23.04.21
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Crítica: Las niñas, por Rosario Iniesta

Las niñas, ópera prima de Pilar Palomero, narra la historia de Celia (Andrea Fandos), una alumna de educación católica en los años 90 en un colegio navarro donde las monjas le inculcan un discurso castrador y amenazante. Las niñas de este colegio reproducen cánticos machistas en el recreo, ven restringida su expresión corporal en las clases de gimnasia, se les prohíbe cantar en voz alta en el coro, reciben chequeos médicos que coartan su intimidad, son sometidas a una humillación y burla constante delante de sus compañeras y como resultado, en ocasiones son discriminadas por su propio grupo de pertenencia. 

Con la llegada de Brisa (Zoe Arnao), una nueva alumna, Celia descubre que puede dibujar por fuera de lo establecido y escuchar rock. Aprende que saltarse las normas no conlleva realmente consecuencias, sino que además es mucho más interesante que repetir creencias sin un ápice de pensamiento crítico. Durante las clases de religión y de bordado, Celia comienza lentamente a correr el foco de los intereses de una niña, tomando conciencia de los cambios en su cuerpo sin entender muy bien esos cambios porque nadie se lo explica. Irá apartándose de lo que esperan de ella, lo que choca indefectiblemente con el discurso de las monjas y con el de su madre, quien le demanda cumplir con las tareas domésticas sin percibir la atenta mirada de su hija frente a una verdad ineludible. 

Es especialmente mediante la figura de Brisa que observamos los contrastes que separan las realidades cotidianas de las amigas: mientras que Celia llega a una casa oscura y solitaria a hacer los deberes con la tele de fondo, Brisa es libre de dibujar y escuchar la música que quiera, acompañada por sus cariñosos abuelos. 

Las niñas descubren el universo de las revistas femeninas; comienzan a comparar sus cuerpos, maquillarse, fumar, compartir leyendas urbanas sobre el HIV e incluso experimentar con total incomodidad las primeras salidas a discotecas como chicas jóvenes. Celia siente la presión de no encajar y comienza a manifestarse en contra de todo lo aprendido hasta el momento mediante pequeños gestos casi imperceptibles para los demás.

Lo que estas niñas tienen en común termina siendo más poderoso que la educación que reciben: la curiosidad, pero sobre todo la necesidad de comprender lo distinto que es el mundo fuera de la iglesia católica y sus enseñanzas vetustas. El relato se encarga de remarcar el choque entre valores conservadores heredados del franquismo y una movida cultural desenfadada y deseante. 

Adela (Natalia de Molina) es la joven madre de Celia, responsable de un peso que comienza a tomar forma en la segunda parte de la película. Un acto de rebeldía de Celia junto a su grupo de amigas genera el derrumbe de su inocencia para caer de lleno en la incertidumbre propia de la adolescencia. Su forma de entender el mundo y de relacionarse es mediante códigos represivos. Sin embargo, perder la conexión con su madre le resulta inadmisible porque es la única persona incondicional en su vida. 

Adela y Celia, ambas educadas bajo alegatos católicos, deberán enfrentarse a dolorosas situaciones como parte de un aprendizaje necesario para poder establecer una relación de completa honestidad. 

calificacion_4

 

 

© Rosario Iniesta, 2021 | @IniesRo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(España, 2020)

Guion, dirección: Pilar Palomero. Elenco: Andrea Fandos, Natalia de Molina, Zoe Arnao, Julia Sierra. Producción: Valérie Delpierre, Alex Lafuente. Duración: 97 minutos.

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