22.02.21
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Crítica: Saint Maud, por José Tripodero

El terror llama a tu cruz

El terror religioso o místico tuvo su era dorada en los 70, más allá del éxito de El exorcista (1973) que escapó del encapsulamiento marginal en el que quedan las películas de terror; allí donde sí quedaron otros ejemplos de un miedo representado por valores, mandatos y cánones preestablecidos para el bien, aunque del fanatismo (así sea de una fe) solo pueden salir acciones nocivas. Saint Maud es casi una película anacrónica, no solo por ser una que escapa de una época sino porque tampoco responde a un fenómeno del terror actual. La decisión de avanzar por la senda de un subgénero que otrora tuvo un pequeño estado de ebullición, no hace de esta película un mérito por sí solo.

Maud (Morfydd Clark) es una enfermera a domicilio que se presenta para su nuevo trabajo: cuidar a Amanda, una ex bailarina de danza moderna que padece una enfermedad terminal. Mientras Maud es una devota católica acérrima, Amanda (Jennifer Ehle) es una artista agnóstica ligada a intereses intelectuales y -desde la mirada de la primera- también a cierta blasfemia cuando descubre que una joven se presenta a la casa con cierta periodicidad para satisfacer necesidades sexuales de la moribunda. La relación se allana en un momento de debilidad de Amanda para empatizar con los principios de Maud, más allá de que la tensión por la “amiga sexual” se mantiene en el aire como si fuera una señal del tono que la película nunca suelta ni por un segundo. Si de atmósfera se habla, es necesario ubicar la historia en un escenario particular como es la costa del sur de Inglaterra con sus grises, sus vientos y su penumbra que no permite la fuga de un rayo de sol o de colores. No hay matices entre el blanco pulcro de la protagonista y lo oscuro que representa Amanda con su vida ligada al sacrilegio.

Saint Maud no se deja etiquetar fácilmente, la tipificación del terror elevado  es la que quizás mejor le calce para aquellos completamente ajenos al género; sin embargo no es arbitraria esa posible lectura ya que la película nunca se decide por un camino. Abraza más de uno, al punto que avanza y retrocede para tantear otras variantes como el drama personal y algunos fantasmas del pasado. El gran problema de ese deambular está en el guión cuando se presenta el estallido de Maud que confirma su delirio místico. La pérdida de la brújula en su vida la deposita en antros donde conoce algún ser deleznable y se reencuentra con personas olvidadas de su pasado, para finalmente rearmarse en un tramo final hacia la obsesión y la locura.

A pesar de las decisiones fallidas, hay en la joven debutante Rose Glass (realizó esta película antes de cumplir 30 años) una directora para prestar atención en el futuro. En la cocción a fuego lento de la historia, en la relación de los dos personajes principales y en el tono lúgubre construido se hallan las cualidades de Saint Maud, que padece sus falencias aunque también se manifiesta como una obra contracorriente de un cine de terror más preocupado por el efectismo de los jump scares y el volumen alto de la banda sonora en el momento de mayor tensión. Por cierto, aquí hay un momento de susto tan efectivo y perfecto en su construcción dramática que vale por todos las situaciones similares que se pueden encontrar en El conjuro o en producciones parecidas.

 

 

© José Tripodero, 2021 | @jtripodero

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Guion, dirección: Rose Glass. Elenco: Morfydd Clark, Jennifer Ehle, Lily Frazer, Rosie Sansom. Fotografía: Ben Fordesman. Producción: Oliver Kassman, Andrea Cornwell. Duración: 84 minutos.

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Una respuesta a “Crítica: Saint Maud, por José Tripodero”

  1. Joaquín Catalano dice:

    Coincido plenamente con José. Muy buen texto.

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