18.05.21
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Crítica: Oxígeno (Oxygen) (Netflix), por Daniel Nuñez

La ciencia ficción y la mujer

 

Claustrofobias de nuevo siglo

El film arranca con una mujer (una correcta Mélanie Laurent) de unos 35 años atrapada en una cámara criogénica ultra tecnológica, la cual parece controlar parte de sus funciones biológicas. Ella no recuerda su nombre, ni quién es, ni de dónde viene, ni cómo llegó ahí dentro. Apenas unos fugaces flashbacks ligados a su pasado van reconstruyendo su psiquis, y tanto ella como nosotros captamos la misma información: su visión de lo que está sucediendo lo es todo. Lo que ella ve, nosotros también. Desesperada, intenta escapar por todos los medios de esa claustrofóbica prisión, aunque la voz programada del aparato en cuestión (una especie de Jarvis en la armadura de Iron Man) le advierte que es casi imposible o que las probabilidades son escasas. Mientras, el espacio se va reduciendo aún más en cuanto a la percepción emocional y psicológica gracias al deadline que parece dominarlo todo: el oxígeno va en descenso, ya que la mujer se despertó antes de tiempo y su consumo es mucho mayor al uso debido mientras se permanece dormido. Como suponemos, la mujer deberá encontrar una forma de escapar y, a su vez, hallar una razón del porqué de su encierro. 

Distopía minimalista de ciencia ficción, relato platónico en yuxtaposición con la alegoría de las cavernas, Oxygen, de Alexandre Aja, es un film cuya construcción va in crescendo con el correr del relato y se afianza en los logrados giros del guion, además de la siempre habilidosa mano de su realizador para contar historias plagadas de tensión constante. Le cuesta arrancar, al menos en sus primeros veinte minutos; luego de que uno acostumbra el ojo a esa pirueta técnica de filmar todo dentro de un espacio extremadamente reducido, se deja llevar. Principalmente, por la cantidad de lecturas, símbolos y otras funciones interesantes en su devenir estético y narrativo que prestan a que la obra sea mucho más interesante de lo que aparenta. Vamos por ese lado. 

Sustento simbólico y lecturas: lo esotérico en el siglo 21

La cámara criogénica deja de ser un simple artefacto de ultimísima generación cuando nos enteramos que ella, la mujer, es un clon, y que despertó de su corta vida de 12 años a la par que arranca la obra en cuestión. El espacio cerrado y limitado se transforma en el vientre materno, a su vez que simboliza la posible maternidad futura y sus formas artificiales de gestar un embrión. El despertar apresurado, digamos por error, de la mujer (vamos a referirnos a ella cómo fémina) está ligado al despertar social y es ahí cuando ese vientre materno resignifica su función: pasa a tomar el lugar de la “maquinaria-sistema” que encierra a la mujer, reteniéndola, evitando así que pueda ver más allá, que despierte de una realidad que la mantuvo dormida, digamos, desde su nacimiento. Ella misma la llama “Prisión”. Como advertimos antes, se vuelve analogía siamesa del relato platónico. Para esto hay un par de elementos que sirven como nexo entre la primera y la segunda historia (la narrativa y la simbólica. Delante de sus narices, una “pantalla” no deja ver que hay más allá de ese estrecho espacio físico. Cuando es desactivada, se revela no solo parte de la trama, la cual expande su minimalista arco argumental, retorciendo su esencia distópica en una utopía esperanzadora, además de dejar a la fémina ver la realidad en la que está sumida. Sin revelar de más aquello que ella puede ver, se puede hacer alusión a la iluminación, la verdad absoluta del saber. Una vez que ella advierte esta realidad le es más fácil encontrar una solución a ese problema. Es más, los que intentan ayudarla, incluyendo un policía conectado telefónicamente al sistema de la cámara criogénica, no tienen éxito. Es ella, a pura fuerza de voluntad, quien debe resolverlo todo. Quien le revela parte de lo que realmente sucede (también conectada telefónicamente) y a qué se enfrenta hace énfasis en esta idea. Se aprecia la colaboración del hombre, que es bienintencionada y para nada reducida, pero acá quien tiene que valerse es el género opuesto. 

La identidad de género y el cine

Toda obra de un autor (Aja claramente lo es) refleja en su arte el mundo en donde se mueve y ésta película deja en claro que el realizador francés hace política con un par de herramientas y una idea chiquita. Algo similar a lo que recreó en una de sus mejores películas, Infierno en la tormenta. Fuera del contexto con la realidad de la mujer de este lado de la pantalla, se puede decir que Oxygen es más metafísica de lo que parece. Sin ir más lejos, se trata de un relato futurista, que forja su existencia y atención en la mujer. Si decimos que ese personaje sin nombre nace o despierta a la par que también arranca (nace o despierta, también aplica) esta película y justamente la misma habla en tiempo futuro, entendemos que el cine y la mujer están ligados en próximas generaciones. Es así como su director marca a fuego este discurso con una idea noble e inteligente: La fémina, al despertar de su letargo, no sabe nada de ella misma; es decir, no tiene una “identidad”. El relato mismo se encarga de ir revelando paulatinamente parte de esta búsqueda identitaria. De a poco, la fémina se acopla a dicha narración como simbiosis absoluta: es ella y el correr del tiempo en la historia (con sus flashbacks, sus vueltas de tuerca, su fértil esoterismo) quienes forjan dicha identidad. Una vez que ella adquiere estas respuestas quiere ir más allá, saber qué hay por sobre todo lo que conoce. El exterior, que representa la realidad y sea cual sea en su función narrativa,puede prestarse a varias lecturas además del ya mencionado nuevo saber: el vacío existencial de la fémina, el espacio físico a conquistar luego de permanecer encerrada y dormida, el futuro de la sociedad y su correspondiente progreso motorizado por el género femenino, etc. Sin ir más lejos, es la primera historia (narrativa) la que encierra a la fémina en una burbuja que imposibilita su ascenso. La segunda historia (simbólica) es la que deja al descubierto su lugar en este mundo: hace entrever el discurso que arrastra, el cual no hace gala de un hermetismo críptico sino que desprende amablemente un dejo exotérico (todo aquella información que se hace pública). 

Sin revelar más de la cuenta, o de lo ya spoileado, se puede decir que Aja es uno de los más hábiles contadores de historias en la actualidad. Entiende mucho mejor los mecanismos del cine que la mayoría de sus colegas americanos. Eso es un logro enorme. Más en estos tiempos en que el cine no es más que un posible futuro recuerdo. 

 

 

© Daniel Nuñez, 2021

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Francia, Estados Unidos, 2021)

Dirección: Alexandre Aja. Guion: Christie LeBlanc. Elenco: Mélanie Laurent, Malik Zidi, Laura Boujenah, Mathieu Amalric. Producción: Alexandre Aja, Brahim Chioua, Noémie Devide, Grégory Levasseur, Vincent Maraval. Duración: 100 minutos.

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