25.01.21
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Crítica: Supongamos que Nueva York es una ciudad (Pretend It’s a City) (Netflix), por Marcelo Zapata

Desde George S. Kaufman y S. J. Perelman a Woody Allen, el humor judío neoyorquino es uno de los bienes intangibles de la humanidad -más allá de que haya tenido reconocimiento oficial como tal o no-. En esa brillante tradición, lúcida y laica, que en gran parte se inició y floreció en la mesa del Hotel Algonquin aunque más tarde se reconozca también en las novelas de Philip Roth, los textos y la persona de Fran Lebowitz tienen su propia luz. Hay que agradecerle a Martin Scorsese que ese resplandor no sólo se expanda al mundo sino que, por su amistad recíproca de tantos años, la autora de “Metropolitan Life” rompa con su tendencia al estilo de vida que prefiere, el que está lejos del mundanal ruido. 

Después de interpretar a una jueza en la serie La ley y el orden, fue convocada por Scorsese para que interpretara un papel similar, el de la jueza Samantha Stogel en El lobo de Wall Street, y desde entonces quedó sellado ese vínculo que prosperaría, tres años más tarde, en una serie de reportajes públicos, base del documental Public Speaking, que se vio en 2010 a través de HBO. La miniserie en siete capítulos de media hora que acaba de estrenar Netflix, Supongamos que Nueva York es un ciudad (Pretend It’s A City), es una actualización, con nuevas entrevistas e inserts, de aquel documental.

Scorsese se enfoca ahora en la Citizen Lebowitz desde múltiples puntos de vista, atravesando épocas y entrevistas (hay fragmentos, algunos ya vistos en el film anterior, de sus encuentros con Alec Baldwin, Toni Morrison y Spike Lee, con quien juega uno de los cruces más divertidos, el de la trascendencia en el deporte y en el arte, lo que da pie a un excelene momento dedicado a Charles Mingus), además de sus propios reportajes públicos; eso sí: a Marty le habría beneficiado tener su propio coach actoral, o alguien que le impidiera reír y festejarle tanto los chistes a su admirada amiga porque eso distrae bastante y, lo que es peor, lo lleva a asemejarse peligrosamente a Alejandro Fantino cuando invita a Martín Bossi. Moderación, eso le faltó.

Salvando ese punto, la miniserie es puro placer. Fran es la amiga, la colega, la jefa o la tía que todos habríamos querido haber tenido, aunque después de un rato de debatir con ella ya no la soportáramos. Yo tuve la fortuna de trabajar, hace mucho, con una mujer así: fue en la editorial Nueva Visión, se llamaba Raquel Warshaver, y era la traductora al español de las obras de Bertolt Brecht. No tenía el mismo sentido del humor de Fran Lebowitz, pero su genialidad corría pareja con sus cabreos. Escucharla, siempre con un cigarrillo entre los dedos (como Fran, feroz defensora de los fumadores) y discutir con ella sobre Proust, Freud o la novela policial era apasionante, siempre y cuando esas discusiones no terminaran en un portazo, algo bastante frecuente. Con perdón de este excurso personal, debo decir que Fran Lebowitz me recordó a la extraordinaria Raquel, lo que me hizo más indulgente con las carcajadas de Scorsese.

El título de la serie, como no podía ser de otra forma, alude a ese oxímoron inarraigable que todo neoyorquino, nativo o por adopción, lleva en el alma, como mucho más al sur se lleva al tango (aun involuntariamente): el amor-odio por esa ciudad de identidad única y múltiple, contradictoria, hostil, seductora, cosmopolita y esquizofrénica. Lebowitz, con la guía de Scorsese, la recorre de la mejor manera: trazando un retrato que termina siendo, como en la parábola de Borges, el de su propio rostro. Demostrando que no hay forma de hablar de la proteica Nueva York por fuera de la autobiografía.

Fran Lewobitz es la “rara” que atraviesa Manhattan viendo lo que nadie advierte, las placas con citas de autores célebres en la vereda que todos pisan sin ver; la que sobrevive a la locura de los ciclistas que envían mensajes de texto con una mano, comen pizza con la otra y manejan con los codos sobre el manubrio; la que, si tiene que ir al teatro, prefiere dar un enorme e injustificado rodeo por calles laterales con tal de evitar Times Square.

“Poca gente posee auténtica sensibilidad artística”, escribió en su primer libro, “Metropolitan Life”. “Por lo tanto, no tiene sentido fastidiar a los demás haciendo un esfuerzo. Si usted tiene una inquietud, o la urgencia de escribir o pintar, haga una cosa: coma algo dulce y esa urgencia desaparecerá. Su vida no hará un buen libro. Ni siquiera lo intente. No todos los hijos de Dios son bellos; en verdad, la mayoría son impresentables. El error más común es la creencia en que la belleza interior es tan importante como la exterior. Entérese de una vez: los lindos por dentro no le interesan a nadie.”

Esta es una de sus obsesiones más reiteradas, la que se plantea con el objetivo, quizá, de desmentirse a sí misma: la naturaleza, o el don natural, contra lo adquirido. Lo ejemplifica en el film con una anécdota melancólica. Habla de su amor por la música, especialmente por el cello, que tocaba de pequeña en la orquesta de la escuela pública a la que concurría. Un día, la escuela debió devolver todos los instrumentos, y los alumnos que quisieran seguir participando deberían llevar los propios. Fue entonces que sus padres, en ese hogar de pocos recursos, discutieron la forma en que comprarían ese cello, pero ella les dijo: “No gasten dinero, por favor. Es inútil, nunca seré buena”. Su madre le respondió: “Si practicas mucho serás buena”, pero ella continuó: “No. Si practico mucho seré mejor, pero nunca buena”. 

Esa acidez, apenas suavizada por los años, campea siempre sobre la risa y el desencanto: la mirada no es la de quien viene de un pasado al que pueden espantar las radicales mutaciones del presente sino, por el contrario, la de una exiliada de la libertad neoyorquina de los 70 que se aburre en esa metrópolis puritana que ya no permite fumar, y a la que todo ofende. “La Nueva York de entonces era la del crimen, la inseguridad, las ratas y los colectivos con graffiti“, declara en el film, “pero no la cambio por la de ahora. Algunos jóvenes me dicen que les hubiera encantado vivir esa época. Me miran como si yo fuera Abraham Lincoln, que vivió esos tiempos. Qué raro es todo. A mí ni loca se me habría ocurrido, a los 20, decirle a uno de mi edad actual que me habría gustado vivir la década del 30”.

La perplejidad por la modernidad no siempre es actuada. Entre sus varias obsesiones, la del transporte público no es menor. Fran fue taxista en su juventud, apenas llegada de Nueva Jersey a esa ciudad donde “era imposible vivir, pero en la que vivían millones de personas”. “Hoy tomas un taxi”, le comenta a Scorsese, que siempre ríe y ríe, “le dices ‘Voy a la Grand Central Station’, y te pregunta, ‘¿Dónde queda?’ ¿Cómo es posible eso? En mis tiempos, el examen para obtener la licencia para conducir un taxi era riguroso, había que conocer prácticamente todos los sitios importantes de la ciudad. No era como el examen de ingreso a Harvard, pero casi”.

Como los maestros del humor citados al principio, Fran Lebowitz practica lo que podría llamarse una apoteosis del sentido común atravesada por el peso de la cultura: un humor tan rabiosamente terrenal que se vuelve trascendente en su misma formulación, en sus mixturas. En esa pincelada de remate en la que, después de describir refinadamente el menú de un restaurante sushi, apunta: “pero los japoneses olvidan algo fundamental, que a todo el mundo le gustan las papas fritas”. El capítulo final, la broma final, la reserva Scorsese a una de sus más desopilantes reflexiones –que desde luego no se revelará aquí–, y que tiene que ver con la fraternidad y el asesinato de Lincoln.

calificacion_4

 

 

© Marcelo Zapata, 2021 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2021).

Dirección: Martín Scorsese. Intérprete: Fran Lebowitz.

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