08.12.20
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Crítica: My Psychedelic Love Story (Mubi), por Horacio Bernades

La figura de Timothy Leary es una de esas que generan fascinación, por su audacia, aventurerismo intelectual, carisma personal y alternativismo. Fue un nombre clave de una década, los 60, que se caracterizó por el deseo de atravesar las puertas de la percepción, aunque detrás de ellas aguardaran la locura o la muerte. El señero documentalista Errol Morris (Long Island, 5-2-48) se interesó a lo largo de su filmografía en personajes excéntricos. Gates of Heaven (1978) trataba sobre dueños de mascotas que lleva a cabo con ellas toda una serie de ritos funerarios. Vernon, Florida (1981) pispeaba las raras peculiaridades de los vecinos de esa ciudad. Fast, Cheap and Out of Control (1992) levantaba la apuesta y hacía foco sobre un domador de leones, un jardinero que diseña ligustros en forma de jirafas, un experto en asquerosas ratas-topo, ciegas y carentes de pelo, y un científico que diseña robots con forma de insectos. El protagonista de Mr. Muerte: Ascenso y caída de Fred A. Leuchter, Jr (1999) empeñaba sus esfuerzos para que la ejecución por silla eléctrica fuera menos dolorosa. Pero Leuchter además visitó el campo de exterminio de Auschwitz, investigando las cámaras de gas y llegando a la “conclusión” de que eso del Holocausto fue todo mentira.

Pero esa es sólo una vertiente de la obra de Morris. Su documental más célebre es The Thin Blue Line (1988). Esta suerte de policial de no ficción (Morris fue, entre otras cosas, investigador privado) funda el género conocido como true crime, del cual en Netflix pululan un montón de exponentes (el doc sobre María Marta Belsunce, sin ir más lejos) y que se especializa en mostrar de qué manera la policía y la Justicia inventan falsos culpables, a veces condenándolos a muerte. Con The Thin Blue Line Morris logró algo que más tarde algunos sucesores también alcanzarían: convertir el documental en una prueba a favor del acusado, de modo de revertir el resultado del juicio inicial y dejar la condena sin efecto. Tal vez más famosa que The Thin Blue Line sea Niebla de guerra: once lecciones de la vida de Robert S. McNamara (2003), por la sencilla razón de que ganó el Oscar. Ecléctico en términos formales y polémico en sus planteos sobre la no ficción, Niebla de guerra consistía en una sola y larga entrevista al hombre que diseñó la guerra de Vietnam y fue brazo derecho de JFK, filmada con cámara fija y editada de modo que quede como un monólogo. Se le criticó al realizador que no repreguntara, cediéndole la voz a quien bien podría ser considerado un criminal de guerra. Morris replicó que él no repregunta, ni utiliza testimonios contradictorios sobre el tema que trate, porque lo que le interesa es filmar un pensamiento en acción, el del “héroe” (por decirlo así) de sus películas.

Siempre flexible en sus planteos, en American Dharma (2018) Morris no dejaba monologar a su personaje sino que lo entrevistaba, apelando al sistema tradicional de pregunta-respuesta. Tal vez pensó que dejarle la lengua suelta a Steve Bannon era demasiado peligroso. Teórico de la nueva derecha estadounidense, Bannon fue el cerebro detrás del ascenso de Donald Trump, caído más tarde en desgracia por hablar de más y segregado por Mr. President de su círculo áulico. En My Psychedelic Love Story, estrenada en Estados Unidos días atrás, Morris retoma el formato de monólogo, aunque se permite hacer media docena de preguntas desde detrás de cámara. La monologuista es ahora una señora Johanna Harcourt-Smith, pareja y compañera de aventuras de Timothy Leary durante años. Fallecida en octubre pasado, Harcourt-Smith, que supo ser muy atractiva y en el momento de la entrevista se mantiene sumamente seductora, descendía de la más alta burguesía de Connecticut. Su abuelo adoptivo, un típico déspota chorreante de hubris, llegó a tener setenta sirvientes y terminó casándose con su hija adoptiva, la madre de Harcourt-Smith. Fue además un judío polaco que bajo el nazismo denunció a muchos de sus pares, mandándolos a esas cámaras de gas cuya existencia Fred Leuchter negó. Por las dudas, su nueva esposa se convirtió al catolicismo. No fuera cuestión de que la tomaran por judía.

Basada en un libro de memorias de la propia Harcourt-Smith (lo cual determina que la suya sea la voz cantante de My Psychedelic… etc.), la heredera se muestra como una aventurera temeraria y sexualmente múltiple. De esas que exprimen la vida hasta la última gota. Miembro del jet set europeo, salió con medio mundo hasta que llegó a sus oídos el nombre de Timothy Leary. Fascinada por el personaje, pateó al suizo que la acompañaba y fue a la caza del gurú del ácido. Leary había sido un especialista reconocido en cuestiones de dinámica cerebral y, cómo no, playboy internacional también, dueño de un convertible Porsche “color canario”. Vehículo que parece haber enamorado a la rubiona heredera tanto como su dueño. En ese momento Leary se hallaba refugiado en Austria, huyendo de la persecución del gobierno de Nixon. El enemigo público Nº 1 de Dick eran por entonces las drogas que el propio Leary hacía circular alegremente entre los estudiantes de su país. Con lo cual el ex psicólogo venía a ser el enemigo público Nº 01. A partir de ese momento, Leary y Johanna se convirtieron en una suerte de James Bond & chica Bond de la paz, el amor libre y las drogas. Se relacionaron con Keith Richards (faltaba más), narcotraficantes internacionales y vendedores de armas, confirmando que el desprejuicio puede ser a veces peligroso. Con los bolsillos llenos de plata, viajaban dichosos de Gstaad a Saint Moritz, de Saint Moritz a Marbella, de Marbella a Afganistán y de Afganistán a Beirut.

Para no contarla toda digamos simplemente que en el relato de Harcourt-Smith aparecen Anita Pallenberg (la rubia que motivó la pelea entre Richards y Brian Jones), el traficante Dennis Martino, el ocultista y satanista inglés Alistair Crowley, una Hermandad del Amor Eterno, integrada por surfers hippies como los de Punto límite de Kathryn Bigelow, cárceles y fugas de la cárcel, Charles Manson, el servicio secreto afgano, el FBI, la CIA y, por supuesto, Richard Nixon. La pregunta que Morris hace planear sobre el relato es si Harcourt-Smith fue una enviada de la CIA para echarle el lazo a Leary, o si en cambio fue manipulada por la agencia. En cualquier caso lo conspirativo se tiende sobre el cuento de la seductora señora. Es difícil creerle a una persona que se presenta a sí misma como el colmo de la aventura física y espiritual humana, que incurre en inexactitudes como la de decir que Pallenberg “inventó” a los Rolling Stones –la comehombres germano-italiana ingresó a su círculo en 1965, tres años después de la fundación del grupo–  y contradicciones flagrantes, como la de reconocer que manipulando hombres era imbatible y más tarde sostener que jamás manipuló a nadie. O decir con una gran sonrisa que siempre fue muy mentirosa.

¿Quién fue en verdad Johanna Harcourt-Smith? ¿A quién le importa? Aquí reside la que es a mi juicio la debilidad constitutiva de la nueva película de Morris: quién haya sido Johanna Harcourt-Smith es una cuestión sin mayor interés. Johanna Harcourt-Smith es apenas una curiosidad, un apunte al margen de una época qué explotó primero e implosionó después. Lo que importa es en tal caso su relación con la CIA y su posible papel de Mata Hari (papel al que Morris hace alusión con inserts de la Garbo y la Dietrich en sus papeles más fatales). Pero eso no llega a saberse, apenas adivinarse. OK: lo que parece interesarle a Morris, como en la película sobre McNamara o su serie de docuficción Wormwood (2017), que trataba sobre la sospechosísima muerte “accidental” de un científico que trabajó para la CIA, es que es imposible conocer la verdad. Pero ojo que Morris niega ser un posmoderno, y sostiene que por más que no se pueda llegar a ella no debe dejar de buscársela.

Más interesante hubiera sido investigar la del hipersonriente Timothy Leary, personaje mucho más rico y significativo, no sólo por la relevancia histórica que tuvo su difusión del LSD, incluso como herramienta psicoterapéutica (en Argentina hubo toda una corriente psicoanalítica que la puso en práctica, desde fines de los 60), sino por la suma de pedazos asimétricos que arman su rompecabezas. Para no hablar de su final, que no mencionaremos aquí para no arruinarle la perplejidad a ningún lector. Leary era el ciudadano Kane a investigar, para terminar descubriendo que era imposible saber quién era, que era infinitos hombres o no era nadie. Para armar ese puzzle hubiera sido necesario reconstruirlo mediante las voces de quienes lo conocieron, desde la propia Harcourt-Smith a Keith Richards, pasando por traficantes de lo que fuera, miembros del servicio secreto afgano, ex agentes de la CIA y del FBI y ex miembros de la administración Nixon. Y acá hay un punto: aunque en The Thin Blue Line construyó un crimen y el juicio posterior apelando a esa clase de estructura, más tarde Morris declaró que eso no es lo suyo, sino el discurso de un único entrevistado. Esa es seguramente la razón por la que, en ausencia de Leary, prefirió enfocarse exclusivamente en Harcourt-Smith. Para mí esta vez le falló el cálculo. 

En términos formales Morris contrapuntea la entrevista con una catarata de inserts de lo más diversos, que van desde los clásicos titulares de diarios a fragmentos de films de ficción, pasando por filmaciones de época, grabaciones personales de Harcourt-Smith con Leary o algún agente innominado y eventuales piezas auditivas o visuales que comentan el relato de la protagonista. Ella dice, por ejemplo, que sonó el teléfono y se escucha un ring. O se refiere a ser “plantada” por la CIA y se ve una planta. Y sí, la verdad es que son una pelotudez estos comentarios, no sirven para nada que no sea formar parte del show visual que Morris arma para que la película no resulte “aburrida”. Es que el realizador de The Thin Blue Line se dirige a un público masivo (ese documental fue uno de los que más recaudó en la historia), por lo tanto poco amigo de la no ficción, impaciente y habituado al zapeo visual. Entonces a algunos de sus documentales (no a todos) los arma como una yuxtaposición de entrevista televisiva con estética clipera. De más está decir que en este caso esa estética refiere a los tiempos de la psicodelia, con imágenes teñidas de fucsia y cobalto y algunas tomadas de films de ficción, que remedan trips ácidos. A ello Morris le añade entretítulos tamaño escándalo. No por nada otro de sus documentales, llamado Tabloid (2010), recrea un episodio tomado de la prensa amarilla, en el que una ex Miss Wyoming fue acusada de secuestrar y encerrar a un joven misionero mormón. Tampoco es para acusar al realizador de filmar esa historia. ¿Quién podría resistirse a ella?

 

 

© Horacio Bernades, 2020 | @horaciobernades

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2020)

Dirección: Errol Morris. Duración: 102 minutos.

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