09.02.21
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Crítica: Never Rarely Sometimes Always, por Eduardo Elechiguerra

“¿Va a ser doloroso?”

Is it going to be painful?

Never Rarely Sometimes Always (2020) invita a que hablemos de las relaciones difíciles sin caer en excesos. Luego de un recorrido por otros momentos de la tercera obra de Eliza Hittman, repasaremos juntos el encuentro pivote que nos hace caer en cuenta de ello.

En principio una cena familiar ante la televisión parece inconsecuente. El papá o padrastro de la protagonista, Autumn, le dice you are my slut a la mascota mientras juega con ella. Interpretada por Sidney Flanigan, Autumn mira un tanto incómoda el jugueteo. La mamá (Sharon Van Etten) le dice a él que pare. Esto sería irrelevante si no lo asociáramos con la primera escena de la obra: un hombre del público le grita whore a la protagonista mientras ella canta una versión más lenta de “He’s got the Power!”. En ese instante, con el simple salto de un plano general a un primer plano de la actriz, ella continúa sorprendida la canción. A partir de ahí ella es quien sigue adelante sin el apoyo, la defensa ni la empatía de sus padres. Y así comenzó la historia de una adolescente que acepta perder su estructura para enfrentar sus más complejas decisiones. 

Después nos enteramos de sus dieciocho semanas de embarazo. Y por su necesidad de interrumpirlo con un profesional, Autumn se ve obligada a viajar más de 300 kilómetros con su prima Skylar (Talia Ryder). Fueron desde Pensilvania hasta Nueva York en autobús para hacerlo en una clínica en Manhattan donde sí aceptan a pacientes con embarazos más avanzados. A medida que transcurre el viaje, la realizadora hace que el rostro de Flanigan quepa cada vez menos en el plano y algo similar pasa con Skylar de forma más esporádica. La identidad de ambas debe fragmentarse visualmente para ser libres al menos con las decisiones que toman. Ya en algunas escenas previas al viaje observamos o escuchamos cómo ambas son violentadas de forma directa por quien les paga en el supermercado donde trabajan o en el caso de Autumn, indirectamente por su papá o padrastro en otras escenas. Al volvernos partícipes de esta violencia matizada, los hechos abusivos, unos más evidentes y otros más ambiguos, inquietan. Casi perturban porque no tenemos certezas de preguntas claves. De todas maneras Hittman hace que basten las intuiciones frente a lo no dicho.

Ella además incluye una discusión entre las primas para recordarnos que ninguna alianza es perfecta. Pero finalmente el espejo de un baño público cristalizará de manera simbólica la reconciliación de ambas para que este deje de ser un elemento desolador para Autumn* como lo fue en escenas previas. Es solo con Skylar que hay un vínculo fiable. Y otro de los indicios de esto es el uso de los azules en la paleta de colores, que además es asociable a una parte de su nombre. Su abrigo azul, su mirada compasiva, sus maneras amables de ceder y la belleza diáfana de la actriz Talia Ryder son pistas de que Hittman no plantea solo arideces en estas mujeres. Pero basta la mochila azul floreada de Autumn para sugerirnos que ella prefiere cargar con sus tristezas antes que vestirlas.

A partir de la sencilla variante del plano contraplano mencionado en el primer párrafo, la realizadora convierte su rigor técnico en una complicidad emocional y efímera entre Autumn y Kelly, la consultora sanitaria. En esta escena de casi diez minutos de duración y mucho más extensa que todo el procedimiento quirúrgico, emergen los peligros del terreno ambiguo en el que viven las adolescentes. Antes nos han mostrado el cálido y enrevesado engranaje profesional para contenerlas. Pero es ahí donde queda en evidencia la naturaleza desprotegida de las jóvenes aún cuando les toca convertirse por decisión o a la fuerza en mujeres independientes.

En ese instante se nos brinda un cruce entre realidad efectiva y ficción porque Kelly Chapman interpreta su rol de la vida real. Ella es trabajadora social y formó parte del trabajo investigativo de Hittman en la preproducción. Aún así, nunca perdemos de vista la frontalidad de Flanigan en la escena. A Chapman la vemos de tres cuartos. Este leve desplazamiento de la perspectiva visual está cohesionado por la calidez sonora. De a poco vemos a Sidney quebrarse ante las preguntas pero la voz de quien la interroga nos envuelve en una templanza lejos de cualquier examen o una automatizada selección de respuestas. Los gestos faciales de Flanigan contestan por sus omisiones verbales e incluso por las decisiones pasadas de su vida que solo podemos intuir por la actuación. Sus miradas evasivas y las lágrimas se amalgaman con cada uno de los parsimoniosos nunca, escasas veces, alguna vez y siempre que Chapman reitera. Así sentimos que este tipo de contención terapéutica siempre llega tarde y lo que queda es verbalizar las heridas como mejor se pueda.

Así la dignidad lograda sin justificaciones de por medio y con un final expectante recuerda por momentos a Vera Drake (2004) de Mike Leigh. Aunque estaba ambientada en otra época, ambas obras atravesadas por el aborto pueden resumirse con lo dicho por Kelly y que no escuchamos lo suficiente aún en estos tiempos de pretendido empoderamiento: it’s totally fine whatever your decision is as long as it’s yours**.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2021 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

* En Swallow (2019) el baño público de mujeres también significa un lugar de liberación compartida, aunque lo sea de forma casi anónima. Ahí ninguno de los personajes relevantes de la trama acompaña a Hunter, quien pasa por abortos espontáneos a lo largo de la película.

** “Está bien lo que decidas con tal de que sea tu propia decisión”.

(Estados Unidos, Reino Unido, 2020)

Guion, dirección: Eliza Hittman. Elenco: Sidney Flanigan, Talia Ryder, Theodore Pellerin. Producción: Lia Buman, Rose Garnett, Tim Headington, Sara Murphy, Alex Orlovsky, Elika Portnoy, Adele Romanski. Duración: 101 minutos.

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