06.05.20
Cine _ Estrenos

Crítica: Devoto – La invasión silenciosa, por Ángel Faretta

ENCERRADOS CON UN SOLO JUGUETE

En nuestro libro “Dominio eminente” (ya en la etapa inicial de edición) definimos a la “clase  B”, como un sentido de producción primero económico, que luego se convirtió en producción de sentido.

Sin abundar en temas de un libro inédito, la clase B fue orquestada cuando a comienzos del sonoro el concepto del cine del Hollywood clásico, comprendió que la forma A estaba ya lo suficientemente aceptada, -captación y formación de un público ad hoc, etc.- y que debía buscarse un modo, troquel o figura que pudiera abarcar no sólo a  una mayor cantidad de espectadores, sino, y a fortiori, tener una relación con este tipo de espectadores B; diferente a la que ya se tenía con respecto al público A. Básicamente la clase B se acuñó para buscar  y representar en especial temas, motivos y figuras relacionadas con lo mítico y lo sagrado. Que en forma sutil e inteligente el concepto del cine comprendió que en ese público B existían aún fuentes mitopoéticas que el público A tenía ya directamente obliteradas, tachadas; en especial debido a esa educación media -y obligatoria- diseñada en el siglo diecinueve, como forma de hacer a las mentes también medias en cuanto a entendimiento.

Clase B como la herramienta adecuada para primero excavar y luego, y en especial, pensar sobre ellas; y el pensamiento en el cine es puesta en escena. Es decir, en suma, cómo representar esos fermentos irradicables en ese público B, de lo que hemos llamado “cultura tradicional en diáspora desde el otoño de la edad media”.  

Esto se desarrolló y desplegó básicamente en cuatro etapas. Los primeros films de horror fantástico de la Universal, a comienzos del sonoro. Su primera articulación de forma clásica: los films producidos por Val Lewton en los años cuarenta de la RKO. La variante inglesa de la Hammer. La autoconciencia que va desde Roger Corman hasta a la autoconciencia absoluta con la obra de John Carpenter.

A partir de ese punto omega, y como ha hemos expresado repetidas veces en escritos y seminarios, el cine ha llegado a su fin. En cuanto ya se sabe no solo el qué del que; sino y también como se ha pensado ese qué.  El cine ya no puede descubrir nada. Solo recordar, anotar, hasta gritar eso que se ha descubierto y que ahora -he ahí el quid- se quiere encubrir. El olvido del qué.

Si como apuntara alguien, la historia de la filosofía occidental no es más que notas al pie a los textos de Platón, el cine luego de la autoconciencia no puede ni debe ser más que la paralipómena, la lectura hermenéutica no sólo de ese qué se sabe, sino el curador de tal herencia. A ésta la acechan el monstruo de dos cabezas del coleccionismo cinéfilo y de la museificación en cinematecas y en festivales.

Desde este lado argentino todo aquel que emprenda en forma autoconciente el film de clase B, tiene un arduo trabajo por delante. Debido sobre todo a lo tardío en reconocer la herencia de este modo operativo  en el cine de las últimas dos o tres décadas. Luego del estúpido periplo conocido como “generación del 60”, con su antonionitis aguda, se intentó tachar una de las vetas más ricas y extrañas de nuestro devenir cinematográfico.

Tras dejar atrás el último paréntesis siniestro de nuestra historia, se intentó retomar con diversa fortuna, el género y hasta se llegó a rozar el estilo y el modo de la clase B. 

Por fortuna ya hay varias obras y films más que apreciables que van por esa senda estética.

El primer film de Martin Basterretche, Punto ciego, ha sido uno de esos ejemplos puntuales. 

En este segundo, Devoto, la relación crítica referida al género fantástico, que es la tierra prometida de la clase B, se vuelve más incisiva y hasta por momentos extrema. Se trata de un recorrido por los motivos y figuras del fantástico en modo clase B. La invasión de una otredad. El grupo de parias que deben convivir y sobrevivir en el “otro lugar”. El encierro. El resto numinoso que puede ser soporte de algo sagrado, o un juguete para entretener el encierro. La ruina industrial. Ni que hablar de la mujer y de lo femenino como reconfiguración de la trama y de su protagonismo. Pero esto sin caer en la  agachada ni en el guiño al conformismo progresista.

Claro que todo este trabajo debe afirmarse en una puesta muy rigurosa. Porque al modo expresivo del que aquí se trata, le es adosado siempre de consuno una trama y unos personajes estrafalarios. Más bien son restos, figuras quebradas que buscan el marco del rompecabezas del que formaban parte; un marco y hasta contorno que se ha perdido tiempo atrás.

Todo esto ha sido llevado con mano firme por Basterretche. Si bien debería aguzar algo más el ingenio para la dirección, así como para la elección de actores. Aquí, salvo Alexia Moyano, el resto del elenco más que actuar parece limitarse a leer los diálogos y monólogos a su cargo. También la música desentona a veces. No se debe ayudar a señalarle algo al espectador, y confundir así bemoles con martillazos sonoros.

Pero igualmente todo lo puede la mano segura en la puesta en escena de Basterretche. Confirma su saber en manejar las pausas. Sobre todo en cómo acelerar o desacelerar con una trama que no da mucho espacio para la rumia prolongada.

Es un director, un autor a seguir; por lo cual esperamos con ansia estética, su siguiente film, ya en edición, El último zombi. Puede verse desde el título la voluntad autoconciente del cine de Basterretche.

 

 

© Ángel Faretta, 2020

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Argentina, 2020)

Dirección: Martín Basterretche. Guion: Fernando Regueira. Elenco: Diego Cremonesi, Alexia Moyano, Gastón Cocchiarale, Jorge Takashima, Luis Longhi, Julián Markove. Producción: Daniel Ibarrart, Martín Basterretche. Duración: 72 minutos.

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