27.06.20
Cine _ Estrenos

Crítica: Ya no estoy aquí (Netflix), por José Tripodero

Kumbia nene

La mirada sobre la cultura latinoamericana (ni hablar de la contracultura) suele ser complaciente para un cierto tipo de público de festival europeo, que incluye a la propia crítica. No se trata de un problema que circunscribe al cine internacional preocupado por retratar, documentar y aleccionar sobre lo que sucede en Latinoamérica para que el Primer Mundo se muestre compungido por al menos dos horas acerca de la violencia, la corrupción y una dinámica absoluta sobre la marginalidad en esas latitudes tan lejanas, sino también del propio cine latino que busca complacer a cierta élite. Por ello no es de extrañar que Ya no estoy aquí haya pasado inadvertida por el radar de los circuitos festivaleros del hemisferio norte. Fernando Frías de la Parra se erige como una voz diferente para narrar todas esas mismas cualidades que tiene el continente pero sin una carga de pornomiseria. El mexicano, después de una serie de trabajos para televisión y algún documental, propone en Ya no estoy aquí un viaje hacia lo más profundo de la adolescencia vieja, anclada en una porción que describe una posible totalidad como lo fueron los “kolombianos”. Este grupo fue una especie de tribu urbana que a principios de la década del 2000 (hoy ya sin adeptos) impuso una identidad marcada a fuego por la cumbia colombiana pero ralentizada y con coreografías menos rítmicas que la del país cafetero, aunque todo sucedió en Monterrrey, al noroeste de México, y eso es lo más extraño e hipnótico del asunto.  

La historia es la siguiente. Un joven de 17 años llamado Ulises vaga por los suburbios de Monterrey junto a su pandilla (los Terkos), que adopta la cumbia y otros ritmos colombianos como el vallenato y que los acompaña con una vestimenta similar a la de la cultura hip hop: pantalones anchos y remeras de corte fútbol americano enormes, sumado a un corte de pelo casi tribal con largos mechones en los costados, una cresta naranja y la cabeza casi rapada. La identidad, a partir de estas características, es fundamental para Ulises que, salpicado por la violencia narco, se ve envuelto en un malentendido tan peligroso que lo obliga a migrar a Nueva York, abandonando así su tierra pero principalmente a sus “terkos”. La estructura narrativa que va y viene en su vida, es decir entre Monterrey y Nueva York, funciona en varios niveles pero principalmente en presentar las convicciones del joven sin importar el lugar en el que se encuentre, ya sea en las calles ondulantes de su barrio como en el techo de un supermercado chino en Queens. La música en la película, lejos de ser un ornamento, es la que representa la melancolía de una juventud vieja; tanto en los movimientos de los cuerpos como en las letras, cercanas a un tango algo más festivo (esto por los ritmos y las melodías) pero igual de triste en las representaciones poéticas. 

Ya no estoy aquí no tiene una linealidad de situaciones y acontecimientos encastrados en las configuraciones más tradicionales de un relato, pero sí los pasajes de encuentro entre personajes para motorizar la narración y que la fortalece en las ideas de la película, por ejemplo en el cruce de Ulises con una prostituta colombiana en Queens. Allí ella desvaloriza la música “kolombiana”, más por una cuestión generacional que otra cosa, al decirle que su aparato MP3 tiene poca batería, como consecuencia de ese sonido rebajado de la cumbia tradicional. Como contracara una joven asiática, que es la nieta de un dueño de supermercado para el que Ulises trabajó temporariamente, se interesa en él hasta el punto de querer acobijarlo e incluso salvarlo. La búsqueda de adopción cultural de la joven es una nueva muestra de frustración, de añoranza por el barrio y esa Monterrey lejana. En ambos casos, el de la prostituta y el de la joven, se presentan dos situaciones posibles de indiferencias en la ciudad más multicultural del mundo, aunque paradójicamente también más apática. Ulises, como representante de esa “raza”, parece realzar como atributos aquellos defectos que la sociedad marca de él, siempre con la música como estandarte. 

Frías de la Parra parece tejer una tesis a través de toda la película que es el poder de la música, es decir en cómo la eficacia de la melancolía se corporiza sin importar la escenografía urbana que hay detrás. El escenario cambia (Nueva York, Monterrey, Queens, etc.) pero la tristeza se mantiene intacta. No por ello la película carece de humor, que son unos momentos de “lost in translation” pero sin la burla por el diferente que suele verse en producciones más gruesas de choques culturales. Lejos de utilizar la miseria o la violencia con fines pornográficos, tales problemáticas aparecen de costado y sus fuerzas endogámicas se visibilizan en el devenir de Ulises. Una violencia que no está definida solo por la figura de los carteles de droga sino también por otra todavía más perversa: la violencia institucional. El resumen de esa coalición se ve en el último plano, que a riesgo de exagerar, se trata de uno de los más bellos y tristes de la historia del cine. 

 

 

© José Tripodero, 2020 | @jtripodero

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(México, Estados Unidos, 2019)

Guion, dirección: Fernando Frías de la Parra. Elenco: Juan Daniel García Treviño, Xueming Angelica Chen, Coral Puente, Adriana Arbeales. Dirección de Fotografía: Damián García. Montaje: Yibrán Asuad. Producción: Rob Allyn, Gerardo Gatica, Gerry Kim, Alejandro Mares, Alberto Muffelmann, Regina Valdés. Duración: 112 minutos. 

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