04.10.20
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Crítica: El diablo a todas horas (The Devil All the Time) (Netflix), por Guido Pellegrini

Esta adaptación del libro de Donald Ray Pollock es como Transformers de Michael Bay, solo que en vez de explosiones cada cinco minutos hay miseria humana. 

La condensación narrativa propia de una adaptación cinematográfica hace que los eventos trágicos de la novela se amontonen. Nunca hay un respiro ni un haz de luz. 

Durante el extenso prólogo, conocemos al protagonista, Arvin, que se queda huérfano y sin mascota cuando su madre muere de cáncer y su padre, afligido, se suicida, no sin antes sacrificar al perro de la familia y pedirle a Dios, en vano, que salve a su mujer. 

Mientras tanto, la otra protagonista, Lenora, tampoco la pasa bien. Como Arvin, queda huérfana, en su caso porque su padre, Roy, un pastor delirante, cree escuchar la voz de Dios, y esa voz supuestamente le pide asesinar a su esposa para luego hacerla revivir con energía divina. Y eso intenta, aunque lo de la resurrección no le sale como quería y termina huyendo de la justicia. Cosa que tampoco logra porque, como si toda esta ensalada sangrienta no fuera suficiente, aparece otro dúo de personajes, Carl y Sandy, que son una pareja de asesinos seriales y justo dan con Roy en plena ruta. 

Estamos a un tercio de la película y faltan muchas crueldades más. De hecho, cuando Arvin es adulto, aparece un segundo pastor delirante, porque el primero no bastaba. Se trata de Preston, mujeriego y abusador. Y hay todavía más personajes despreciables, porque no mencionamos al policía corrupto Lee, que se cruza con Arvin en varios momentos de la trama y que, casualmente, es el hermano de Sandy. 

Toda tragedia necesita altos y bajos emocionales. Pero acá hay apenas una meseta de tristeza. En parte, esa es justamente la idea de la película: el paisaje sureño que retrata, desde los años 40s hasta los 60s, en la profundidad rural de Estados Unidos, es un muro de abuso de poder, cristianismo falso y violencia encubierta. 

Sin duda, todo está hermosamente filmado, desde la oscura y bella fotografía de Lol Crawley, hasta la sutil dirección de Antonio Campos, quien apuesta por un ritmo lento y confía en que su historia no requiere acentos ni subrayados. 

También son destacables las actuaciones. Tom Holland, con toda su frescura e intensidad, está perfecto en el rol de Arvin. Y Robert Pattinson nos brinda un Preston tan carismático como asqueroso, tan grandilocuente como frágil. Eliza Scanlen y Mia Wasikowska, como Lenora y su madre, respectivamente, hacen lo suyo, pero están limitadas a cumplir el rol de mujer sufrida y abnegada, único rol posible para las mujeres sureñas de esta película. Hay una sola excepción: la asesina Sandy, interpretada por Riley Keough.  

El diablo a todas horas es contundente y se mantiene firme a sus convicciones, a su tristeza sin fin. El resultado es repetitivo, aunque válido: la cruda, tonta y monótona violencia del mundo es lo que la película busca transmitir. 

Sin embargo, para lograr este efecto estético se necesita cierta dosis de exceso, de poesía, para abrumar sin aburrir: una combinación nada simple. Es lo que logra, por ejemplo, la novela de La carretera, con su lenguaje onírico y sus frases que parecen extraídas del fondo del tiempo. No corre la misma suerte la película, que no encuentra una equivalencia audiovisual para la melancólica prosa de Cormac McCarthy. Y lo mismo ocurre con la versión cinematográfica de El diablo a todas horas: correcta y nunca excesiva, triste y nunca poética.

 

 

© Guido Pellegrini, 2020 | @beaucine

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2019)

Dirección: Antonio Campos. Guion: Antonio Campos, Paulo Campos. Elenco: Tom Holland, Bill Skarsgård, Robert Pattinson, Sebastian Stan, Mia Wasikowska, Drew Starkey. Montaje: Sofía Subercaseaux. Fotografía: Lol Crawley. Producción: Jake Gyllenhaal, Riva Marker, Gretchen McGowan, Randall Poster, Max Born. Duración: 138 minutos.

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