05.03.21
Cine _ Estrenos

Crítica: Notturno (Mubi), por Eduardo Elechiguerra

En Notturno Gianfranco Rosi detalla la sensación de desalojo por los estragos de ISIS en Siria, Líbano, Kurdistán e Irak. La espera y la incertidumbre se sienten en medio del silencio y los escasísimos diálogos. Los contados estruendos sonoros y la calma contrastan de manera similar a como lo hacen los pocos movimientos de cámara y los recurrentes planos fijos. 

Decir que estas son viñetas de una zona bélica banaliza la intensidad latente de lo que vemos y oímos. Más bien es un conjunto de personas de quienes Rosi prepara un fragmento de sus vidas: los ejercicios matutinos de un pelotón, el ensayo teatral de los pacientes de un hospital, el llanto de mujeres kurdas en las celdas de sus fallecidos, la pesca de un hombre con el incendio de fondo … pero es en la armonía y disonancia de estos momentos donde se encuentra lo nocturno, la oscuridad instalada aunque sean instantes en plena luz del día.

En cine la imagen también se mueve con las variaciones visuales, sonoras, corporales y técnicas ocurridas dentro de un plano estático. El realizador aprovecha esto con la puesta en escena y así halla un sutil lirismo sin recurrir a tomas de extensa duración. La composición visual acoge cada sollozo, canto, rezo, motor encendido y pasos arrastrados para que tengan la misma preponderancia de las palabras oídas fuera de escena. Cada sonido por separado indica un dolor latente.

Y podríamos pensar que el distanciamiento reiterado en los planos generales contiene la tensión del diseño sonoro. Pero enmarcar instantes dentro del mismo plano nos recuerda que esta obra aparenta primero una realidad psíquica, no factual. Si bien es cierto que por ejemplo el ensayo teatral permite acercarnos a una rutina porque el director señala que la obra se basa en las vidas de estos pacientes, nos enteramos de esto cuando ellos ya están sobre las tablas. Asistimos entonces al momento previo de lo que está por ocurrir o a lo que ya ocurrió. En otro momento, las aberturas dentro de un escondite a oscuras permiten ver hacia el campo de guerra vacío y remarcan el doble encuadre.

Cuando a mitad de la obra niños de menos de diez años hablan de las torturas vividas, la psicóloga los acompaña mientras ellos verbalizan en escena la crueldad generada por el también llamado Dáesh o Estado Islámico. Y ellos lo hacen sin lágrimas. Si pensábamos que la sexta película de Rosi era un documental contemplativo*, este fragmento nos hace reconsiderar la observación cinematográfica como un acto de templanza colectiva y no solo el producto de una subjetividad. Películas como esta evidencian que el arte nos puede incentivar a la compasión del dolor ajeno. Lo podemos observar juntos, en silencio y sin apatía a pesar de las distancias geográficas o temporales. 

En esa escena uno de los niños narra cómo los amenazaron de muerte si lloraban. Para nosotros la posible catarsis paradójica de ese instante contrasta con la luz entrando por las persianas horizontales del fondo. Parece que Rosi busca templar tanta violencia y terror de un trauma que él no vivió directamente, pero que invita a que desahoguemos juntos. La palabra teatralizada en otras ocasiones encuentra aquí un correlato matizado. Sabemos que hay una puesta en escena pero duele el contraste de que en este punto el desdoblamiento técnico es sutil.

Con el tartamudeo de los traumas de este niño, Rosi ha preparado el terreno para que hallemos sosiego junto con estas infancias violadas por tanto horror. Aquí la cámara no puede ni debe posicionarse frontalmente. A tres cuartos de la pared cubierta de dibujos y con el niño de perfil, él verbaliza la naturaleza innombrable del terror en sus dibujos. Los primeros planos están reservados para esta escena, a mitad de la obra, y el final, pero será solo ahí que sabremos de cuáles cuerpos provienen las palabras. Herida y verbo finalmente coinciden en la fragilidad de estos niños y ya no en adultos ensayando una obra sobre lo que fueron sus vidas.

Las escenas se sitúan en un limbo donde los límites geográficos y las nacionalidades de las personas se deben entender como lo que finalmente son para efectos de toda guerra: arbitrariedades. El día a día de ellos** es el sufrimiento heredado por decisiones coloniales de hace siglos atrás. Pero es un sufrimiento contenido que en manos de otro realizador viviríamos con una intensidad desbocada o una distancia mucho mayor. En Notturno estamos al borde de una pesadilla de la cual no podemos escapar porque estamos despiertos. Aunque la película termine, nos queda la amenaza de muerte por las lágrimas y un silencio con tantas palabras por decir que no caben en un escenario ni en un encuadre.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2021 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

* En medios como Micropsia y El Antepenúltimo Mohicano, se ha destacado el carácter performativo de esta obra haciendo la aclaratoria de que es una categorización problemática.

** Con la escena en la escuela, Rosi afronta el problema ético y teórico de tratar inevitablemente a estas personas como personajes. Hay quienes creen que lo trabaja como un juego irresponsable. Lo cierto es que podemos inferir dónde ocurren estos momentos pero Rosi los descontextualiza dentro de la obra, así lo hace con muchos diálogos excepto los más difíciles, los pueriles.

(Italia, Francia, Alemania, 2020)

Guion, dirección: Gianfranco Rosi. Duración: 100 minutos.

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