18.01.19
Cine _ Estrenos

Crítica: Upgrade, por Joaquín Chazarreta

(Australia, 2018)

Guion y dirección: Leigh Whannell. Elenco: Logan Marshall-Green, Melanie Vallejo, Steve Danielsen, Benedict Hardie. Producción: Jason Blum, Kylie Du Fresne, Brian Kavanaugh-Jones. Duración: 100 minutos.

La breve secuencia de títulos iniciales de Upgrade –escuchados y no leídos por el espectador, a la manera del Fahrenheit 451 de Truffaut– nos anticipa que nos encontramos frente a una película que toma distancia de las fórmulas, de los lugares comunes, de la pereza narrativa, que reconoce el potencial de sus herramientas y, sobre todo, que entiende cómo orquestarlas para hacer cine (y hasta para hablarnos de él sin que nos demos cuenta).

Producida por Blumhouse (esa bella compañía que tanto está haciendo por el cine de género), su trama es relativamente sencilla: en un futuro no muy distante en el que autos hablan y se conducen solos, Grey, un mecánico a la vieja usanza, pierde a su amada esposa a manos de un grupo de malhechores que, además, lo deja cuadripléjico. Derrotado y sin nada más que perder, se somete a una operación que no sólo le devuelve su movilidad, sino que también le abre un mundo de posibilidades… vengativas posibilidades. Hasta aquí, el inicio del segundo acto, lo que más sorprende de esta producción australiana es la velocidad y seguridad con que avanza: reforzando aquello que debe quedar claro (la postura de Grey frente a la tecnología) y deteniéndose donde es necesario (la secuencia post-tragedia), pero –fundamentalmente– poniendo el pie en el acelerador siempre que se pueda.

Esto la provee de un dinamismo tal que impide que uno como espectador siquiera ose pausar la reproducción (tristemente, Upgrade no tuvo estreno en nuestro país) y que, por otro lado, le permite al narrador “sacarse de encima” ineludibles escenas expositivas mediante, por ejemplo, un efectivo montaje paralelo. Sin embargo, y a medida que la trama progresa, ese ritmo veloz acaba volviéndose un tanto contraproducente, puesto que hay ciertas escenas que demandan una pausa narrativa mucho mayor a la que obtienen y, en consecuencia, las acciones que retratan pierden gran parte de su potencia dramática. Es lo que ocurre cuando el protagonista rechaza la oferta de Eron Keen (la perfecta combinación de Elon Musk y un joven Klaus Kinski, dicho sea de paso) y, tan sólo una escena más tarde, lo encontramos bajo su bisturí. Similarmente, del “no deberías esperar resultados inmediatos” al plano de Grey caminando sin muletas pasan ¡apenas unos segundos!

De cierto modo, parece como si el film no fuese capaz de controlar su propia ansiedad frente a la inminente llegada de “la acción”; y por ésta me refiero al verdadero espectáculo visual que las peleas y persecuciones de Upgrade representan. Son secuencias sumamente vertiginosas en las que cada golpe es tan claro como lacerante, y en las que Leigh Whannell nos deleita con uno de sus mayores hallazgos detrás de cámara: la “sincronización” de los movimientos del actor con los del dispositivo, una suerte de coreografía mimética que, además de ofrecer un buen contraste con el estatismo de las escenas en las que el protagonista está cuadripléjico, refleja a la perfección la unión entre hombre y máquina, uno de los temas centrales del relato.

De hecho, tratándose de un tema típicamente asociado a la ciencia ficción es curioso que el film opte por inscribirse no en aquel género, sino en el de la acción; una decisión que puede apreciarse sin dificultades en su clímax y que, al parecer, algunos encuentran “cuestionable”. Pero si el duelo humano vs. máquina que se disputa allí no posee tanta fuerza o atractivo visual como el que lo antecedió (el duelo entre los humanos upgraded) es porque el film elige abrazar la trama de venganza más arquetípica del género de acción en lugar de “distraerse” tratando de responder las preguntas filosóficas que la dualidad de Grey podría despertar. En consecuencia, Whannell se apropia de las posibilidades narrativas que la ciencia ficción tiene para ofrecer y simplemente las lleva hacia otro tipo de registro, haciéndolas funcionales a la historia que él busca contar, una mucho más cercana a un híbrido entre Robocop y Death Wish que a un cuento de Isaac Asimov dirigido por David Cronenberg.

De esta manera, el film construye un espacio cinematográfico ideal para sus fines, un lugar desprovisto de limitaciones en el cual puede darse el lujo de experimentar con inventivas secuencias de acción, jugar con contrastadas y saturadas paletas de colores, imaginar avances tecnológicos hoy imposibles y soñar con hombres que ocultan rifles en el interior de sus brazos. Al fin y al cabo, ese “mundo falso” –al que los personajes se refieren más de una vez a lo largo del relato– no es otro que el del cine; y son películas como Upgrade las que nos recuerdan por qué, al igual que su protagonista, elegimos vivir en él.

 

 

@ Joaquín Chazarreta, 2019 | @JMChazarreta

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