23.06.20
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Crítica: Bajo mi piel morena (Cine.Ar), por Carla Leonardi

La lucha tenaz por conquistar un lugar digno:

El realizador argentino José Campusano ha sabido a lo largo de su filmografía forjarse un estilo a partir de la rusticidad de lo artesanal y de una ética de la honestidad, lo cual no es poco. Es un artista que, partiendo de diversas anécdotas que recibe, ha incursionado en el vasto territorio de los márgenes para dar voz a aquellos que generalmente se encuentran silenciados, ya sea por su condición económica o sexual. Bajo mi piel morena (2019), su última película, se enmarca en los mismos trazos, apuntando a visualizar las problemáticas que enfrenta a diario el colectivo de travestis y transexuales. 

Desde el punto de vista del género se trata de una película que hibrida el realismo social y costumbrista con elementos del melodrama, al abordar personajes incomprendidos por la sociedad y por ello imposibilitados de encontrar un lugar en el lazo amoroso romántico. La narración se ordena a partir del personaje de Morena, tal como lo señala el titulo y el afiche de la película, que la colocan en el vértice de un terceto junto a su amiga Claudia y su prima Myriam.

Morena es una mujer trans que vive en el conurbano bonaerense junto a su madre anciana y que trabaja desde los 16 años, previo a su transformación, en una fábrica textil. Allí sufre el acoso de un compañero de trabajo y su reiterado maltrato verbal posterior, al rehusarse al acceso carnal pues se trata de un hombre casado.

Claudia es una mujer trans, amiga de Morena y profesora de historia, que tiene que lidiar con la discriminación que sufre para ser admitida como docente de una escuela secundaria en el turno diurno, primero por parte de la directora y luego por la madre de un alumno. Esta mujer despliega su prepotencia insultándola y asediándola de diversas maneras. Intenta hacer de la vida de Claudia un infierno para expulsarla del trabajo que logró luego de mucho esfuerzo y sacrificio. Más complicada aún tiene su situación Myriam, quien, siendo rechazada por su propia familia, se consuela con el cariño ficticio que recibe de aquellas a cambio del dinero que les brinda; dinero que consigue ejerciendo la prostitución en condiciones de asedio y violencia por parte del proxenetismo de la policía.

A estas tres historias se agrega la trama de Marcia, una amiga de Morena que no forma parte del universo trans. Esta joven trabaja como empleada en un Bingo y, a pesar de su apariencia de independencia, se ha enganchado emocionalmente con un hombre casado. Sufre entonces por tener que interrumpir ese vinculo cuando su esposa se entera de la trampa.

A través de las vidas de estas mujeres, Campusano pone de relieve varias cuestiones. En primer lugar, la hipocresía y los prejuicios de una sociedad que aparenta una apertura a la diversidad pero que sigue siendo profundamente patriarcal. La hombría continúa definida en términos de fuerza y dominio. Esto tiene como efecto la reducción de las mujeres a ser un objeto degradado al lugar de amante o mercancía, como refuerzo del narcisismo viril; y al mismo tiempo, la dificultad para que un hombre pueda blanquear su amor por una mujer trans sin sentirse por ello menoscabado o avergonzado en cuanto a su masculinidad. Esta última situación se visualiza en Ricardo, el novio de Morena, que paradógicamente está más cerca de una posición viril cuando puede vulnerarse ante ella en el amor, que cuando huye cobardemente sosteniendo los valores morales de la familia tradicional, sin que se le juegue nada interesante allí.

Otro punto interesante que pone en juego la película es desnudar cuán atrasados seguimos aún como sociedad al sostener que masculino y femenino refieren a apariencias biológicas o a costumbres de género, en vez de pensarlas como posiciones ligadas a un modo de gozar. Tanto Marcia como Morena evidencian una modalidad de goce ligada al amor que se recibe del partenaire y que especifica a lo femenino, independientemente de que tengan pene o no. Esta cuestión se evidencia también en el enfrentamiento que se da entre Claudia y la madre del alumno. Esta mujer la acusa de ser una “falsa mujer”, juzgándola a partir de su apariencia, mientras que ella misma  dice ser una “mujer verdadera”. Sostiene así paradógicamente un modo de gozar masculino al presentarse en tanto madre como territorial y posesiva (“con mi hijo no te metás”) y al incurrir en modos violentos propios de la patota, respecto de esa otra a quien denosta e inferioriza.

Una mujer trans pone en evidencia lo femenino en tanto aquello que se desvía del deber ser madre; de allí el horror que despierta y el consecuente rechazo que las deja sin lugar a nivel del amor familiar, del amor de pareja y de sus sueños profesionales. Esta condición de objeto desalojado del lazo social con la cual deben lidiar cotidianamente las trans es visualizada con lucidez en la historia de Morena cuando queda fuera tanto del baño de hombres como del de mujeres.

Posiblemente la realidad del colectivo de travestis y transexuales sea mucho más descarnada que lo que muestra la película en su artificiosidad, pero esto, lejos de ser un desacierto es un mérito. Al apoyarse en elementos melodramáticos y en la poética de los planos secuencia más que apuntar a la sordidez obscena, Campusano logra transmitirnos la esencia de la lucha de estas mujeres sin caer en el facilismo del golpe bajo.

Entonces bajo esas pieles que denotan la triple condición de rechazo por ser pobres, trans y mujeres, vemos despuntar la valiente tenacidad de mujeres que, no obstante, se sostienen afectuosamente unas a otras. Son cuerpos que ya no se se victimizan y que se levantan a cada caída para conquistar el lugar digno que se merecen.

 

 

© Carla Leonardi, 2020

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Argentina, 2019)

Guion, producción y dirección: José Celestino Campusano. Elenco: Morena Yfrán, Maryanne Lettieri, Belén D’Andrea, Emma Serna, Julián Siliberto, Ana Luzarth, Pablo Fazzari. Duración: 89 minutos.

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