03.07.21
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Crítica: La calle del terror – Parte 2: 1978 (Fear Street – Part 2: 1978), por Daniel Nuñez

La calle del terror 1978 arranca desde donde terminó la primera parte. O se podría decir que en realidad son una misma unidad rebanada en tres, para garantizar así un mayor consumo de la audiencia. Lo único destacable es la idea de que cada una de ellas vaya hacia un pasado cada vez más lejano: arranca en 1994, retrocede a 1978 y el final ocurre en 1666. Después, y como suele suceder con este tipo de relatos actuales, solo hay un interés en contar la historia y punto. Cero riesgos. 

Polémico, directo, visceral. El slasher es un subgénero que nace como respuesta a una América cada vez más perdida, salvaje y oscura en el siglo pasado. Desde la aparición del sádico Ed Gein en las planas de todos los diarios allá por los ‘50 y convertido en musa absoluta de todo asesino ficticio dentro de la iconografía sobre lo espeluznante, el slasher arribó para, en parte, demonizar los miedos subconscientes de una sociedad que negaba la barbarie que parecía cocinarse a fuego lento desde hace tiempo. Films como Psycho (1960), La masacre de Texas (1974) y Halloween (1978) tomaron la iniciativa hacia un nuevo rumbo dentro del horror, reflejando una situación aberrante que en la década de los 70 se propagaba como el peor virus que había dejado el fracaso del sueño americano: los asesinos seriales. Agradezcamos a Robert Ressler por la semántica acertada de este término. 

Poner tanto slasher hoy en día no hace más que hablar de las dificultades que atraviesa el cine para desarrollarlo y llevarlo así (al cine) hacia otro plano. Ejemplo: Psycho es considerada un protoslasher, adelantado más de diez años a la propagación definitiva del subgénero. En el medio aparecieron cosas como Black Christmas (1974), The Toolbox Murders (1978) y la citada La masacre de Texas. Recién en 1978, con Halloween, de John Carpenter, se establecieron las bases que hasta hoy en día conocemos sobre el mentado. Tres décadas pasaron al hilo (60, 70 y 80) y este tipo de cine rendía sus frutos a raíz de que cada tanto y en poca medida, salían obras sobresalientes. Pero siempre ligadas a reflejar el salvaje mundo en que se transformó Estados Unidos (Ojo, aclaro: una catarata malísima de estas películas se estrenaban mes tras mes dando paso a su inevitable decadencia). El slasher, entonces, era puro reflejo de nuestra sociedad, desvalorizada, miserable. El asesino, que muchas veces oficiaba de verdugo sobre los valores morales de las nuevas generaciones, en el cine actual esa misma figura perdió su significación política. Hoy en día, sin saber por qué, directores nostálgicos y reaccionarios pausan su VHS preferido de 1980, congelando la imagen pero nunca el contexto. El mismo se fue perdiendo con el transcurso de la década del 80, resucitado por Scream. Ahora, ¿en qué lugar se ajusta Scream dentro de ese “contexto” antes mencionado? En la resurrección necesaria, como pasa en todo tipo de género o subgénero, desde la autoconsciencia, el saber que se sabe, el ludismo cinéfilo como primer germen adolescente hacia el saber sobre el cine una vez que ese (sub)género murió y resucitó (como Jesús). Un pasaje de iniciación que jamás tuvimos en este tipo de cine allá en los ‘80. Un pasaje hacia el culto, hacia la meca del conocimiento esta vez popular y que tipos como Godard, Truffaut o Rohmer impulsaron desde los lugares más sofisticados en sus mozos años 60. 

Quizás es por el hecho de situar la segunda parte de la saga de La calle del terror en 1978 donde su significación abarca lo más interesante de la obra: si la primera era un homenaje al terror noventoso de Scream, esta obliga al espectador a retroceder aún más, ir donde se cimentaron las bases definitivas del slasher. Como no podía ser de otra manera, nos anclamos en ese revelador 1978, cuna que vio definir una nueva especie de cine y que marcó una década para siempre. Hoy en día, los slasher asustan menos que cualquier horror de la cotidianeidad Argentina, que son muchos y variados, y aunque el género no gana puntos solo por asustar, es más posible aburrirse con una de estas obras actuales que con cualquiera Rápido y furioso. La calle del terror 1978 no desilusiona en esto: aburre y mucho. Demasiado. Principalmente por los planteos que no suman nada, su tratamiento superficial, la reiteración de tópicos y la insistencia de personajes femeninos que, sin éxito, son reflejo de nuestra sociedad. 

Ahora, ¿de qué trata La calle del terror 1978? En parte, es casi la misma historia de la primera, salvo por la (mala) ambientación setentosa. Acá vemos cómo dos sobrevivientes de la primera masacre llegan a la casa de quien parece tener información que corrobore los hechos que sostienen los protagonistas. Es decir, que el pueblo está embrujado y los ataques psicópatas son respuestas a ello. Quien cuenta dicha información relata algo sucedido en un campamento en este mismo pueblo hacia fines de los 70 (acá existió un horror mucho peor, se llamó dictadura cívico militar). Esta secuela se centra en Ziggy, una adolescente con mal carácter, sarcástica y alienada del resto del campamento. Es decir, un cliché andante que “emula” a la adolescente enojada y emancipada de nuestros tiempos. La segunda protagonista es la hermana mayor de Ziggy, Cindy: una chica menos relajada que la anterior, que intenta sobrellevar sus días en el campamento lo mejor posible, sin escuchar los reclamos de su pequeña hermana. Y sí, en medio están los asesinatos truculentos y el descubrir qué está pasando en el lugar. 

Hay algo inocente referido a la, tal vez, condición humana en esta saga: la imposibilidad de ver al ser humano como un monstruo, una bestia salvaje inherente a su biología barbárica animal, por lo que acá los asesinos son en realidad personas poseídas (otro síndrome de nuestros tiempos junto a las brujas; plomazo) que no controlan sus actos. Esto la diferencia de la mayoría de los slasher ochenteros, donde los criminales eran retratados como desequilibrados, dementes inhumanos (lo sobrenatural o fantástico cumple una función elemental en caso de películas como Halloween o la saga Martes 13, impulsando la metafísica en ellas y así las más variadas lecturas), que saciaban su sed de sangre (entiéndase apetito sexual) con cada matanza. Otro síntoma es la necesidad de victimizar la figura del mal, venga en envase masculino o femenino. La victimización cumple un rol importante: es la excusa perfecta que permite, desde hace tiempo, dejar de ver al villano como villano. Hacer el mal hoy en día por placer, por regodeo, es el nuevo tabú. Además, todo se explica, se subraya, queda servido en bandeja, para que el espectador más vago esté más a merced de su celular que de la película en cuestión. La necesidad de revelarlo todo no solo nos despoja de la lectura, de su posible construcción simbólica, además deja en evidencia que no entienden que el miedo a lo desconocido es el peor miedo de todos. Yo, por mi parte, le creo a Lovecraft. 

calificacion_1

© Daniel Nuñez, 2021 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2021)

Dirección: Leigh Janiak. Guion: Phil Graziadei, Leigh Janiak, Zak Olkewicz. Elenco: Sadie Sink, Emily Rudd, Ryan Simpkins. Producción: Peter Chernin, David Ready, Jenny Topping. Duración: 109 minutos.

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2 respuestas a “Crítica: La calle del terror – Parte 2: 1978 (Fear Street – Part 2: 1978), por Daniel Nuñez”

  1. Mario dice:

    Pero que imbecilidad de crítica, y más encima comparando a Argentina con una película de terror. Parece que un puberto resentido socialmente, hubiese escrito está “reseña” tratando a una trilogía con bastante acción, un ost de canciones clásicas famosas, de “aburrida”? Tiene vueltas de torque muy buenas. La historia es mucho más entretenida que ver un Toretto o Diesel, que es la misma mierda actuada. No hay comparación.

  2. Gustavo dice:

    La crítica más malintencionada que vi

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