14.04.20
Adelantamos _ Cine

Crítica: Retrato de una mujer en llamas (Portrait de la jeune fille en feu), por Diego Maté

La cinefilia tiene una máxima: todas las películas nacen igual. Pero no todas las películas crecen y viven de la misma manera: algunas, como Retrato de una mujer en llamas, llegan hasta nosotros con una estela de gestos y palabras, como si alrededor de ellas se hubiera establecido una forma de hablar y de ver. Se habla mucho de la última película de Céline Sciamma, aunque a veces parece que no se habla tanto de la película como de sus modos de ser apropiada. Se notó en la entrega de los premios César, cuando Polanski se llevó la estatuilla a mejor director y, tras conocerse el anuncio, la actriz Adèle Haenel y la directora abandonaron la sala. Polanski no estaba en el lugar: previo a la entrega, se organizó una manifestación en la puerta del teatro para repudiar las nominaciones al director, condenado por violación en Estados Unidos. No sabemos si Sciamma y Adèle Haenel vieron la película de Polanski y si les gustó o no porque el escándalo fue extracinematográfico: la consigna esgrimida por el feminismo explica que Polanski no merece ser premiado por sus crímenes, sin importar la calidad de su película. El argumento muestra un doble filo: muchos de los elogios de Retrato… se basan pura y exclusivamente en que cuenta una relación lesbiana, en que prácticamente no hay hombres, en que se trate el aborto, en que se vean los signos de la opresión masculina. Muchas de las críticas a favor de Retrato… podrían defender la película sin haberla visto.

Se habla mucho de Retrato… pero se la piensa poco y, cuando finalmente se habla de cine, se lo hace a los tumbos. La mayoría de las críticas se entusiasmaron con las sustracciones: no hay hombres, no hay música extradiegética ni escenas de sexo, y la los conflictos están mostrados de una manera desapasionada que escapa a los modos del melodrama (que está apenas sugerido, en sordina). Ese despojamiento ayuda a establecer un clima de intimidad y cercanía entre las protagonistas, pero también entre ellas y el espectador; la película es confiada a sus dos actrices, que deben economizar la gestualidad: cada pequeño movimiento reverbera en los planos y se carga de sentido. El problema es que a la película parece que no le alcanza esa historia de época, sino que además trata de darse a sí misma una identidad disponiendo guiños al presente. En esos momentos, Retrato… rompe con la discreción tan festejada. Héloïse, recién salida de un convento, habla de su estadía allí y dice “la igualdad es un sentimiento placentero”: la línea desgarra el mundo de la ficción y espera que el espectador la interprete de acuerdo con consignas de este tiempo. Pasa algo parecido cuando las tres chicas van a ver a una curandera a un lugar lleno de mujeres marginales: el trío, de otra clase social,  llega y se relaciona sin problemas con esas mujeres, como si la comunión femenina fuera algo espontáneo que trasciende cualquier diferencia. Es una idea, no está ni bien ni mal, pero esa elección quiebra una vez más el aire realista con el que Sciamma reconstruye la vida material de la época; al final de la escena, las mujeres del lugar se unen armónicamente y cantan al unísono como en un musical. 

El peor momento seguramente sea el del aborto. Las protagonistas acompañan a la criada a la casa de la curandera. La escena muestra a Sophie acostándose en una cama con dos bebés; uno juguetea con la chica durante el procedimiento. Marianne y Héloïse están también en la cabaña: una voltea la mirada y la otra le dice que no, que mire, y la obliga a hacerlo. Después, la cámara se pone encima de Sophie y muestra sus dolores en primer plano mientras el bebé le toca la cara. La escena es de un grosería infrecuente, y que Héloïse obligue a Marianne a mirar termina de certificar un visible aire de panfleto. En la escena que sigue, la criada está recuperándose en la cama y a Héloïse se le ocurre una idea: que Marianne las pinte mientras ellas dos recrean todo. A Héloïse no le importa que la chica esté convaleciente después de haber abortado, la urgencia de la denuncia se impone y la pintura debe hacerse en ese momento. Es notable que a la gran mayoría de las críticas, que elogian la elegancia y la discreción de la película, la renuncia a los códigos del melodrama, pierda de vista escenas imposibles como esas que dilapidan cualquier clima intimista y sugerente que la directora hubiera podido conseguir. Si uno se acostumbró al aire de encierro y de complicidad que la película propone, esos momentos producen rechazo: expulsan al espectador, rompen la ficción para hablar del presente con gestos de una gran extemporaneidad. Sciamma quema las naves: transforma a sus personajes en insumos de un mensaje. 

Pero si aceptamos que las películas nacen iguales, tenemos que reconocer que pueden vivir solas, más allá de las intenciones de sus creadores y de las interpretaciones oficiales. Y Retrato… tiene momentos en los que fluye una gran vitalidad: se trata, justamente, de las escenas que escapan al plan de la denuncia, cuando se le permite a sus personajes ser ellas mismas. Como cuando Marianne se escabulle de noche a comer pan con queso y vino, o cuando las tres duermen juntas en la misma cama casi sin darse cuenta. Son momentos de una gran placidez donde las protagonistas adquieren un espesor inesperado: son mujeres que pueden disfrutar, pasarlo bien sin necesidad de volverse soportes de una denuncia altisonante, sin dirigirse al espectador y llamarlo a la toma de conciencia; están ahí, con fiaca o resaca, sin hacer nada, pueden darse el lujo de la inacción sin evocar causas porque, efectivamente, durante algunas pocas escenas luminosas, son libres.   

 

 

© Diego Maté, 2020 | @diegomateyo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Francia, 2019)

Guion, dirección: Céline Sciamma. Elenco: Noémie Merlant, Adèle Haenel, Luàna Bajrami, Valeria Golino. Producción: Bénédicte Couvreur. Distribuidora: Impacto Cine. Duración: 122 minutos.

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