30.01.21
Cine _ Estrenos

Crítica: Psycho Goreman, por Daniel Nuñez

Elogio a la irresponsabilidad  (alerta: algún spoiler anda suelto)

Jean-Luc Godard escribió una vez: “Entre la ética y la estética hay que elegir, por supuesto. Pero no hay que dar por menos supuesto que cada palabra conlleva una parte de la otra. Y quien toma seriamente partido por una de las opciones encuentra necesariamente la otra al final del camino”. El cine carga, desde que existen los autores, con el peso de sublimar su propia existencia como si rindiera cuentas a cada uno de nosotros como espectadores. Desde el cine de autor hasta el de artesano, desde las obras maestras hasta las obras mamertas, desde la responsabilidad moral hasta la irresponsabilidad. La reciprocidad entre cines nace cuando el espectador “convierte a la obra” en alguno de los calificativos expresados anteriormente. 

Psycho Goreman es una película netamente despreocupada, libre, feliz y -como mencionamos- primariamente irresponsable. La clave está en la aceptación o responsabilidad que el espectador deposite sobre este cine. Es blanco o negro; lo tomas o lo dejas. La cita de Godard ilustra este hecho casi a la perfección ya que gran parte del tono de la película está marcada a fuego por la estética, lugar cómodo donde también ejecuta su ética. Delirio netamente visual (pocos films de este calibre tienen una impronta visual menor a su ética; algo que no está mal, aclaremos) aun cuando seamos conscientes de que toda obra, por más mala o superficial que sea, implica motivo de análisis. Y allí está la cuestión: hallar la vuelta de rosca, el enganche, la satisfacción más allá del goce inmediato del entretenimiento. PG por suerte supera la barrera de la bizarreada gratuita para fanáticos específicos de lo delirante y aferra su cavilación a su función material, fisiológica o corpórea, contextualizando ideas firmes y concretas.

Es una oda a la irresponsabilidad. Un Fuck Off! escupido a la cara del espectador que cree que el cine siempre algo le debe. Un insulto a la moral del buen comportamiento cinematográfico en su posición más académica y menos dichosa. Toma la podredumbre de The Toxic Avenger (1984), la grasada económica de los Power Rangers, la desfachatez cósmica de Dark Star (1974), el concepto argumental iniciático de The Gate (1987), el body horror de los ochenta y la clase B en su máxima expresión de aquellas épocas. El director Steven Kostanski, más allá de si los resultados artísticos están a la altura de las expectativas, hoy en día puede ser considerado un autor. Un autor de lo bizarro, lo extraño, lo delirante, lo extremo, pero autor al fin. Los puritanos del buen gusto quizás rechacen esta idea, pero a juzgar por los elementos que atraviesan su cine queda bien claro.

Mimi y Luke, hermanos de unos diez años de edad, componen un dúo autosuficiente que encuentra enterrada en el patio trasero de su casa una especie de joya, la cual guardarán celosamente sin saber las consecuencias que carga al retirarla de su reposo: esa reliquia custodia un ser de otro mundo, tan destructivo y salvaje como las criaturas que Lovecraft describía en sus obras más aterradoras, y que se pegará como parásito a los protagonistas. Él es el caos representado pero nada puede hacer contra los hermanitos ya que la supuesta joya impide tal daño, excusa perfecta para que surja una extraña amistad entre los tres. Al temible monstruo lo bautizan con el pintoresco nombre Psycho Goreman. Su delirante destino lleva a que lo disfracen de un improvisado Alan Grant (sí, el de Jurassic Park), con montaje ochentoso y música afín a las decisiones formales que la película ejecuta, exhibiendo precisión y encanto.

Sus padres hacen caso omiso al personaje siniestro y extravagante; tal vez por sus dispares caracteres, costumbres y preocupaciones: él es un nabo tan inútil como el propio Minguito y ella una histérica opresora -como la exótica villana de turno, un ser venido del mismo mundo que PG- que se la pasa regañando al marido. Lo curioso es la representación psicológica que une a los niños con sus progenitores: Luke es tan pavote y sumiso como su papá, y Mimi tan tiránica como su madre.

El film está marcado por la visión del mundo de la niña, quien no duda en comportarse arrogantemente, hacerle bullying a su hermano -o a quien se le cruce en el camino- y ser siempre el centro de atención. Puede ser molesta de a ratos, pero su encanto y gracia justamente es la de representar a una generación menos contenida, sometida u opacada, que manda al carajo cualquier cuestionamiento. Kostanski no subraya ni afirma esta decisión por el anacronismo al que expone su obra, sin cargar su universo de tecnologías modernas como celulares o la mención de redes sociales -tan famosas hoy en día- a modo de identificación actual e inmediata. Por el contrario, desde el inicio el director los hace embarrarse, meterse en la suciedad, salir del molde autómata casi esclavo de las triunfantes tecnologías. Todo en función de un juego extraño inventado por los chicos que consiste en cagarse a pelotazos y que comprime apriorísticamente el discurso del film; más teniendo en cuenta el acertado montaje, donde funde una lejana toma del planeta con una pelota gracias a la concatenación de tomas. Nos aclara no solo que el mundo de los jóvenes es una representación lúdica ligada a su perspectiva de la realidad, sino también que el destino está en sus manos. El juego funciona como apertura y cierre de la aventura, aunque abandona el final feliz en su función narrativa y se rinde hacia una nihilista pronta destrucción del mundo, ahora ya marcada por la feliz ejecución de su tono y su forma. Espacio trascendente donde se adquiere una posición crítica de la familia tipo que mira despreocupadamente la TV mientras todo se viene abajo; acaso una codificación sobre la sociedad actual que mira con desdén la realidad siempre y cuando tenga comodidades hogareñas como Netflix.

Hay una marcada virilidad transfigurada en la mujer, pero sin correcciones políticas acartonadas y siempre al borde de las delirantes circunstancias. El film no se detiene específicamente en la fantasía misándrica fácil que afecta mucho al cine hoy en día. Su polivalente discurso alienta una subversión inexorable cuyo sustento salvaje expone la mirada radical de un cine que parece más mirarnos a nosotros que nosotros a él. La liberación absoluta, ese mandemos a la mierda todo al que accede con total impunidad, destituye la opresiva cotidianeidad como costumbre social en base a las relaciones humanas (masculino/femenino, marido/mujer, por ejemplo), siempre con un tono que repudia  la solemnidad y que tiene como salvador, llave y mesías a una nena tan delirante como la película que habita. Se disfraza de eterno Halloween, de mundo carnavalesco y caótico, y expresa en cada fotograma sanguinario que el cine irresponsable es tan necesario y catártico como cualquier fiesta con amigos.

calificacion_4

 

 

© Daniel Nuñez, 2021 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Canada, 2020)

Guion, dirección: Steven Kostanski. Elenco: Mathew Ninaber, Kristen MacCulloch, Rick Ambsbury, Adam Brooks. Producción: Stuart F. Andrews, Shannon Hanmer, Steven Kostanski. Duración: 95 minutos.

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