05.11.20
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Crítica: Hermanas de los árboles (Cine.Ar), por Eduardo Elechiguerra

Por lo menos sesenta hachazos le da un hombre a un árbol en Rajasthan antes de tumbarlo al comienzo de esta coproducción entre Argentina e India. Ese conteo parecería una obsesión si descuidamos el hecho de que ya desde los créditos iniciales en negro, se escucha el efecto sonoro del hacha cortando el tronco. Y los montajistas Santiago Esteves y Camila Menéndez luego continúan narrando visualmente esta tala con apenas seis cortes. Los siete balidos fuera de campo de unos chivos circundantes avisan el ataque a esta naturaleza.

Esta arbitraria repetición numérica resalta de forma triple los caprichos técnicos del hombre como individuo, primero cuando vemos a través de un plano medio al talador en la séptima toma. También entendamos aquí al hombre como parte de una comunidad consciente. Esta impresión la brinda el niño corriendo mientras ocurre la tala y las voces pueriles fuera de campo preguntándole “qué haces” y “de nada sirve decírselo”.

A nivel narrativo veremos más adelante lo innecesario de esta actividad por la relación desproporcionada entre el esfuerzo del hombre y lo improductivo de esto para la naturaleza. “Obtendrías más dinero sembrando árboles que cortándolos”, le dice Shyam Sunder Paliwal a otro talador. Y la ausencia de mujeres en esa primera escena da cuenta de una contradicción con el título de la obra, con las mujeres que veremos caminando de espaldas a la imagen en la siguiente toma, con las dilatadas conversaciones posteriores y con el cuidado de los árboles defendido en Piplantri.

Mientras la película progresa, el diseño sonoro acentúa la calidez de unos efectos también presentes en la primera escena: el canto de los pájaros. Así, la tala queda atrás y la calidez de las voces femeninas adquieren más presencia a modo de conversaciones prolongadas donde descubrimos entre ellas alianzas económicas, educativas y maternales. Para la obra, la palabra es un vehículo donde también los hombres promueven el cuidado del entorno y una desesperación acelerada como lo expresan los indios cuando ocurren injusticias. De esta manera no es casualidad que ambos realizadores se repartan labores claves para enhebrar lo significativo de la obra, no solo desde la dirección y el guion.

En su séptima obra como directora de fotografía, Camila recurre a la ambigua vivacidad de ciertas tonalidades. Así, los blancos de la mina de mármol acompañan el ruido persistente de las excavaciones y de una forma similar las vestimentas con matices claros de algunos entrevistados le brindan una sensación de cambio a la siembra de árboles o la búsqueda por la igualdad de tener hijos e hijas. Y a medida que termina la obra, los fucsias, anaranjados y violetas aparecen con más recurrencia junto con los amarillos y rojos de los sari vestidos por Kala, Bhavari o Leela.

Por su parte, los travellings aquí afianzan a los personajes comprometidos a tales cambios. Con estos movimientos frontales de cámara las hermanas también se acercan a comunidades de mujeres en llanto o a las desconsoladas porque sus suegros las cuestionan por parir más niñas. La variedad de los matices amarillos o rojos por ejemplo permiten que estos colores simbolicen alegrías, tristezas, amores o lutos más profundos que la tala en negro del comienzo.

Al final, si tomamos en cuenta la procedencia argentina de los realizadores y parte del equipo técnico, no debemos entender como deslices ciertos movimientos abruptos de la cámara y mucho menos la aparente contradicción en dos escenas de música. La decisión de subtitular el canto final de los hombres mas no el de las mujeres y niñas sugiere de forma sutil que dentro del contexto de la obra, el canto femenino es un acto intraducible como el cantar de los pájaros, al menos para nuestra cultura hispanoamericana.

calificacion_4

 

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2020 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(India, Argentina, 2019)

Dirección: Camila Menéndez, Lucas Peñafort. Duración: 86 minutos.

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