29.05.21
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Crítica: The Maestro (HBO GO), por Marcelo Zapata

El músico florentino Mario Castelnuovo Tedesco (1895-1968) fue un caso único en la pléyade de compositores europeos que emigró a los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Aquel período, su entorno y protagonistas (entre otros, Paul Hindemith, Igor Stravinsky, Arnold Schoenberg, Artur Schnabel, Ernst Krenek, Kurt Weill y Lotte Lenya) han sido estudiados en libros notables como “Exiled in Paradise”, de Anthony Heilbut, o “Strangers in Paradise”, de John Russell Taylor (no por azar se dio siempre en llamar “Paraíso” a la ciudad de Los Angeles en los años 40, cuando acogió a tantos artistas que escapaban del nazismo. Y, desde luego, no sólo a músicos sino de todas las disciplinas). Frederick Hollander, el compositor y letrista de tantos éxitos de Marlene Dietrich y de su propia esposa, Blandine Ebinger (ellos también exiliados) escribió una novela llamada “Those Torn From Earth”, en la que se reconocen varios de aquéllos.

Sin embargo, pese a haber sido quizás el más prolífico, Castelnuovo Tedesco apenas es mencionado, cuando no directamente omitido, como si la historia se hubiera hecho cargo de su pudor o de la voluntad de permanecer entre bambalinas que tuvo en vida. La película The Maestro, que presuntamente lo lleva como personaje central (interpretado por Xander Berkeley), no es la excepción: narrada desde el punto de vista de uno de sus discípulos, Jerry Herst (Mackenzie Astin, a quien llaman “Sam” en el film), termina siendo una biografía del alumno antes que del profesor, al punto de que el título más apropiado sería The Pupil (el guion, además, fue escrito por el hijo de Herst, a quien le resultó más atractivo hablar de su padre que de su maestro).

Esto no tendría nada de malo si la vida del discípulo fuera lo suficientemente interesante como para sostener una biopic personal, pero no parece ser el caso. En lugar de echar una mirada más profunda a la vida de Castelnuovo Tedesco, la película nos cuenta en cambio la de un abogado joven con “inquietudes artísticas”, que sólo compuso un puñado de canciones y no tardó demasiado en abandonar la vie de bohème a pedido de su padre, quien viajó a Los Angeles para reprochárselo, y de su noviecita, que se quedó esperándolo. Él terminó cediendo, regresó a Chicago, se casó, engendró al futuro guionista, y el resto de su vida fue abogado.

El encuentro con el padre está documentado en el film aunque no así otros de interés más universal, como el de Castelnuovo Tedesco con Stravinsky (el italiano fue uno de los primeros pianistas en el estreno de “Les noces” en París), o con Arturo Toscanini y Jascha Heifetz, los principales gestores de su radicación en los Estados Unidos en 1940. “Alt Wien” (Rapsodia vienesa (1923), con final de fox trot, había sido años antes la carta de presentación de su música a los estadounidenses.

En la película también asistimos a los múltiples problemas de Herst con la dueña de la pensión donde vivía en Los Angeles pero no nos enteramos de las razones por las que su maestro abandonó Nueva York para radicarse en California (si bien pudo irse junto con su familia de la Italia de Mussolini sin problemas, no le permitieron llevar dinero y llegó sin recursos a su nueva residencia), ni de sus depresiones cuando componía las oberturas para las tragedias de Shakespeare, ni de cómo lo ayudó anímicamente John Barbirolli, el director de orquesta que le estrenó una pieza sinfónica para el centenario de la Filarmónica de Nueva York. Es la opción del guionista, claro está. Ya bastante que le permita al público asomarse a tan olvidado artista, aun como personaje secundario. Pero, como espectadores, nuestro derecho es lamentarlo.

Llamado el “Brahms italiano” por el musicólogo Roland von Weber, Mario Castelnuovo Tedesco, discípulo de Ildebrando Pizzeti (a quien menciona un par de veces en la película), compuso a los 15 años su primera pieza para piano, “Cielo de septiembre”, a la que seguirían centenares de obras para diferentes instrumentos, en especial la guitarra (fue amigo personal y compuso durante años para Andrés Segovia). Judío sefardí, sus ancestros eran italianos y españoles. Aunque nunca fue religioso, encontró en la Biblia una fuente de inspiración para su música. Estrenó cinco óperas: la primera “La mandrágora”, sobre la comedia de Maquiavelo; oratorios, poemas sinfónicos, adaptaciones de obras españolas como “Platero y yo” o el “Romancero gitano” de Lorca.

Al llegar a Los Ángeles obtuvo un contrato con la MGM, para la que compuso alrededor de 200 bandas sonoras. Más tarde, Columbia y Universal también le encargaron partituras. De la vasta obra que escribió para cine sólo hay siete películas que llevan su nombre en los créditos, entre ellas Los amores de Carmen, con Rita Hayworth, y Diez indiecitos/El vengador invisible (And Then There Were None, 1946), el policial sobre la novela de Agatha Christie de René Clair. El resto, es de ghost-composer.

Pero eso no le preocupaba, al contrario: hay numerosos testimonios de que Castelnuovo Tedesco componía para cine con el único fin de llevar el pan a la mesa, y eso le procuró abundante pan. No despreciaba la tarea pero nunca la consideró a la misma altura del resto de su música. Entre sus agendas de compromisos, la correspondiente a Hollywood estaba separada del resto: anotaba allí los encargos y citas con cierto sarcasmo. The Maestro tiene una única escena donde se percibe tal cosa, y es durante la reunión con el mediocre ejecutivo de la MGM (que interpreta el fallecido actor Jon Polito), quien le encarga una obra un tanto bochornosa. Por fortuna, Herst asistió a ese encuentro, tal como se ve en el film, y por eso se incluye en la película. También hay una escena de una fiesta nocturna a la que asisten Gene Kelly, Cyd Charisse y Stanley Kubrick, entre varios otros nombres de diccionario, a la que concurre “de colado” ya que el invitado era Herst, que lo obliga a acompañarlo.

A diferencia de otros exiliados como Miklós Rózsa y Erich Wolfgang Korngold, cuyas bandas de sonido hoy pertenecen a la gran historia de Hollywood, Castelnuovo Tedesco prefirió dejar las suyas a la sombra. Fue maestro de Henry Mancini, de Jerry Goldsmith, de André Previn: estudiar con él, y eso lo deja claro Herst, era signo de sabiduría y garantía de calidad.

Su apariencia, dice alguna crónica de la época, era la de “un estudioso medieval, rodeado siempre por manuscritos, libros y partituras. Sobre el piano tenía numerosas fotografías y un telegrama de Gabriele D’Annunzio enmarcado”. El poeta nacional italiano lo había conocido de joven, cuándo él compuso una canción sobre un poema suyo, y ese telegrama era de agradecimiento.

En una carta a su amigo Aldo Bruzichelli, fechada en octubre de 1941, compartía la misma depresión de Stefan Zweig: estaba seguro de que Hitler ganaría la guerra. Por suerte, no eligió el mismo desenlace que el autor austríaco. “Ya no tengo fe en el futuro, y hablo por mí, no por los otros. Terminé ‘King John’, la menos interesante de las tragedias históricas de Shakespeare, pero lleva unos versos al final que debería recitar Churchill: ‘Inglaterra nunca se rindió a los pies de ningún orgulloso conquistador’. Qué bueno sería tener el espíritu necesario para no rendirse”.

Musicalmente, pese a haber compuesto óperas, desconfiaba de la supervivencia de ese género en el tiempo. Para él, la forma perfecta era el concierto para instrumento solista, porque representa como ninguna otra el contraste a la par que la unión entre la expresión individual y el entorno colectivo. La composición para voz y piano era “sublime”: una vez escribió que si envidiaba a algún compositor era a Schubert por sus lieder. Así hablaba Castelnuovo Tedesco.

 

 

© Marcelo Zapata, 2021 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2018)

Dirección: Adam Cushman. Guion: C.V Hearst. Elenco: Xander Berkeley, Mackenzie Astin, Sarah Clarke, Bobby Campo, Kristen Gutoskie. Producción: Adam Cushman, David J. Phillips. Duración: 94 minutos.

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