11.10.20
Cine _ Estrenos

Crítica: El elemento enigmático (Kabinett), por Marcelo Zapata

En el pasado, un culto no nacía de la noche a la mañana; necesitaba, entre otras cosas, un tiempo de formación, de decantación y conscripción de fieles. El origen de un culto previo a la existencia de sus cultores es como una paradoja de Lewis Carroll, una contradicción de orden temporal, lógico, aun en una materia tan proclive a creer en milagros y supercherías como la de los cultos y liturgias.

Lo mismo ocurría cuando el término se trasladó al cine y se empezó a hablar de “películas de culto”: un film podía llegar a convertirse en objeto de culto por numerosas razones, a veces secretas y por lo común ajenas a sus valores artísticos (es más, si la película era impresentable tenía más chances de beatificación que una buena), pero siempre en el transcurso del tiempo.

Sin embargo, desde que la expresión “film de culto” se volvió popular en la jerga cinéfila y se propagó por todo internet, ese tiempo no sólo se estrechó, como la “ventana” entre un estreno en sala y su pase a los medios electrónicos, sino que desapareció por completo. El culto se volvió ahistórico y hoy la existencia apriorística de esos films es admitida sin cuestionamientos, como si la adoración inmediata fuese posible o, mejor aun, como si la liturgia hubiese devenido género, y el efecto causa: cabe presumir, dentro de ese nuevo paradigma, la duda de un guionista ante la página en blanco: “a ver, ¿qué puedo escribir hoy? ¿Una comedia, un drama o una de culto?”

El mediometraje El elemento enigmático, de Alejandro Fadel, se nos anticipa como “film de culto”. Si no sus hacedores, al menos así lo aseguran algunos de sus panegiristas. Es llamativo que, ante estas películas, a fuer de defensa, se recurra casi siempre a la expresión “una experiencia sensorial que impregna”, como si el resto del cine escapara a los sentidos, como si fuera un noúmeno kantiano. Las películas de Sandro también eran experiencias sensoriales que impregnaban bastante hondo, a juzgar por la reacción de sus fanáticas. ¿Acaso  hay jerarquías en la forma de impregnar?

En El elemento enigmático, rodada en las alturas de la Cordillera, aparecen tres personajes con atuendo y casco de motociclistas que deambulan por la nieve. Hay mucho viento, niebla, y una música machacona, incesante, que tal vez subraye la experiencia sensorial pero que distrae demasiado. En estos casos, uno se acuerda siempre de Robert Bresson y su fobia a la música ambiental. Decir que, en un momento, se topan con un cuerpo sin vida no es exactamente un spoiler en el sentido tradicional, porque no ocurre nada con ese cuerpo. Ni se sabe de quién es, al igual que tampoco se sabe quiénes son esos motociclistas, o qué buscan, o que quieren. No se sabe nada de nada. Es film de culto rabioso. Los escasos diálogos, subtitulados, que aparecen luego, corresponden a un libro sobre la libertad de un autor que enojó una vez a María Kodama.

Hace medio siglo, otros tres motociclistas se internaron en las montañas en busca de la libertad, o de su destino, y cambiaron la historia del cine. Eran Peter Fonda, Jack Nicholson y Dennis Hopper en Easy Rider. La comparación no intenta lamentar filiaciones imposibles sino, en todo caso, establecer una insalvable diferencia de modelos, de formatos, que suele contribuir con el error y las disputas entre integrados y apocalípticos, o entre tradicionalistas y subyugados.

Cuando eran habituales los programas dobles en los cines, el “double feature” de la película principal y la de cruce, a nadie se le habría ocurrido unir en una misma sesión Cantando bajo la lluvia y Un perro andaluz. La idea de cine suele englobar obras incompatibles bajo un mismo formato y, hasta no hace tanto, un mismo modo de difusión, la sala con butacas, la oscuridad, la proyección, la visión y la emoción comunes. Todo lo que parece encaminarse a la extinción.

Hay muchos films de culto cuyo espacio natural, antes que la sala de cine, es el museo de arte moderno: la proyección de imágenes sensoriales acompañaría, o se confundiría, con una exposición o instalación. El elemento enigmático posee esas imágenes, y seguramente los habitués de esos museos, y los críticos de arte, hallarían de qué hablar cuando la pantalla juegue con el cromatismo rojo, blanco y azul contra el fondo de montaña nevada, y eso les permitiría especular, quién sabe, con la bandera de Francia, y la liberté egalité fraternité, ya que de la libertad hablan los subtítulos. Y todos felices. Pero, para aumentar la felicidad, en la sala de cine contigua deberían dar una de amor, o de tiros, o de guerra, si es que los que hoy militan Netflix vuelven a tener ganas de salir.

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© Marcelo Zapata, 2020 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Dirección: Alejandro Fadel. Guion: Alejandro Fadel, Tomás Fadel. Elenco: Elio Contreras, Yamil Zeid, Federico Crowe. Fotografía: Tebbe Schöningh. Producción: Alejandro Fadel, Florencia Juri. Duración: 40 minutos.

Puede verse en la plataforma Kabinett.

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