25.04.20
Columnas _ La fiesta inoxidable

La fiesta inoxidable (3) | Strange Shadows in an Empty Room, por Miguel Peirotti

Corman de compra en los “setentrash”

Corman, distribuidor (¿por qué ya no es de visión imperativa?): un exploit visceral de contagio vírico: hay: un asesino en la penumbra, chicas ciegas, otras que gritan; una persecución automovilística de ocho minutos y homofobia contextual. La obstinación de Roger Corman en no abjurar del trono de rey-de-la-clase-B-4-ever es inasequible a la desmoralización, más propia de un gimnasio (cinematográfico). Dentro de no mucho tiempo Papá Clase B cumplirá 100 años. Cuando llegue el momento, ¿este cineasta centenario seguirá manteniéndose en actividad como productor-abeja fóbico al abatimiento? No lo sabemos. 

Sabemos: lo que sabe es hacer cine: su cocina gourmet labradora e imperfecta, imitativa, “exploitadora” y rigurosa en su ausencia de academicismo, impregnada de intuición y talento, de personalidad sólida en el hacer, no en lo que termina haciendo, preparada a fuego rápido porque hacerlo lento significa más dinero. Así distribuyó este euro-thriller (parcialmente americano, ya que Canadá coproduce junto a Italia) inscripto en la tradición de los mejores de Fernando De Leo, por ejemplo ejemplar.  

Vivimos muy poco chaplinianos tiempos modernos. Ya no dependemos de una llave pico de loro para cambiar el curso de las cosas. Somos los sultanes del algoritmo. Nos dejamos zarandear como hojarasca en el centro de un tornado operístico de bytes y variaciones de tiempo-espacio infinitas que bloquean las arterias de nuestro poder de moderación en el consumo. Toda esa desproporción anestésica del calendario, similar a la desestructuración de la conciencia del paso del tiempo propia del consumo de alucinógenos, se organiza neuronalmente como un entretenimiento adictivo y opiáceo, de incontinencia digital, que al término del proceso se coloca por encima de nuestra confusión, y esa sensación de desconcierto deja de quitarnos el sueño: ya es parte de nosotros, familiar. 

Viajamos por un contexto de consumo pantagruélico de imágenes (estáticas o en movimiento). En este tiempo que es nuestro tiempo hemos adoptado una manera entre distraída y serial de relacionarnos con el cine actual (“que pone el acento en la experiencia no en el saber hacer”, como aquel estilista de la palabra Serge Daney lo dixit circa de 1980). Detenerse selectivamente ante la artesanía atemporal de una película ultraviolenta e impúdicamente política de los setentas es paritario a encontrar un bombón escocés debajo de una aburrida porción de acelga aguachenta, además de ser un acto de insurgencia anticonformista personal si aplicamos la intención de interrumpir el sueño de nuestra curiosidad. 

Roger Corman podría ser el editor final de un hipotético manual de instrucciones titulado “El Productor de Cine Más Rápido (del Lado B) de Hollywood”, el más re(contra)conocido –y sin duda el más grande– de los cineastas forjados en el bajo presupuesto, el apóstol más longevo de la cruzada (mini)costo-(maxi)beneficio; real y financieramente, padre postizo o tutor de todo el “ceropesismo” que vino después, como las estrategias crudamente ahorrativas de las productoras Troma y Millenium.

Fue (no dirige pero sigue vivo y produciendo) mago de la absorción osmótica, comerciante despierto ante el llamado de cada tendencia o subcultura que engendrara el cine. A mediados de la década de los setentas el giallo iba en retroceso cualitativo pero aún vendía libros y entradas (no lo haría por mucho tiempo más). Para la distribución de AIP (American International Pictures) de “Una Magnum per Tony Saitta”, que se encuentra en la web RARBG, así como en otras páginas de descarga, Corman eligió un título inglés, Strange Shadows in an Empty Room, que abreva en la rimbombancia pretenciosa pero divertida del subgénero (dos ejemplos cualquiera: La tarántula del vientre negro, de Paolo Cavara, o Siete orquídeas manchadas de rojo, de Umberto Lenzi), y lo lanzó en nuestro continente aprovechando su argumento-gato/ratón macabro en el que un policía acecha a un asesino en serie con navaja escondido en la penumbra para matar chicas, aunque sin el intrínseco componente atmosférico gótico ni explosión de colores puros. Este policía es facho –el ala reaccionaria de la década y de la siguiente impregnó a casi toda la gestión cinematográfica, lado A y lado B–, por ende, los primeros sospechosos son un grupo de travestis con los que se agarra a trompadas en una escena violenta y algo ridícula. Lo mejor empieza en el minuto sesenta, cuando se despliega una persecución automovilística de ocho minutos completos y muchísimo daño en chasis y carrocerías que es un seminario de puesta en escena acabada en las calles. 

Si bien la construcción de la filmografía de Roger Corman (sobre todo como productor) es dispersa en lo cualitativo, en su lógica de cine-vértigo con rodajes de pocos días y menos billetes administró con implacabilidad una unidad firme de expedición y de ello devino el estilo de su casa-matriz tanto para la realización como para la producción y la distribución: fábrica fulminante de réplicas que extasían por su espontaneidad, su plástica rústica, su libertad formal y su moral libertaria. Y respeto (no sumisión: someterse es sumirse) al último eslabón de la cadena, el espectador, un respeto traducido en sensacionalismos impactantes y ninguna concesión a la monotonía, en la febril heterodoxia de los proyectos asumidos y en cómo cumplimentar con las exigencias del cine de nivel (alto), que el (alto) nivel no es un asunto de plata. Nivelar para abajo es una guarangada de lo grandes estudios. 

Una Magnum Special per Tony Saitta, aka Strange Shadows in an Empty Room (1976), de Alberto de Martino, aka Martin Herbert.

© Miguel Peirotti, 2020 | @MPeirotti

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