25.07.20
Cine _ Estrenos

Crítica: Historia de fantasmas (A Ghost Story) (Netflix), por Horacio Bernades

El sufrimiento de una sábana

De las seis películas filmadas hasta el momento por David Lowery (Milwaukee, 1980) desde su debut en 2009, en Argentina se conocen tres. En orden de estreno la primera fue Mi amigo el dragón (2016), algo así como una versión libre de El libro de la selva con dragón en lugar de oso o, si se prefiere, una reescritura para niños de El niño salvaje, de François Truffaut. Trabajando para un estudio tan impositivo como es Disney, Lowery no abordaba su material como si se tratara de algo menor, sino que lo ponía en valor. La siguiente en conocerse fue Un ladrón con estilo (2018), típico film crepuscular en el que un viejo hombre de acción emprende un último operativo antes del retiro, conociendo entre un robo y otro a una dama que también tiene sus años. La fluidez del montaje, las arrugas de Robert Redford, su notable química con Sissy Spacek y los primeros planos con que Lowery se asomaba a la interioridad de ambos la arrancan de esa tipicidad, poniéndola en perspectiva -con las diferencias que van de un melodrama a una película de ladrones- con Los puentes de Madison. Ahora Netflix acaba de subir a su plataforma la película intermedia entre ambas, A Ghost Story, estrenada originalmente en 2017.

Escrita y editada por el propio Lowery, A Ghost Story (que Netflix sube con el título errado de Historia de fantasmas) no es, como las anteriores, un film mainstream. El tempo narrativo, la duración de los planos, las ambiciones existenciales hablan de una libertad que una gran productora difícilmente permitiría. Lowery juega una carta aparentemente imposible y triunfa: construir un drama desolado teniendo por protagonista a un fantasma que está representado por una sábana. Una sábana con agujeros para los ojos. M (así se la nombra en la ficha técnica) sufre una pérdida que la sume en el duelo, pero -como sucedía en Beetlejuice, de Tim Burton- la película está contada desde los ojos del fantasma, en vida llamado C. Almas en pena, luego de la muerte los fantasmas, que perviven eternamente (o casi), padecen el duelo tanto como los deudos. M (Rooney Mara, siempre de expresión keatoniana) y C (Casey Affleck, siempre torturado) quedan, a partir de la separación que supone la muerte, instalados en dos dimensiones que no se tocan. En un único momento él la toca, pero ella no lo siente. Ambos sufren, y ese es el gran logro de Lowery: transmitir el sufrimiento de una sábana.

El espectro de C es meditabundo, se desplaza de manera lenta y solemne (el tempo de la muerte) las pocas veces que lo hace y observa en quietud lo que lo rodea. Sobre todo, obviamente, a M, que ni siquiera puede verlo, pero también a una vecina fantasma a la que saluda (los fantasmas sí pueden verse entre sí) y más tarde a los sucesivos inquilinos de la casa donde alguna vez él y su mujer vivieron. Como todo fantasma, el de C queda atado a la casa, de allí que cuando M se muda desaparece de escena para siempre. En vida M quería mudarse y C no: se podría decir que la muerte le permitió lograr lo que quería. Como todo fantasma también, C ahuyenta a los que ahora pretenden posesionarse de ese lugar casi sagrado donde alguna vez vivió con su amada. Revolea platos, sostiene un vaso en el aire o hace titilar las bombillas eléctricas. Al verse separado de M para siempre, C quedó sumido en la melancolía. Los agujeros para los ojos, que son un óvalo vertical, comunican su tristeza. 

A pesar de que la descripción pueda hacer pensar en una forma de melancolía naïf, como el Tim Burton de El joven manos de tijera, o de ironía descreída, como la de tanto cine contemporáneo, el tono de Historia de fantasmas es tan adusto como la muerte. Planos secuencia de larga duración y con cámara fija, sobre todo al comienzo de la historia, parecen señalar que lo eterno no es la vida, sino la muerte (aunque ésta termina con una desaparición o evaporación). Una canción habla de vacío, buena parte de la película transcurre en una casa vacía, muchos encuadres resaltan el vacío que rodea a los personajes. M devora una torta como un animal famélico, ya que necesita llenar desesperadamente el vacío interior. No se trata de vacío existencial, sino de vacío físico. Hay sin embargo una fuerte veta existencial en Historia de fantasmas, que contrapone la aniquilación de la materia a la pervivencia del espíritu: planos del cielo estrellado (las estrellas, como se sabe, son el reflejo de planetas muertos), un largo monólogo sobre la aniquilación y reconstrucción del cosmos, una gigantesca grúa que destruye una casa. Importa menos ese discurso un poco de predicador, así como una circularidad algo canchera que riza el rizo sobre el final, que la sensorialidad de Historia de fantasmas: esa mano sobre el hombro, esos ojos (o agujeros) tristes, la meditabunda duración de los planos, los pasajes temporales por corte directo o a veces en un mismo plano, la profundidad de campo en la que se observa alejarse a M rumbo a la casa que será la cárcel o refugio del fantasma.

 

 

© Horacio Bernades, 2020 | @horaciobernades

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2017)

Guion, dirección: David Lowery. Elenco: Casey Affleck, Rooney Mara. Fotografía: Andrew Droz Palermo. Producción: Adam Donaghey, Toby Hallbrooks, James M. Johnston. Duración: 92 minutos.

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