29.12.20
Cine _ Estrenos

Crítica: Soul (Disney+), por Leonardo D’Espósito

Desalmada

Hay dos maneras de escribir una crítica de Soul, largo de Pete Docter, realizador señero de Pixar que nos ilusionó con Up! y perdió el crédito con Intensa Mente. La primera es señalar todos sus enormes, impresionantes errores y despacharla como la peor película de la firma por lejos. La segunda es tratar de entender qué está pasando para que quienes ayer mismo se dedicaban a darnos felicidad hoy nos quieran enseñar a vivir, dejando de lado lo fundamental: que vivimos para ser felices y sentir placer, y que una obra de arte debería proveernos de ambas cosas. Soul no lo hace. Dadas las circunstancias, vamos a tomar los dos caminos.

Primero los errores, y si hay spoilers, lo lamento: vieron mil veces La Gioconda y eso no arruina el placer de mirar el cuadro original por primera vez (ojalá les haya pasado, ojalá les pase). ¿Por qué el protagonista es el único que no acepta mansamente la muerte? ¿Qué es ese ruido de moscas muertas cuando los fallecidos se unen al Absoluto (esto me lo señaló Bernardo Erlich, que estaba escandalizado como el firmante con la película)? Parece que se trata no de una fusión feliz sino de una aniquilación. ¿Por qué, si la Muerte (“el gran después”, ahora vamos a la terminología) es algo pacífico y aceptable, se amenaza todo el tiempo al protagonista con ella? ¿Cómo una comisión de guionistas no vio que, cuando 22 y Joe Gardner “salen” de los cuerpos en los que están, el gato (QUE SE MURIÓ, HACEN UN GAG CON ESO) no puede volver con su dueña? ¿De dónde saca dinero Joe/22 para tomar un taxi, comer, etcétera cuando solo lleva una bata de hospital? ¿Por qué Dorothea se espanta con Joe vestido con la bata? ¿Saben o no saben los Jerry que Joe no está ni muerto ni vivo (se lo dice a Joe un Jerry cuando, ni bien llega, pregunta si está muerto: si no saben quién es y luego va a suplantar una identidad ¿cómo pueden responderle eso? ¿Qué carajo es la “chispa” si no es el sentido o la inspiración o algo así? ¿Cómo que los “mentores” no entienden lo que hacen? El peor: ¿cómo es posible que 22 solo encuentre su “chispa” encarnando previamente, y que haber estado en la Tierra sea lo que le permite ir a la Tierra? Todas estas preguntas, no respondidas por un guión engorroso e incoherente, distraen de la historia. Nunca un universo de Pixar fue menos consistente.

Dijimos lo de “El gran después”. El gran después es la Muerte. El gran antes es el limbo, o algo así. Hay una pasión por diluir todo aquel término que pueda joder un poco al niño que también es target del film, en una película distribuida por el estudio que mató a la mamá de Bambi. La cuestión es no ofender y toda la nominalización de la película va por ese lado. Es cierto que cerca del principio hay un gag con eso (cuando el alma sombrereada de Joe no quiere decir “Infierno”), pero la película toma el camino del temor al respecto. Lo que nos lleva al núcleo absoluto del problema: no ofender. Y desde que la corrección política y los viejos pedagogos barbados solo interesados por aforismos se hicieron cargo de la diversión, resulta que nada ofende más que contar un cuento sin que su utilidad sea evidente. Así que no sea cosa de que la pasemos bien si la película no sirve para que pensemos exactamente lo que dice el Manual de la Nueva Humanidad, redactado por el Ministerio de la Utilidad, dependiente del Estado Vigilador del Placer y la Libertad de Pensar. Cada episodio -bastante inconexos, sketches en el sentido más riguroso del término inglés, “esbozos”- del viaje de 22 y Joe es una moraleja explícita sin demasiada fábula que nos lleve por otro camino, que nos -etimología correcta del término- divierta.

Dejemos de lado la incoherencia absoluta en los estilos de animación, desde el hiperrealismo con rostros satítiricos de Nueva York a la caricatura entre cartoon y emoji del otro mundo. Sí, bueno, Emoji, la película es parecida pero -con sus errores- es mejor porque busca un chiste atrás de otro aunque el Programa Utilitarista para Educar al Soberano también funciona allí. Al menos solo dura 80′. Dejemos de lado también el hecho de que “dupla de personajes, uno sabe, el otro no, cuando se entienden ambos, triunfan” ya agotó bastante sus posibilidades desde que Pixar la usó por primera vez en Toy Story. Ese esquema siempre fue consustancial a la poética de la firma. El gran tema de Pixar es el lugar que tiene la fantasía en nuestra vida. Cómo el mundo cotidiano y el del juego, la invención, lo imposible, lo maravilloso se interseca con él. De allí que funcione muy bien la animación digital, incluso (semi) hiperrealista. De allí que todo el drama suceda cuando esa barrera entre lo imposible y lo demasiado posible se rompe. Cuando los juguetes tienen que volver a casa, cuando los monstruos tienen que salvar a una niña, cuando los peces tienen que salir de la pecera, cuando un joven sin demasiado talento se cruza con una rata cocinera, cuando un dinosaurio adopta a un niño como mascota, cuando los elfos tienen que redescubrir el universo mágico, cuando los superhéroes tienen que esconderse de la “normalidad”.

Soul participa de todo esto pero es otra cosa. Sigue el programa de Intensa Mente, film igualmente malo pero que al menos no aburría y tenía personajes más interesantes. En ambos sucede que el “personaje bueno” (Alegría en un caso, Joe en el otro) son dos egoístas cercanos a la psicopatía. Algo que no sería un error, dicho sea de paso. Pero el problema de ambas opelículas es tratr conceptos nada concretas sobre los que solo puede haber conjeturas. Es cierto: a la hora de inventar es una buena alternativa. Pero todos vimos y sabemos cómo funciona un juguete. Nadie vio cómo se generan las emociones; nadie sabe qué sucede cuando morimos o antes de nacer. En ambos puntos hay dos soluciones: o nos evitamos toda explicación y optamos por la fe (no necesariamente religiosa, sino fe en el mundo fantástico propuesto, lo que de todos modos es lo mismo que pasa con la fe religiosa) o explicamos cada cosa cada cinco minutos o menos para que “encastre” en lo que conocemos como “realidad”. Hay que crear ad hocs permanentes para sostener algo que se escapa -por lo difuso, por lo abstracto, por lo conjetural- todo el tiempo como agua entre los dedos. Lo mismo pasa con cualquier cosa que transcurre dentro de la mente o en lo “eterno”: Nolan nunca hizo películas peores que El Origen e Interestelar, que adolecen justamente de este defecto. Nunca Pixar hizo una película donde se hable tanto, se explique y sobre explique tanto, se pontifique tanto y se entienda (vean los errores ut supra) menos.

En el fondo, Soul no es una película sino una publicidad o, mejor dicho, una propaganda. El término “propaganda” proviene de “propagar” y la terminación “-anda” indica obligación. “Propaganda” es, entonces “lo que debe ser propagado”, lo que debe ser dicho. Lo que debe ser creído. La película nos dice que la vida carece de un sentido definido, que debemos ser solidarios con los demás y ponernos en su lugar, que hay que disfrutar de lo que los sentidos nos ofrecen, que la inspiración es una forma de alcanzar lo elevado. También nos dice que la meditación y los ejercicios new age son una forma de alcanzar tal elevación (el gurú ese del barco que escucha a Dylan) y, en el mejor parlamento de la película (el cuento del pez y el océano), que debemos conformarnos con lo que Dios (no nombrado, de hecho: aquí hay, como en el jainismo, una religión atea basada en la gestión y la productividad, en la cadena de montaje) nos da. Después de todo, Joe y 22 son almas insumisas: uno no quiere morir, la otra no quiere nacer. Y la película es una tranquilizadora propaganda de por qué debemos aceptar ambas inevitabilidades. OK, digamos que esto sería hacer crítica ideológica. Podría decirse lo mismo en cierto sentido de muchas obras maestras del cine. El problema es que no nos da nada más que eso. Ni el jazz (buenas interpretaciones de jazz moderno que recuerdan mucho lo que Dave Grusin hizo con su sello GRP, pero nada que nos lleve más allá de lo agradable o correcto), ni el diseño (lavado o hiperreal, sin alma y sin aristas que lo vuelva memorable -¡Mike Wazowsky expresaba mil emociones con un solo ojo!), ni el cuento (la caída a la tierra en cuerpos intercambiados es de una torpeza inadmisible en un cine tan carísimo como este) nos dan algo. Los errores narrativos provienen de que es más importante enviar un mensaje que volver consistente la trama.

De allí, de paso, el hiperrealismo a veces asombroso (los dedos en el saxo, por ejemplo) de ciertos pasajes. Es el triunfo de la máquina, hecho para la exclamación de los inspectores del detallito. “Sí, me aburrí, pero qué genial cómo animan estos tipos; esto no puede ser malo, tiene una moraleja importante y está hecho como los dioses”. No, gente, está hecho para el culo. Admito que “para el culo” no es un sintagma que figuraría en las obras completas de Bazin o Daney, y que ni siquiera la usaría Pauline Kael, que era bastante mal hablada. Y que hay culos y culos, claro. Pero es lo que cabe: moralejas de la etapa anal de la mente disfrazadas de perfección técnica. La máquina provee la excusa visual (que, de todas maneras, de tan hiperreal termina siendo tan groseramente triste y aburrida como la vereda que vemos desde la ventan) para que nadie se avive si el guión derrapa. Conformate, nene.

Pete Docter, tras sus últimos dos films devenido el Facundo Manes de Hollywood, puede quedarse tranquilo. Aniquiló la diversión, la ambigüedad, la pertinencia del diseño, el humor, la aventura, la inteligencia que Pixar nos proveyó en los últimos 25 años, y los sustituyó por autoindulgencia, “mensajismo”, diseño industrial, chistes malos, episodios aforísticos y alegóricos, y una plasticola de ingenio para empaquetar todo. Y los críticos e influencers del mundo lo aplauden, porque sienten que si una película tan groseramente moralista y conformista en el sentido más amplio y peor del término es aplaudida, corroboran su superioridad moral e intelectual. Después de todo, se trata de un film  para educar a la masa sobre “cuestiones profundas”. Una película sobre una muerte, de verdad: la de aquello por lo que, alguna vez, entramos a un cine. Una película desalmada.

© Leonardo D’Espósito, 2020 | @despoleo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2020)

Dirección: Pete Docter, Kemp Powers. Guion: Pete Docter, Mike Jones, Kemp Powers. Voces de: Jamie Foxx, Tina Fey, Alice Braga, Angela Bassett. Producción: Dana Murray. Duración: 100 minutos.

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