25.04.20
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Crítica: Hacer la vida, por Eduardo Elechiguerra

A Mitzi

El Amateur (el que practica la pintura, la música, el deporte, la ciencia, sin espíritu de maestría o de competencia) conduce una y otra vez su goce (amator: que ama y ama otra vez); no es para nada un héroe (de la creación, de la hazaña); (…) es –será tal vez– el artista contra–burgués.

Barthes por Barthes

El trato amateur en ciertos momentos actorales y en el diseño de sonido de Hacer la vida no impide que sus siete personajes centrales estén finalmente liberados de las represiones mostradas de forma visual. En este sentido, los colores y la composición de los planos sostienen el cuidado a irregularidades presentes en la sociedad bonaerense retratada.

La vuelta a Barthes no es solo una postura retórica ni teórica. También la percibimos durante la película y desde la primera escena en el audio que hace la ucraniana (Raquel Ameri) por celular. Las palabras y la mirada vidriosa de Raquel en ese primer momento y en su lengua materna se combinan con un “te amo” en español. Esta muestra de múltiples acentos idiomáticos a lo largo de la obra concuerda también con el retrato de minorías liberadas de ciertos yugos. 

Después se manifiesta visual y progresivamente en las tonalidades azules del diseño de producción, como las paredes donde ella y Mercedes (Florencia Salas) viven debido a una contingencia. La paradoja de que la propia obra refiera el personaje de Ameri como La Rusa incluso en los créditos aunque es ucraniana, se convierte en una contradicción con Mercedes, que es tucumana y vive cierto nomadismo como aquella, pero sí tiene nombre.

A pesar de eso, el plano medio de Raquel a espaldas de la cámara y viendo hacia la piscina mientras una niña nadadora está por lanzarse al agua, plantea una geometría de sus deseos sugerida visualmente en el techo del recinto donde ambas se encuentran. Lástima que el vidrio que las separa se remarque aún más en el diálogo de la profesora de natación que le compra café y se empeña en llamarla rusa. Sabemos que la extranjería es insalvable, sí, pero los trazos gruesos también desentonan.

Es válido entender en ese punto la falta de matices en las escenas histriónicas como una agenda de corrección política para que sean visibilizadas las irregularidades sociales. No minimicemos por esto la complicidad y la empatía entre tales historias cotidianas. Al final, los planos en más de una ocasión muestran a varios de los personajes como atravesados por las líneas horizontales al fondo de su entorno a pesar de las rudezas expresadas en sus diálogos.

De esta manera, la impresión amatoria de la realizadora tiene el alcance de retratar las relaciones humanas en el cruce de ficciones desde lo laboral, familiar, sexual y económico. Este no es un logro menor de la obra puesto que en su guion entrama las desigualdades de todo vínculo manifestadas en las de toda comunidad. Observemos la manera de mostrar el sexo en cada una de las parejas, por ejemplo, y hasta la ausencia de intimidad y más represión entre Mónica (Victoria Carreras) y Sergio (Darío Levy), quienes manifiestan tener más ingresos económicos. Podemos achacarle falta de matices al guion, pero hay hallazgos incluso en las conversaciones pos coito. 

No por tal inclusión la película pretende un cierre salvador para todos. Pero con Lucy (Bimbo Godoy) hay una liberación del núcleo familiar más inestable y venido a menos aunque su madre sea la dueña de la residencia donde ocurre la historia. Son ella y su hijo quienes poseen una esperanza efectiva. Debido al sobrepeso bien asumido desde el personaje y encarnado por la actriz, el descalabro familiar se compensa así desde el cuerpo propio.

Para los demás, sobre todo los pudientes, la realizadora propone al menos que convivan con sus grietas y desconches. Gracias al plano americano final, ella simboliza sin juicios la aceptación de los desbarajustes de los estratos más integrados en esta pequeña comunidad bonaerense que se las arregla de las mejores maneras, aunque no sean las únicas, para lidiar con sus ilusiones artísticas o imposiciones sociales. Y así, Gabriela (Luciana Barrirero), otro de los personajes, consigue hacer shows de cabaret aunque no sea su mayor deseo como actriz y a Mónica (Victoria Carreras) solo le queda reírse cuando la mascota de su marido destroza las muñecas embarazadas que ella teje. Así, es oportuna esta compensación poética por el propio maltrato de ambos hacia Mercedes, quien trabajaba limpiando en la casa de ellos.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2020 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Guion, dirección: Alejandra Marino. Elenco: Luisa Kuliok, Bimbo, Victoria Carreras, Florencia Salas, Dario Levy. Distribución: Aura Films. Duración: 103 minutos.

https://vimeo.com/338529088

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