07.07.20
Cine _ Estrenos

Crítica: One from the Heart (Mubi), por Horacio Bernades

Si por algo es famosa One from the Heart es por haber representado el mayor fracaso comercial de Francis Coppola y su bancarrota económica. Después de los dos años de caos de Apocalypse Now, que incluyó varios cambios de elenco sobre la marcha, un infarto, un aire de locura generalizada, rebeliones de Marlon Brando, un tifón que exigió una reconstrucción completa de los decorados, 330 minutos de duración en un primer corte y dos finales posibles (todo esto se cuenta al detalle en el documental Hearts of Darkness, filmado en el set por su esposa Eleanor y estrenado en 1991), Coppola decidió filmar una película chiquita y sencilla. La película se fue inflando en el curso de la producción, terminó costando 24 millones de dólares (casi lo mismo que Apocalypse), y recaudando poco más de 600 mil. 

Mal conocida, One from the Heart (que en Argentina se estrenó velozmente con el errado título de Golpe al corazón y duró nada en cartel) es posiblemente la película más moderna de su autor, en tanto subraya hasta el mismísimo delirio su carácter de representación, todo un clásico de la modernidad desde Sin aliento en adelante. Ciertamente no sería la única ocasión en la que Coppola pondría el artificio bien al frente. Recordar los peces de colores, nubes veloces, planos angulados y el mar fotografiado de Los chicos de la calle, el carácter musical de The Cotton Club y sobre todo la saturación y choques de colores, back projectings y ostentosas sobreimpresiones de Drácula, seguramente la película más parecida a One from the Heart que haya filmado el autor de El padrino. En verdad, si se pone su obra en perspectiva, podrá verificarse que, sumando a One from the Heart los cuentos de hadas de Peggy Sue got Married, Life without Zoe y Tucker, y considerando el clasicismo de los tres Padrinos, La conversación, Jardines de piedra y The Rainmaker, en esa obra puede verificarse una disputa entre clasicismo y artificio autoconsciente, con The Cotton Club a dos caballos entre ambas formas de representación. En tren de musicales podría incluirse la por aquí casi desconocida Finian’s Rainbow (1968), film de encargo de la Warner, que cuenta con la actuación nada menos de que Fred Astaire.

One from the Heart declara su naturaleza ya en el plano precedente a los créditos, no otra cosa que un telón (que varía de color) dando paso al título. Después una luna de papel vista desde la tierra, la tierra desde la luna y un desfile de carteles de neón en los que se inscriben los créditos. Doble simulacro: la ciudad en que transcurre One from the Heart es Las Vegas –ese espejismo sobreiluminado en medio del desierto– y ni siquiera es Las Vegas real sino una enteramente reconstruida en el estudio de la Zoetrope, como proclama orgullosamente la placa final. El opus nueve de Coppola no representa la reinstalación de la comedia musical hollywoodense en el cine contemporáneo, sino su elevación a la enésima. Ni siquiera en Un americano en París o Un día en Nueva York la representación asumió para sí semejante falsedad: a los telones sólo les falta temblar, la gente que llena las “calles” lo hace obedientemente a la voz de “¡se rueda!”, las calles brillan de tan empapadas, Vittorio Storaro se hace una orgía de colores y apagones, dándose el lujo de variar de filtros en el mismo plano y Coppola superpone imágenes y reinventa el split screen, con dos escenas simultáneas transcurriendo en el mismo plano y en distintos decorados.

Ahora bien, toda esta acumulación irreal tiene por base a una pareja que parece escapada de un film neorrealista. Hank (Frederick Forrest) es dueño de un taller mecánico, y Franny (Teri Garr) trabaja como vidrierista en una agencia de viajes. Él es práctico y decide invertir dinero de los dos en una nueva casa, ella sueña con un destino digno de la agencia en la que trabaja: la isla de Bora-Bora. Hank representa esa veta realista por debajo del neón, los bulbos y el cartón; Franny sueña un sueño imposible, tal como lo hace la película. ¿El sueño imposible será acaso el de replicar a un musical de Hollywood clásico? Otro rasgo clásico de modernidad cinematográfica: la copia imposible del cine clásico, y por lo tanto su refutación. Los amantes de una noche de Hank y Franny salen, a su vez, de un sueño. O dos: Ray (Raúl Juliá) el pianista latin lover que viste de frac, como podría hacerlo el propio Fred Astaire, y Leila (Nastassja Kinsky, ¿puede imaginarse una chica más soñada?), equilibrista de circo que viste traje de lentejuelas y agudiza sus grandes ojos con rimmel azulado. El sueño dura una noche, y al final de esa noche Hank y Franny vuelven a su realidad: su pareja y la casita de las afueras. El triunfo del realismo se manifiesta también en que Franny jamás viajará a Bora Bora, pudiendo suponerse que el dinero del viaje se sumará al proyecto de comprar casa nueva. ¿La confrontación entre realismo y fantasía representará acaso la oscilación de Coppola entre clasicismo y modernismo? Puede ser.

Pero hay también en One from the Heart una visión de América, y por extensión del mundo contemporáneo. Por un lado, la película (en la que no hay día, sino sólo ocaso, noche y amanecer) transcurre enteramente un 4 de julio, día de la fiesta nacional. En tiempo real, otra elección de la modernidad. Por otro lado hay un comentario clave que Hank hace a su amigo Moe (Harry Dean Stanton). “El problema de este país es de luz”, dice en medio del neón. “Ya nada es real”. Si el mundo es simulacro, metámonos de cabeza en él y veamos qué relación tiene eso con lo real, parece haberse dicho Coppola. Un detalle a pie de página: en ese mismo año Wim Wenders le tomó prestado a Coppola a Frederic Forrest para el protagónico de Hammett, y dos años más tarde a Harry Dean Stanton y Nastassja Kinsky para París, Texas. 

 

 

© Horacio Bernades, 2020 | @horaciobernades

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 1982)

Dirección: Francis Ford Coppola. Guion: Armyan Bernstein, Francis Ford Coppola. Elenco: Frederic Forrest, Teri Garr, Raúl Juliá, Nastassja Kinsky, Allen Garfield, Harry Dean Stanton. Música: Tom Waits. Fotografía: Ronald Víctor García, Vittorio Storaro. Producción: Fred Roos, Gray Frederickson. Duración: 107 minutos.

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