21.05.20
Cine _ Estrenos

Crítica: El último baile (The Last Dance) (Netflix), por José Tripodero

El único baile

El documental deportivo vive un estado de gracia porque los realizadores que se embarcan en estos proyectos, al menos los más recientes, demuestran tener una visión que excede la llanura de la gloria del protagonista. Hay en la ideología del recorte una película que se proyecta a la par del recorrido de los logros, de las miserias y demás acontecimientos en una trayectoria deportiva. En Senna (2010) y en Diego Maradona (2019) Asif Kapadia partía de la parte para narrar un todo, que en la teoría parece inabarcable dentro de un metraje convencional. El formato miniserie surge para aliarse en la tendencia de cubrir en el recorte lo inconmensurable de una carrera deportiva; en el caso de The Last Dance la apuesta se redobla porque el objeto aquí es un equipo y varias de sus figuras (incluido el coach) podrían tener su propia película. Quizás algunos ignoren qué es Chicago Bulls y la NBA pero al menos, en una dimensión pop, sepan de la existencia de Michael Jordan, astro mundial que al día de hoy, tras 17 años de su último partido oficial, recibe la atención de un deportista de elite en actividad. Es por eso que esta miniserie documental (con producción de ESPN, Netflix y la NBA) no exige al público ser un fanático del básquet, ni siquiera haber visto un partido completo. 

El concepto de The Last Dance refiere a un último baile, a la pieza necesaria para terminar de delinear la dinastía de Chicago Bulls. El relato está configurado desde la temporada 1997-98 cuando el equipo logró el sexto anillo. No obstante, desde el principio de la serie entendemos que ese último tramo fue tormentoso por una serie de conflictos entre todos los participantes; desde los directivos hasta los jugadores menos influyentes en el esquema de juego. Cada viñeta de la última temporada se arma con remisiones al pasado que narran, por ejemplo, la llegada de Jordan desde el draft (la lotería para elegir jugadores) y un camino largo transitado hasta llegar al objetivo más preciado: el primer título y el inicio de una era dorada, qué definió un cambio en el deporte. Hay expansiones hacia los costados, que en otros documentales podría estar mal visto pero que aquí operan para nutrir aspectos menos conocidos (está el caso del asesinato del padre de Jordan, por ejemplo) y plantar algunas semillas del subtexto de The Last Dance. Lejos de pretender glorificar o desdeñar la figura de Jordan, hay un énfasis por subrayar a los personajes como humanos, perfectibles de ser nobles pero también miserables, ya sea desde los actos más conocidos (un momento preciso de un juego), situaciones desconocidas vividas en un vestuario o en la privacidad más cerrada.

Las fronteras entre ficción y documental están prácticamente borradas, y es así que la figura del villano emerge para contornear dramáticamente una serie de momentos claves. Jerry Krause (gerente general de Chicago Bulls entre 1985 y 2003) es el malo, el que todos odian por ciertos manejos en la pretensión de una nueva arquitectura de un equipo que ya había ganado todo. De ahí surge otro de los grandes temas: la motivación. La llama encendida después de los logros es lo que Jordan se encarga de resaltar en varios pasajes, las dificultades para seguir sin objetivos deportivos en el horizonte. La tensión entre Krause (quien pensaba en un nuevo equipo para una transición) y los jugadores, coach y fanáticos activó, en cierta forma, una motivación perversa para alcanzar lo imposible, si tenemos en cuenta los números iniciales del equipo al comienzo de la temporada 97-98.

La fortaleza del archivo -muchas de esas imágenes brindadas por la NBA- sumada a la potencia de los testimonios actuales ofrece un maridaje que intrínsecamente podría funcionar de forma automática, pero el montaje es la estrella de The Last Dance; el verdadero motor de una maquinaria gigante como lo es la historia de Chicago Bulls que ofrece miles de horas de archivo y la posibilidad de tener un número de entrevistados igual de extenso. Por el costado hay una mirada sobre los 90, la época en la que el capitalismo parecía haber triunfado en todo el mundo occidental; el ejemplo más claro se ve en el fragmento dedicado al Dream Team (el seleccionado de los Estados Unidos ) de los JJ.OO. de Barcelona 1992. A esto se pliega el posicionamiento de la ignota marca Nike como consecuencia de la figura de Jordan transformada en una figura a nivel mundial.

Puede decirse que el gran mérito de esta miniserie es la convivencia de diversos temas, personajes, mundos y temas que subyacen por debajo de la gloria deportiva (esa con las que muchos niños y niñas sueñan) y que el documental se encarga de ponerla en duda como cuento de hadas ideal, pues se cuestiona no solo la magia preconcebida de un profesionalismo excesivo sino también las figuras inmaculadas de los protagonistas. Lo cual no significa dejarlos en evidencia de una conducta reprochable; más bien el foco se ubica en la posibilidad de pensar sobre las figuras puestas en un umbral y en sus acciones desde un costado humano, lejos del endiosamiento. Si zanjamos esta perspectiva filosófica, el divertimento de mirar con ojos de entretenimiento esta proeza del montaje logra su cometido para elevarse como el documental deportivo definitivo, el que se merecía el mejor equipo de la historia de cualquier deporte.

 

 

© José Tripodero, 2020 | @jtripodero

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2020)

Dirección: Jason Hehir. Con: Michael Jordan, Phil Jackson, Scottie Pippen, Dennis Rodman, Larry Bird, Magic Johnson, Carmen Electra, Kobe Bryant. Producción: Nina Krstic, Matt Maxson, Jake Rogal, Alyson Sadofsky, Jon Weinbach.

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