14.02.18
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Crítica: El Sacrificio del Ciervo Sagrado (The Killing of a Sacred Deer), por Pedro Seva

(Reino Unido, Irlanda, Estados Unidos, 2017)

Dirección: Yorgos Lanthimos. Guion: Yorgos Lanthimos,  Efthymis Filippou. Elenco: Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Alicia Silvestone, Denise Dal Vera. Distribuidora: Diamond. Duración: 121 minutos.

No se puede vivir de buenas intenciones.

Habiendo perdido un paciente en una operación, el exitoso cardiólogo Steven Murphy (Colin Farrell) deberá decidir a qué integrante de su familia sacrificar. De no hacerlo, todos morirán lenta y horrorosamente. Lanthimos, en una suerte de La decisión de Sophie protagonizada por un Abraham irlandés, retorna a su referencia fundamental, Tarkovsky. Solo basta, por ejemplo, con ver los planos largos y los lentos zoom in para advertir este punto.

En el caso que nos ocupa se agrega otra influencia claramente manifiesta, la de Stanley Kubrick. Del cineasta neoyorquino toma dos procedimientos emblemáticos: los planos (exageradamente) generales y el uso constante de pasillos cerrados. Partiendo de la referencia a Ojos bien cerrados (los protagonistas de ambas películas son doctores casados con Nicole Kidman), Lanthimos abandona la fabula alucinatoria de Kubrick en su búsqueda de construir un relato asfixiantemente solemne. Se evidencia, además, una fascinación por crear mundos alternos (alter mundus) basados en una premisa total y abarcativa. Sea para superponerlos (The Lobster), como para centrarse en uno cerrado e irreconocible (El sacrificio del ciervo sagrado).

Si bien Lanthimos roza lo alegórico y la bajada de linea panfletaria, no llega a los extremos de un Aranofsky o de los muchos imitadores de Tarkovsky y de Kubrick. Sus intentos por lograr un despliegue trascendente o hermético son bien intencionados, aunque pecan por su falta de imaginación y de efectividad. Repasemos la utilización del color rojo a lo largo del film: en la forma de un corazón, en la sangre (incluso la de la menstruación que queda fuera de campo), en la salsa de los fideos, en el kétchup. El valor del rojo (la pasión, la furia y también lo bautismal) actúa como apoyo, o embriague dramático, de lo que acontece con los personajes. No obstante, a menudo la utilización simbólica del rojo -particularmente en las escenas gastronómicas- se vuelve opaca, como si tales objetos estuvieran insertados desde afuera. De tal modo, el recurso mismo recibe más atención que su puesta operativa.

En un intento por definir la obra de Lanthimos, quizá podríamos subrayar un par de elementos constitutivos. Por un lado, la capacidad para crear mundos bis o dobles, cerrados y claustrofóbicos; por el otro, la insistencia en desplegar su humor agrio. Un humor que se desarrolla mediante el encuentro entre lo pesadamente solemne, devenido en situaciones rarificadas sin ninguna justificación, y su repelente gusto por lo grosero. Como cuando Steven arroja a Bob de la silla de ruedas para ver si está fingiendo discapacidad (les adelantamos, no finge). O cuando Martin le dice a Steven que su mama tiene “un gran cuerpo”. Este humor solemne/grosero, acaso un arma de doble filo, abarca todo el film. Si bien por momentos resulta impactante, ensucia la mayor virtud de Lanthimos, que reside en el primer elemento mencionado.

Tal vez dicha habilidad -notable, por cierto- podría aprovecharse más si el propio Lanthimos tomase influencias más afines a sus premisas fantásticas. Referencias a un Carpenter o a un Tourneur lo ayudarían a lograr un desarrollo más afín a sus temas y colores, en detrimento de las influencias actuales. Veremos.

calificacion_3

 

 

© Pedro Seva, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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