27.06.20
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Crítica: Festival de la canción de Eurovision: La historia de Fire Saga (Netflix), por Miguel Peirotti

¿Qué demonios le pasó al humor de Will Ferrell? Festival de la canción de Eurovisión: La historia de Fire Saga no es “¡la vuelta de Will Ferrell!”. En todo caso, la frase está incompleta: es la vuelta de Will Ferrell… a lo mismo. Pero “lo mismo” acá es dramáticamente vergonzante: esta comedia, ambientada en Islandia y filmada allí y en Canadá, es un monstruo prometeico encadenado a influencias tan caraduras que no queda otra que preguntarnos – amén de tener que revisar el concepto de influencia–: qué demonios le pasó a Will Ferrell, que, a pesar del estatus de estrella internacional que misteriosamente sigue ostentando fracaso tras fracaso, lo único que puede conseguir es un guion (coescrito) que roba, no un estilo, sino elementos concretos, completos de las tramas de comedias predecesoras suyas como: 

  • Zoolander (Ben Stiller, 2001): A) protagonista con padre tosco de clase trabajadora que lo cree poco menos que un marica por el oficio artístico que desempeña: Brosnan meets Jon Voight; B) protagonista que regresa a su hogar para sobrellevar una derrota y trabajar en el oficio tradicional del padre: mina de carbón meets barco pesquero; C) protagonista femenina alcanzando una nota imposible sobre el final, causando reacciones empáticas y boquiabiertas como las que produce el “giro-a-la-izquierda-imposible” de Derek Zoolander; y D, esta les va a encantar) protagonista en crisis que… ¡¡¡DIALOGA CON SU REFLEJO EN UN CHARCO!!!). 
  • Patinando a la gloria (Josh Gordon, Will Speck, 2006): sitúa a Ferrell en el marco de un concurso de patinaje que le permite desplegar un ala de la dirección de arte hacia el vuelo kitsch transportado al ridículo: vestuarios rococó y brillantina, peinados anacrónicamente estrafalarios rehenes del aerosol fijador; hay un rival poderoso que redobla la apuesta de barroquismo vestuarista (acá, un ruso); y también, un padre ausente, figura que Ferrell trabaja en casi todas sus comedias importantes, como por ejemplo Semi-Pro – El amateur, Hermanastros o Ricky Bobby – Loco por la velocidad. 
  • Casa de mi padre (Matt Piedmont, 2012): de la excursión a las “tenebrosas” periferias de los Estados Unidos más extrema que ha acometido con Gary Sánchez Productions Ferrell en esta ocasión sostiene los apuntes étnicos encargados de hacerle saber al espectador que está en el extranjero, y en un extranjero bien helado y rústico, incluyendo balidos de ovejas extradiegéticos en varias escenas de interiores hogareños, ya que, como sabemos, las ovejas están en cada centímetro cuadrado de Europa Septentrional, que es un territorio geográfico primitivo lleno de animales sueltos y granjeros de pocas palabras que avistan duendes.

Quiosco “Will Ferrell”: fotocopias en el acto. 

No estamos ante un robo creativo como lo que hacen Almodóvar, Woody Allen, De Palma, Tarantino, y tantos otros talentos, o sea, el robo que no es tal al ser más bien una apropiación de materia prima para cocinar algo nuevo y mecanizar el progreso del cine. 

No.

Estamos ante un saqueo que busca perpetuar una forma de hacer comedia que sólo sobrevive a duras penas en la actualidad de Saturday Night Live, un ciclo que transcurre desde hace muchas temporadas por una instancia de agotamiento imaginativo que es evidente cada sábado. En los 90 era una buena prensa haber surgido de SNL (allí los tuvieron a Conan O’Brien o al mismísimo Larry David). Hoy ya no. Hace mucho que no. Por lo tanto, que el guionista sea Andrew Steele, de la escudería de Lorne Michaels, No Es Más garantía, gente. Tampoco, serlo de Funny or Die, porque el sitio web de Ferrell y Adam McKay, su socio también conoció mejores épocas. Además, Steele (pronúnciese “stili”, que casi suena a “steal”, robar en inglés) es autor del tristemente célebre inicio de la debacle de Will Ferrell: “Casa de mi padre” fue la primera película totalmente fallida del actor.

¿Estamos ante la muerte del poshumor? No hay fecha cierta de nacimiento del poshumor aunque haya hasta libros que insisten en certificarlo. Sí es sabido, para ser honestos, que SNL acunó a varios guionistas que luego definieron el pos-humor. Al menos en los EEUU. En el Reino Unido tenemos a Ricky Gervais aun dando cátedra de consistencia. Con Zoolander, la primera piedra basal concreta del poshumor, se trenzó la madeja de todos los hilos de ese tipo de comicidad donde ya no era prioritario hacer reír porque producir incomodidad de todo tipo (sexual, moral, política) era también bienvenido. Todd Solondz y su cine espantosamente atractivo también tuvieron algo que ver con esto, como así algunos otros autores ya extinguidos del cine estadounidense independiente de mediados de los noventas (se podría hasta pensar en el humor absurdo de Cuatro habitaciones de Tarantino-Rockwell-Anders-Rodríguez como un primer islote contextual [y subtextual] del poshumor).

Pero el problema mayor de Festival de la canción de Eurovision: La historia de Fire Saga es el director. La elección de los planos es discutible en casa escena. Un ejemplo: puede verse como la pretensión hilarante de antemano de un guion que propone gags físicos y verbales es tamizado con un plano general que precisaba a todas luces un plano medio ¡para destacar la mueca del actor que motoriza el gag! Detalles infantiles de puesta en escena como el que describo. Esto puede apreciarse, insisto, simplemente leyendo los diálogos e imaginando a quien los dice en una situación diferente de la diégesis. Hay gags verbales idénticos a algunos de El reportero: la leyenda de Ron Burgundy (aquel en el que ambos protagonistas ratifican la mala predisposición del padre de él rememorando sus invectivas furiosas) que apuntan a crear una atmósfera de delirio solemne a veces surrealista que casi-casi levanta el ánimo. Pero cuando esta comedia pudo ser lo que no fue es cuando se desencadena el gag del vestido de ella que se engancha con el mecanismo rodante en el que él está caminando: la risa a mandíbula batiente que explota esta situación produce casi un efecto nostálgico hacia épocas más fértiles del poshumor. 

Algunos lectores se molestan cuando los críticos referenciamos en demasía. Los desafío a que vean esta película sin percibir ninguna remisión a otras películas y que después charlemos. El estilo lo es todo en el cine y esta comedia tiene el estilo de cien otras sin haberse tomado la molestia de auparlos en uno propio, por lo tanto no tiene estilo. Ecos de Will Ferrell llamando contra el murallón de una gran montaña. Nadie responde. El cine no es esto. 

 

 

© Miguel Peirotti, 2020 | @MPeirotti

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2020)

Dirección: David Dobkin. Guion: Will Ferrell, Andrew Steele. Elenco: Will Ferrell, Rachel McAdams, Pierce Brosnan, Demi Lovato, Dan Stevens. Duración: 112 minutos.

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