13.05.20
Cine _ Estrenos

Crítica: Ema (Mubi), por Guido Pellegrini

Ema (2019) es como una partitura abordada con el instrumento equivocado. Las notas son correctas, pero suenan mal. 

La Ema del título (Mariana di Girolamo) es una joven bailarina de Valparaíso y está en pareja con Gastón (Gael García Bernal), el director de su compañía de danza. Juntos, unos años atrás, adoptaron a Polo, un niño colombiano. Pero el pibe les resultó incontrolable. Empezó a jugar con fuego, literalmente, y llegó a quemarle parte del rostro a su tía. Por lo tanto, Ema y Gastón lo devolvieron a los servicios sociales. Pero ahora ella se siente culpable, aunque sea tarde para recuperar al chico por vías legales, al haber sido adoptado por otra pareja, un bombero y una abogada. Lo que vemos en la pantalla, entonces, es el retorcido plan de Ema para volver a estar con Polo. 

Es extraño leer, en una entrevista con La Tercera, cómo el director Pablo Larraín habla de su película como si fuera un retrato generacional. “(Los jóvenes) tienen una visión distinta del mundo, y una relación con la familia, la música y el cuerpo muy específica y muy humanista. Una generación en la cual el respeto y la empatía es muy poderosa”, declaró el cineasta chileno de 42 años. 

Sin embargo, Ema no es ni humanista ni empática ni respetuosa. Se suma a una larga lista de jóvenes intensos y amorales en el cine, como los de Sin aliento (1960), de Jean-Luc Godard. Con tal de revertir su abandono de Polo, Ema está dispuesta a manipular a quien sea, a prender fuego Valparaíso con un lanzallamas, a desbarrancar la vida del bombero y la abogada. (Y todo lo hace, dicho sea de paso, por una motivación francamente cliché y conservadora tratándose de un personaje femenino: el amor de una madre). 

Larraín y sus guionistas, Guillermo Calderón y Alejandro Moreno, nunca encuentran la manera de acercarse a Ema. De hecho, hasta la última toma, nos resulta un muro, un alien, un misterio. Es, por un lado, una rebelde que desarticula las convenciones sociales y que vive a su manera. Pero también es una persona robótica. Lleva a cabo su plan maestro sin vacilaciones ni emociones genuinas. Mueve a los demás personajes como si fueran piezas de ajedrez. Su rebeldía, su liberación sexual, son gestos calculados. Estamos lejos de las protagonistas de Las hijas del fuego, de Albertina Carri, que tienen sexo porque sí, que son rebeldes porque no les queda otra. 

Este contraste –entre la libertad y la expresión sexual, por un lado, y el cálculo y la frialdad casi inhumanos, por el otro– podría ser el combustible de una gran película. Pero lo de Larraín no es indagación psicológica, es infatuación. Su cámara está obsesionada con Ema. La adora, la celebra, la observa y nunca la entiende. Ella está siempre en pose, con su pelo platinado, su polera animal print, sus pantalones deportivos. Es una figura, no una persona.

Supuestamente, Ema es ella, realmente ella, cómoda y libre, cuando está con sus amigas, bailando reggaeton en las calles de Valparaíso, lejos de Gastón y los escenarios de la compañía de danza. Pero nunca ingresamos en esa sororidad. Las vemos bailar y cantar juntas, y todas se suman al plan maestro de Ema. Y hasta ahí llegamos. Nada de la amistad, la apertura y la calidez, por ejemplo, de las jugadoras de fútbol en Hoy partido a las 3, de Clarisa Navas, que retrata, de forma más directa y real, y sin tantas pretensiones, esa “visión distinta del mundo” que Larrain asocia con las nuevas generaciones. 

Tampoco la película funciona como parodia. Ema se acuesta con casi todos los personajes, echando por tierra el concepto de familia tradicional, como en una obra teatral de Joe Orton o Teorema, de Pier Paolo Pasolini. Pero en la mirada de Larrain no hay humor, ironía o distanciamiento. Hay solemnidad y seriedad, claroscuros lúgubres y pesados. Las imágenes tienen su campo gravitacional, son hipnóticas: una luz de tránsito quemándose en la noche, siluetas frente a una imagen proyectada del sol, cuerpos desnudos bañados en neón azulado. Hasta los bailes son lentos, brazos suspendidos en el tiempo. Y la banda sonora de Nicolas Jaar es onírica, tenebrosa, mezcla de electrónica y reggaeton, voces etéreas que son como exhalaciones. Al entramado audiovisual le falta liviandad. Todo es tremendo, un puñetazo en el estómago, cuando a la trama, deliberadamente inverosímil e intrincada, quizás le hubiera servido otra dirección, más juguetona y anárquica. 

A pesar de todo lo anterior, hay que admitir que Ema tiene cierto poder de fascinación. Hay imágenes imborrables y un trabajo descomunal del camarógrafo Sergio Armstrong. La música de Jaar, una balada posmoderna, merece otro film. Y Mariana di Girolamo, como Ema, hace quemar la cámara, no solo la ciudad. Tiene una mirada enfocada en el futuro, en películas que puedan realmente contener todo lo que ella sugiere y anticipa. Es fuerte y valiente, y nos hace olvidar, de a ratos, lo inescrutable de su personaje. 

 

 

© Guido Pellegrini, 2020 | @beaucine

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Dirección: Pablo Larrain. Guion: Alejandro Moreno, Guillermo Calderón, Pablo Larraín. Elenco: Mariana di Girolamo, Gael García Bernal, Cristián Suárez, Santiago Cabrera. Producción: Juan de Dios Larrain, Rocío Jadue. Música: Nicolas Jaar. Montaje: Sebastián Sepúlveda. Fotografía: Sergio Armstrong. Duración: 102 minutos.

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