctimas; su asistente Fran (Eiza Gónzalez) que realiza las averiguaciones de inteligencia sobre la situación vital y patrimonial de los ancianos; el gerente de un acomodado geriátrico que provee el decorado de un lugar de retiro paradisíaco y un juez de familia a quien en audiencias de emergencia (sin la presencia del anciano o de su letrado) convence de su loable y honesta tarea de velar por el cuidado de los adultos mayores. Para lograr su cometido, es vital quitarse de encima el estorbo que puede resultar la familia. Por ello, prohíbe las visitas a familiares bajo pretexto de que su presencia empeora el estado de los ancianos. De esta manera, se utiliza el encono violento de los familiares hacia Marla y el geriátrico como argumento ante el juez para lograr que prohíba de manera permanente el contacto del geronte en cuestión con su familia. Queda así el terreno limpio para aprovecharse económicamente de los ancianos, sin escrúpulo alguno.

Cierto día, la médica le avisa a Marla que ha hallado una joya para ella, es decir, a la gallina de los huevos de oro. Jennifer Peterson (Dianne Wiest) es una jubilada relativamente joven, muy adinerada y carente de lazos familiares, a la cual puede declarar con síntomas de pérdida de memoria y confusión propios de un principio de demencia. Pero hete aquí que el gran “negocio” de su vida comienza a complicarse cuando entra en escena Roman (Peter Dinklage), un poderoso narcotraficante con nexos en la mafia rusa que quiere recuperar a su madre y unos diamantes que le pertenecen, escondidos por aquella en su caja de seguridad.

La película del realizador británico J. Blakeson está trabajada en un tono de comedia negra. Se capta entonces la necesaria exageración de ciertas situaciones al servicio de poner de relieve el cinismo de un sistema capitalista que valora el exitismo económico, el hacer del dinero una fuente de poder y que entonces, en pos de lograr el sueño americano del emprendedor que se realiza a sí mismo de la nada, empuja a las personas a pisar cabezas sin compasión ni moral alguna. El film también da cuenta del lugar de los ancianos en la época contemporánea, reducidos a pura mercancía para utilizar y descartar (como muestra la escena en la que Marla arroja al cesto de basura la foto de un tutelado que ha fallecido). En una sociedad que rechaza las tradiciones como marca identificatoria, lejos estamos aquí del lugar del anciano en otras culturas, donde es fuente de un saber y una memoria capaz de una transmisión que nos inserta en la historia y en una genealogía.

El largometraje se apoya mayormente en diálogos que reiteran y subrayan información al espectador y, olvidando el carácter esencialmente visual del cine, carece por completo de ideas visuales de puesta en escena que hagan a su contenido. En su primera mitad, podemos decir que se sostiene principalmente en la interpretación de Rosemund Pike, que sin ser memorable, funciona adecuadamente en la piel de una Marla implacable, glacial, cínica e impiadosa con la cual resulta muy difícil empatizar.

Pero hacia el tramo final naufraga ya que se da una viraje que hace de Marla ya no una imperturbable y habilidosa abogada que aprovecha los resquicios de una fallida ley de tutela de ancianos, sino una criminal declarada y despiadada, que junto a la ayuda de su asistente y pareja Fran puede enfrentar a la mafia y salir indemne y victoriosa. En este punto, la trama se vuelve inverosímil, convirtiendo a la villana en heroína todo terreno y a prueba de todo, sin que se justifique desde algún elemento sobrenatural o fantástico. Se hace evidente entonces un sustrato en clave feminista reduccionista (que se apoya en la relación lésbica entre Marla y Fran), dispuesto y forzado para encajar complacientemente con el discurso de la época, según el cual todos los hombres son iguales: unos completos idiotas que buscan solamente menospreciar y degradar a la mujer y que se merecen de ellas lo mismo. Todo se reduce entonces a la misandria (como se desprende de las escenas de la protagonista con los hijos de sus víctimas o con su abogado) y a un tipo de mujer cínica y violenta en la figura de Marla, que fetichiza a los ancianos y a quien sólo le interesa tener dinero, éxito y poder. Nada más alejado de lo femenino y del goce femenino, cuya vía es el amor. Lo que se revela es la perversa tiranía del discurso del mercado que empuja a igualarnos en tanto emprendedores y consumidores, rechazando lo humano de la falta y la diferencia sexual.

 

 

© Carla Leonardi, 2021

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, Reino Unido, 2020)

Guion, dirección: J Blakeson. Elenco: Rosemund Pike, Peter Dinklage, Eiza González, Dianne Wiest, Chris Messina. Producción: J Blakeson, Michael Heimler, Teddy Schwarzman, Ben Stillman. Duración: 18 minutos.

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