10.06.21
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Crítica: Shiva Baby (Mubi), por Horacio Bernades

Negocios de género

Toda chica judía tiene el mismo problema que todo chico judío: una mamá judía. Al menos en los casos en que la madre responda con precisión cronométrica al arquetipo de la idische mame. De ser así, a la chica y al chico les va a costar un perú salir de debajo de su falda de tela absorbente. Eso es lo que le sucede a Danielle, protagonista de Shiva Baby, que la madre exhibe a la parentela como si se tratara de un collar recién comprado o un vestido de fiesta, jamás como una persona. Así es como Danielle no tiene novio y mientras tartamudea frente a sus padres y los demás que piensa estudiar la carrera de “Negocios de Género”, está paralizada en su lugar de recién graduada del college, sin saber a dónde ir.

Shiva es un dios de la cultura brahmánica, pero en hebreo es el nombre que se le da a los siete días de duelo que el ritual ortodoxo prescribe para los muertos. Tras una sesión de sexo con un hombre que le lleva 20 o 25 años, Danielle (Rachel Sennott) vuelve a casa de los padres y allí es arrastrada (su madre es un vendaval que parece arrasar con lo que se presente a su paso) por sus padres al shiva de un pariente que ni siquiera sabe bien quién es. La madre (la veterana comediante Polly Draper) le pregunta de dónde viene, elogia su maquillaje (Danielle no parece maquillada), la apura para subirse al auto y mientras tanto lo tiene al padre (Fred Melamed, el tipo más parecido a Stephen Tobolowski que hay en el mundo) de aquí para allá. Todo en más o menos un minuto. Danielle marcha con la resignación de quien va a su propio funeral.

A partir del momento en que trasponen las puertas de la casa donde se libra el servicio sobreviene el tour de force que emprende la realizadora debutante Emma Seligman: todo lo que sigue tiene lugar dentro de esas cuatro paredes. Lo cual no tiene nada de gratuito, ya que transforma en asfixia física el estar en el mundo de Danielle. Las tías, o lo que sean, le preguntan si tiene novio o cómo le va en la facultad, en una pausa de su chusmeo bilioso. Lleva las bandejas con comida como si fuera la shikse, se sirve varias porciones y no come ninguna (Danielle es anoréxica), se clava sin querer un clavo en una pierna y lo oculta, como si fuera motivo de vergüenza, y elude prolijamente a Maya, una prima algo mayor que ella (Molly Gordon), que parece su antípoda. Maya es rotunda, segura de sí misma, da la impresión de saber exactamente lo que quiere. Lo que quiere es, por lo visto, joderle la vida a su prima. Ridiculizarla, exponerla, humillarla. La relación entre ellas es la que puede haber entre un alacrán y una rana.

Pero todavía falta la frutilla en la torta (o la papa en el vareneke): la llegada del más imprevisto de los visitantes, que resulta ser amigo de los padres de Danielle, y viene con su divina esposa rubia y su divina bebé, en un divino bebesit. Al verlo, Danielle parece implosionar. Desvía la vista, intenta resistir la insistencia de su madre para que vaya a saludarlo (la mame quiere conseguirle un puestito en la agencia de publicidad de su esposa) y finalmente cede. Incomodidad que irá en aumento: la mamá, que obviamente ve a la hija con rayos X, la empieza a acosar a preguntas, y la divina esposa rubia del caballero, que no es ninguna tontita, comienza a mirar de reojo. Shiva Baby es, obviamente, necesariamente, una película de palabras. Pero también de gestos, de actitudes corporales, de inquietud interna. Todo ello en el caso de Danielle, el personaje con más volumen. Maya develará también zonas ocultas, y la rubia divina, aparente muñequita de lujo, resulta ser, como queda dicho, mucho más que eso. Los demás -la madre, el padre, la parentela- son graciosos en su monstruosidad, pero son estereotipos. La idische mame que deglute, el esposo castrado, las chusmas de velorio, el marido traidor. Los diálogos son adecuadamente envenenados, pero en ocasiones pecan de ese exceso de ingenio al que se expone la stand-up comedy. 

Lo más logrado de Shiva Baby es el modo en que nos hace identificar con la protagonista y su sensación de ahogo. Virtud infrecuente en el cine contemporáneo, que hace de sus dispositivos escénicos “valores de producción”, aquí el forzado encierro no resulta, justamente, forzado. Sin embargo, una subjetiva de Danielle, en la que ve a los demás bajo una lente deformante (el encuadre recuerda mucho a la subjetiva final de Mia Farrow en El bebé de Rosemary), es absolutamente redundante: Michelle ya está en una pesadilla, es innecesario intentar meterla dentro de otra. En cuanto a la vuelta de tuerca que da vuelta el tablero de la heteronormatividad familiar -expresada por las continuas preguntas que hacen las parientes sobre si Michelle tiene novio o no- representa un golpe de timón inesperado, lo cual siempre es bienvenido. Pero también resulta un deus ex machina llovido del cielo, difícil de creer para un personaje tan oculto como el de Danielle.

La actuación de Rachel Sennott, a quien la cámara acosa casi tanto como su mamá, permite hacer a un lado esos ripios. Es una de esas actuaciones en las que la máscara parece fundirse con el actor, quedando fuera de toda duda que sin ella, Shiva Baby jamás habría existido.

 

 

© Horacio Bernades, 2021 | @horaciobernades

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2020)

Guion, dirección: Emma Seligman. Elenco: Rachel Sennott, Polly Draper, Molly Gordon, Danny Deferrari, Fred Melamed, Dianna Agron. Duración: 87 minutos.

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