20.11.21
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Crítica: The Velvet Underground (Apple TV+), por Javiera Gutiérrez

En octubre de 1967, un grupo de actores hippies de San Francisco escenificó en una procesión callejera el “entierro del hippie”, al que despidieron como “hijo devoto de los medios”. Unos meses antes, en marzo, y en Nueva York, otro grupo, pero de músicos, dictaminaba el mismo fallecimiento, esta vez no con una performance sino con un disco, una obra extraña que, sin declamar ejercía, encarnaba el fin de lo que para muchos acababa de comenzar. Así, en once canciones ya emblemáticas, a las mañanas campestres opuso la noche urbana; a las reverberaciones folk, la distorsión eléctrica; al virtuosismo, crudeza; al amor libre, los fetiches del sadomasoquismo; a la visualización cósmica, la imagen de una banana; y al viaje lisérgico, la inyección de heroína. 

The Velvet Underground es el documental dirigido por Todd Haynes (Velvet Goldmine, I’m not There) sobre esta banda que en su momento fue un fenómeno de gueto y hoy es considerada esencial en el devenir del rock y sus derivados. Haynes despliega la sobreabundancia de material de archivo de contexto epocal y testimonios (toda una marca de los documentales de Apple TV+) dividiendo la pantalla en dos, cuatro y más recuadros, y busca la manera de equilibrar el hecho de que el compositor y vocalista Lou Reed está muerto mientras que su compañero –y tantas veces antagonista– John Cale está vivo y es la voz predominante en gran parte del relato. 

Durante la primera mitad, la presentación de los orígenes de Cale y Reed, el cruce entre los experimentos minimalistas, la literatura beat y el rock de los años cincuenta, más la inspirada intervención de Andy Warhol y su entorno chic parecen encaminar el film hacia el momento de consumación de un sonido, una poética. Pero, promediando la duración total, cuando el grupo queda armado (con la incorporación de la modelo y cantante Nico, la baterista Moe Tucker y el guitarrista Sterling Morrison), se graba el primer disco (aunque se omite el proceso de grabación) y se imprime la célebre tapa de la banana pintada por Warhol, el documental se desarma por completo. 

El desbarranque podría encontrar un justificativo en un vacío insalvable: la filmación de un show, o parte de un show de The Velvet Underground en vivo, con sonido e imagen. Hay fotos, filmaciones mudas, o casi, ensayos, pero no un registro que calibre en qué consistía esa experiencia escénica. Haynes pierde un rumbo que apenas había logrado bocetar y todo se vuelve esquemático y banal, con los detalles de las desavenencias entre los integrantes, anécdotas del quiebre, pases de factura. Y la narración, teñida de didactismo periodístico, termina por opacar lo que podría habernos iluminado sobre los cómo y los porqués de un objeto musical tan básico como complejo, alterado, melancólico y sobre todo solitario que conserva intacta su cualidad de asombroso.

Sin una hipótesis o una pregunta que lo haya sostenido, entre los caminos que intenta –tantos como los recuadros en los que parte la pantalla–, por momentos Haynes amaga con convertir el film en un homenaje a Lou Reed, dado que lo realizó por impulso de su viuda; en cambio, arma una reunión de compañeros de trabajo que aprovechan para dejar un poco mal al muerto. John Cale cuenta con la ventaja de poder dar su versión, pero los fantasmas hablan por sus obras, y si no se les permite ese diálogo, estamos frente a otra página ilustrada, repetida, de la breve enciclopedia del rock.

 

 

 

(Estados Unidos, 2021)

Guion, dirección: Todd Haynes. Duración: 120 minutos.

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