03.07.21
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Crítica: First Cow (Mubi), por Eduardo Elechiguerra

Cada escena en First Cow (2019) es una variación audiovisual del epígrafe de William Blake que abre la obra: the bird a nest, the spider a web, man friendship. Y con sus protagonistas, la realizadora Kelly Reichardt está ensayando un vínculo amistoso donde las casualidades afectivas acogen y se templan mutuamente con la naturaleza. Para esto ella despliega una propuesta atenta al entorno inmediato (el bosque y el río) y lejano (el cielo) de los protagonistas.

Cookie (John Magaro) y King-Lu (Orion Lee) son migrantes que, en medio de huidas, se encuentran una noche en el bosque de Oregón y van entablando una relación cómplice. King-Lu idea aprovechar los dotes pasteleros de su amigo para vender tortas y pastelitos dulces. 

Esta es la segunda obra donde Reichardt se dedica a la amistad entre dos hombres. En su premiada Old Joy (2006), adaptada de un cuento de Jon Raymond, dos antiguos amigos viajaban de campamento por el bosque de Oregón antes de que uno de ellos se convirtiera en padre. Para esta ocasión, Reichardt adaptó “The Half-Life” junto con el mismo Raymond. Esta fue su primera novela publicada en 2004. Ya ellos vienen trabajando juntos desde hace más de una década para los guiones de Wendy y Lucy (2008) y Meek’s Cutoff (2010). 

A diferencia de esa perspectiva intimista de una amistad más contemporánea, la relación de los personajes en la nueva obra de la realizadora floridana está ambientada a principios del siglo XIX. Además es el punto de partida y llegada para reflexionar sobre las relaciones afectivas como intercambios también comerciales. Más allá de que Reichardt rehúye de lo grandilocuente incluso desde la selección del epígrafe*, el contraste histórico y filial entre ambas amistades es tan notorio que cuando los amigos se reencuentran en un bar, hay un bebé en apariencia abandonado y King-Lu (Orion Lee) convence a Cookie (John Magaro) de que lo deje tranquilo. 

Mientras aquella amistad precedía lo paternal, esta es una relación preservada como fin por sí sola. Reichardt y Raymond, los guionistas, son tan firmes en esta idea de amistad como inicio y fin último que los personajes fallecen abrazados. Ello no impide que en su trayecto ambos amigos inicien un negocio para cocinar y vender galletas con la leche de Evie, la primera vaca que llega al pueblo como propiedad del gobernante (Toby Jones).

Si tomamos en cuenta que los guionistas viven en Oregón y son amigos, es tentador decir que también están reflexionando con cierta ironía sobre su amistad particular a través de este trabajo colaborativo. Revisitar detalladamente su dilatada filmografía y narrativa permitiría observar sus intereses en los vínculos humanos, laborales e incluso, animales.

Esta vez Reichardt propondrá a través de Christopher Blauvelt, su director de fotografía recurrente, una paleta de colores otoñales donde los marrones, mostazas y ocres sean mucho más reiterados que los verdes más reiterativos en la lente de Peter Sillen en la obra de 2004. De todas maneras, Blauvelt paulatinamente enmarca los verdores dentro de ventanas y puertas en el plano sobre todo en la cabaña donde se esconden los protagonistas. Así él invita a que nos concentremos en lo que esta amistad logrará y perderá a través de sencillos y atípicos planos generales de una relación de aspecto 4:3**. 

Es notable además que para la oscuridad y la muerte tan frecuentes aquí, esta sea una obra vitalista lejos de lo lúgubre. Aún la recurrencia nocturna es oportuna para huir del peligro, conseguir aliados o llevar a cabo los planes para obtener la leche vacuna. 

La relación de los protagonistas con el entorno animal son variantes de dinámicas presentes en la filmografía de Kelly. Evie bien podría ejemplificar una muestra de sacralidad como lo fueron Lucy y otras mascotas en obras previas. Sin embargo para la realizadora los animales traen además de un dejo de ternura, indicios de procederes humanos. Esto se puede corroborar en el diseño sonoro con el despliegue de cantos de aves. En la primera venta de galletas, oímos cuervos de fondo mientras vendedores y posibles clientes conversan. En las noches el ulular de un búho acentúa el peligro que corren ambos negociantes por ser descubiertos y el aviso de King imita un canto de pájaro. Durante el días las águilas chillan fuera de campo advirtiendo cambios. En ese sentido, la música compuesta por William Taylor es una “sutil presencia humana en la típicamente rica paleta de los sonidos naturales de Kelly Reichardt” como señaló Nadine Rich hace unos meses.

Algunos críticos y espectadores han caído en la tentación de relacionar la obra de Reichardt con el Bresson de Al azar, Baltazar (1966). Y como el burro Baltazar, la vaca Evie también es espectadora del fracaso humano mientras ella misma impulsa los intentos económicos de los personajes. Pero la vitalidad amistosa en la obra de la realizadora estadounidense nunca permitiría el pesimismo austero ensayado con tesón en la filmografía del maestro francés. Donde Bresson ve muerte, Kelly por lo menos contempla el trasfondo. La prueba de esto la brinda el hecho de que los guionistas escogieron solo un poco de la época contemporánea de la novela para darle relevancia a la amistad y sus consecuencias. 

Por ello podemos decir que en su cine no bastan las referencias literarias ni cinematográficas como contexto de esta amistad ficcional fallecida más de un siglo atrás. Una niña anónima y su mascota, por cierto similares a Wendy y Lucy, exploran el bosque como si fueran arqueólogos natos del afecto no verbalizado que veremos de ahí en adelante. Así Reichardt mantiene al margen a sus personajes femeninos mas no los ignora. Recurre de nuevo a Lily Gladstone con quien trabajó en la obra coral Certain Women (2016), para ser la esposa del gobernador y quien traduce entre ingleses e indígenas, otra forma de comercio. Luego de esta traducción clave surge un brevísimo instante de complicidad entre ella y la esposa (Sabrina Morrison) del clan indígena antes de continuar el diálogo de los hombres para conocer a la vaca. 

Claro que la delicadeza proustiana de los protagonistas masculinos no camufla del todo lo femenino en esta historia como sí prefiere hacer por ejemplo Kathryn Bigelow, directora de la que Reichardt quiere distanciarse frontalmente. De hecho, al deshacerse de extremismos de género e invertir razonamientos simplistas, Kelly hace un sutil guiño a la preeminencia de lo femenino y lo animal en la sociedad.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2021 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

* Cómo puede haber elocuencia a falta aparente de verbos o siquiera una perífrasis verbal como man up. Incluso tanta penumbra en varias escenas sugiere que no todo debe ser visto ni entendido nítidamente en la obra y por retruque, en un vínculo.

** Este era el tamaño del fotograma durante el cine mudo. También demoninado 1,33:1.

(Estados Unidos, 2019)

Guion, dirección: Kelly Reichardt. Elenco: Alia Shawcat, John Magaro, Dylan Smith, Toby Jones. Producción: Neil Kopp, Vincent Savino, Anish Savjani. Duración: 122 minutos.

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Una respuesta a “Crítica: First Cow (Mubi), por Eduardo Elechiguerra”

  1. Cefe dice:

    La verdad que la película esta muy bien, pero de ahi a llevarla a un 5?! Qué le queda para las 5 estrellas de verdad, no?

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