30.07.20
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Crítica: Dogs Don’t Wear Pants (Mubi), por Horacio Bernades

Comparar esta película finlandesa con el cine de Aki Kaurismäki es como comparar cualquier canción islandesa con la obra de Bjork, todo drama sueco con Bergman, algún producto cultural noruego con Henrik Ibsen o la música argentina en bloque con Gardel. La verdad es que no hay nada de Kaurismäki en Dogs Don’t Wear Pants, más allá de dos o tres momentos de humor hierático que no tienen por qué tener como patente el nombre del autor de La chica de la fábrica de fósforos. No hay tangos ni amistad entre solitarios, el consumo de vodka se limita a una única escena y los planos no tienen un peso propio. Hay, sí, perros y gente sola y tristona, pero es de suponer que en Helsinki y alrededores eso debe abundar tanto como en las películas de Aki K. El opus 2 de J.-P. Valkeapää es una fábula de redescubrimiento, en la que la segunda oportunidad pasa por andar en cuatro patas y con un collar al cuello, haciéndole de perro a una dominatrix. De allí el título.

Presentada en la Quincena de Realizadores de Cannes 2019, Dogs Don’t Wear Pants no empieza bien. No porque haya una muerte sino por algunas obviedades y redundancias, expresadas en metáforas de tres por cuatro y fantasías al cuete. Una mujer muere ahogada y por corte directo se ve a un pescado boqueando. Un cirujano cardiovascular, que hasta ese momento vive anestesiado por un duelo del que no puede recuperarse, dice en voz alta “Yo sé cómo funciona el corazón”. Después de que vimos a este hombre intentar rescatar infructuosamente a su mujer del fondo de un lago, se fantasea a sí mismo hundido en ese lago. Y su mayor placer es ser ahogado, tanto con estrangulamientos como con collares y bolsas de nylon.

Juha se pasó una década de duelo tras la muerte de su esposa, y tendrá una revelación el día que descubra que detrás de un comercio en el que aplican piercings y tatúan el culo, reina, como una monarca sulfurosa, una dominatrix de peluca negra y catsuit al tono. Que ese antro esté bañado por una luz rojiza tampoco es la mar de imaginación, pero puede pasar. Un muñeco rebosante de pinchos, como salido de Hellraiser, preside ese sótano del dolor. Por teléfono, Mona ofrece abrazaderas para pezones, cortes y shock eléctricos. Con Juha será más clásica, paseándolo de aquí para allá como a un perro y castigándolo por haberse portado mal. Llegado el caso Mona apelará, sí, a una intervención más extrema, cuando la relación con el cuatropatas se haya vuelto más personal y ella también haya descubierto que debajo de la peluca hay una chica sensible y solitaria. Es un poco una variante de la puta buena, pero bué.

Lo más molesto de Dogs Don’t Wear Pants es el aire arty, con algunos ralentis innecesarios, ritmo despacioso y toques de onirismo, razones seguramente para su desembarco en el principal festival del mundo. Todo eso ocurre en la primera parte, donde también se trata a hechos aparentemente nimios (la caída de una bola de vidrio) como si tuvieran una enorme significación. El look quirúrgico de la casa de Juha y su hija es otra obviedad, como el aire tenebrista del depto de la dominatrix de negro. Lo mejor está en la segunda parte, cuando el realizador se saca de encima esas pretensiones y permite que sus personajes pasen a primer plano, Juha cada vez más obsesionado con Mona y Mona fracasando en su intento de separar el trabajo de la vida íntima. 

Es allí donde afloran momentos de humor que son lo mejor de la película, que tal vez la salven en definitiva: Juha usando un collarín ortopédico para andar ahogado por la vida, arrastrándose por el piso en presencia de un repartidor de diarios o arrancándose gozosamente una uña podrida mientras un interlocutor le habla de cosas muy serias. Tanto como un caniche que ladra cuando su dueña trata al cliente (¿u objeto amoroso?) como a un perro, o una sangrienta extirpación consensuada. No puede reprochársele a  J.-P. Valkeapää cierta frialdad y distancia emocional, teniendo en cuenta el mundo de sus personajes y tal vez el estado de ánimo que suele adjudicarse a los finandeses. En cuanto a la idea subyacente de que la identidad es una máscara que se pone y se saca, como una peluca o una campera, tampoco era necesario ver esta película para enterarse.

 

 

 

© Horacio Bernades, 2020 | @horaciobernades

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Finlandia, Latvia, 2019)

Dirección: J.-P. Valkeapää. Guion: Juhana Lumme. Elenco: Pekka Strang, Krista Kosonen, Ilona Huhta, Jani Volanen, Oona Airola. Duración: 105 minutos.

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