03.07.21
Cine _ Estrenos

Crítica: Ni un paso en falso (No Sudden Move) (HBO Max), por Miguel Peirotti

(No podemos dejar de recordar –no para chicanearlo, al contrario: para ofrecerle nuestra aprobación cinéfila con espíritu de palmada confraterna en la espalda– que, lejos de abandonar el cine, como amagó innecesariamente, el director Steven Soderbergh, que debutó para la posteridad con aquella polémica ópera prima, Sexo, mentiras y video (polémica para la época; hoy es más cronenbergiano un episodio de High School Musical, en la edición de 1989 del Festival de Sundance, nuevamente con la moral alta (o la pretensión baja) puso primera, y hoy SS no para de fabricar películas a la velocidad de un excéntrico). Este autor, con treinta y pico años de trayectoria, innumerables éxitos de taquilla y filmografía formal y estéticamente heterogénea, asombrosamente irregular pero personal e innegablemente creativa, aborda la forma artística clasicista del film negro en No Sudden Move, pero se reserva algunas diagonales. Por ejemplo, no hay detective, sino un saqueo sumarial de los arquetipos humanos del policial de “asaltos bajo-una-mala-estrella”. Soderbergh acomete una apropiación genérica de mestizaje “neo-noir-on ice (por el resultado extremadamente distanciado)” con un mazo de cartas proveniente del policial detectivesco, en esta ocasión, de inspiración argumental anticapitalista (el mega villano es un empresario henchido de codicia, inspirado en el patoterismo competitivo de tipos como Henry Ford, Charles Foster Kane, Thomas Edison y aquellos artífices del sustrato económico de la Americana), y con la sombra perseguidora del thriller de estafas que lo puso en los hombros de la taquilla hace una década. Esgrimiendo esta intención, Soderbergh construye una historia que refracta el ambiente en que sobresalió Curtis Hanson con su mejor obra, Los Angeles al desnudo, de 1997, pero ambientando la cosa en diferente código postal, el de Detroit, y en otro año preciso de relato, 1954.

Y Soderbergh ejercita este estilo con: soliloquios de contrabajos empastillados de un jazz somnoliento; murmullos de guitarras con slide a distancia prudencial, como si un músico viejo la tocara en una habitación contigua amurallada de colchones; un Don Cheadle que recupera protagonismo en la cosmogonía genérica de El diablo vestido de azul, de Carl Franklin, el neo-noir que lo reveló como un actor de carácter a mediados de los noventa, en el que componía una versión joven de peligrosidad eléctrica e intensa del personaje que lo okupa en No Sudden Move (la k sustituye a la c debido a la capacidad de Cheadle de dejarse absorber por la presencia de sus composiciones, en un autocanibalístico feedback creador-creación); mujeres anacrónicamente fatales pero sincrónicamente perversas y contemporáneamente (relativamente) empoderadas; pandillas de Harlem con facinerosos de tapados largos, bastones y gafas de sol de diseño visionariamente pre-disco que te pueden enterrar al menor atisbo de irrespetuosidad o violación de códigos, digamos, los padres cronológicos del Huggy Bear de Starsky & Hutch, fumetas en limusina con relojes de oro. En este bajo mundo de ficción, Soderbergh apunta alto para que aparezca en el encuadre el mastín negro del género, Bill Duke, el Grande. Tan totémico como impasible, ensoberbecido en su merecida autoconsciencia mítica, el recordado actor de Depredador y director de policiales sólidos de los noventa como Furia en Harlem, dice algunas palabras, sostiene un par de escenas, ennoblece un travelling-in majestuoso en dirección a su torso de calicanto, se baja las gafas, se las vuelve a subir, deja claro que habla en serio y se va caminando hasta la limusina, rodeado de una muralla afrodescendiente de guardaespaldas.

Apoyado en una sucesión de apariciones estelares de actores de primera línea de popularidad, algunos de los cuales son habitué del orbe soderberghiano, como Benicio del Toro (en plan oso Baloo delictivo y sinvergüenzón, torpe) y Matt Damon (en plan empresario salvaje de hiriente realismo), Soderbergh no firma contrato con el fundamentalismo de la espectacularidad (lo más independiente que se consigue hoy en Hollywood), y opta por el camino de la tentación estilística y la experimentación casi sacrificial. E esta ocasión hay que remarcar que el esqueleto le salió helado como esas fuentes de hielo que se subliman patéticamente a lo largo de las horas de un evento. Pero siempre resuelve, Soderbergh, de una u otra manera, su necesidad de gratificar al espectador. Tiene oficio como pocos a ese nivel industrial, es un artesano joven al tiempo que acumula experiencia y veteranía, y es imprevisible, por prolífico, en parte. Desde Kafka (1991), esa crisálida lyncheana expresionista hoy obsoleta, hasta el último díptico estrafalario en el que dirigió a Meryl Streep, integrado por The Laundromat (2019) y Let Them All Talk (2020), este director ha venido conspirando para dificultarnos el encasillamiento organizacional de su obra, una decisión que le tiñe el pelo de verde en Hollywood, pero que ha sabido sobrellevar, con integridad arrítmica, probablemente, pero con tracción workahólica de Salieri de Takashi Miike.

 

 

© Miguel Peirotti, 2021 | @MPeirotti

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2021)

Dirección: Steven Soderbergh. Guion: Ed Solomon. Elenco: Benicio del Toro, Don Cheadle, Jon Hamm, Brendan Fraser, Ray Liotta, Bill Duke, David Harbour, Amy Seimetz. Duración: 115 minutos.

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