30.06.20
Columnas _ La fiesta inoxidable

La fiesta inoxidable (4) | El gran Lebowski, por Miguel Peirotti

Fumando espero con the Dude 

Desde hoy está legalizada la marihuana en Netflix. Desde hoy, volutas de humo -ni del vecino ni de Auster: nuestras- serán esparcidas como las cenizas del amigo pusilánime y sensible que interpretaba Steve Buscemi pero no desde un acantilado sino sobre el catálogo de mercantilismo esmerilado de la compañía de streaming que monopoliza la monomanía por los contenidos audiovisuales sosos que solían estar en la góndola de “Novedades”, la peor góndola de los videoclubes ancestrales de continentes desaparecidos. Hemos dicho. 

Paren las rotativas, o paren de rolar cigarros de la risa: desde hoy se encuentra disponible El gran Lebowski (1998), una película que a los hermanos sean unidos Ethan y Joel Coen se les fue de las manos y catalizó una turba de alegres fans del fandom de persistencia más sativa.

A su pesar: los virtuosos pero solemnes (fuera del recuadro de sus películas) Coen no quieren saber nada con la subcultura generada en torno a su película, con la fiesta anual que crearon en 2002 Scott Shuffitt y Will Russell -el “Lebowski Fest”-, ni con que los llamen para que hablen del tema o diluciden nuevos detalles imperceptibles del argumento. Naranja. Nada. Lo pasado, fumado. Ni el más pequeño guiño al más grande inhalador.

Si no se acuerdan sería estar alineado con la sustancia-madre en cuestión, pero, ¿se acuerdan cuando the Dude arrojaba sus cenizas a contraviento y se bañan él y el descontrolado Walter Sobchak (John Goodman meets John Milius) en una nube de polvo mortuorio que venía sobrevolando desde el libreto de “¡Qué perra vida!” (Life Stinks, 1991) de Mel Brooks? Yo no me acuerdo y me enorgullezco, así que engullo una flor.

El llamado, inmejorablemente, el “Mesías de la improductividad” es el Dude nuestro de cada porro, dánoslo hoy, así en la tierra como en la Pachamama. Pregunta retórica: por qué nos fascina la abulia sistémica de the Dude. No, no es retórica, contestemos: nos fascina porque liberó una década, los noventas, de una cantidad abusadora de tópicos y testosterona cuya línea muscular era bajada por las variadas y mediatizadas excursiones de los Estados Unidos a Irak, entre otros grandes éxitos del Partido Republicano, para quien alguien como the Dude es poco menos que, no el Mesías, sino el Anticristo Superstar de Manson, Marilyn. 

Esta comedia cimentó dos décadas de culto al cannabis transmutado en celuloide que es hoy es dígitos. No será una cult-movie movielizadora como The Rocky Horror Picture Show pero pega en el palo de la planta que sostiene la vibra. Veintidós años después del estreno y en un contexto político y cultural muy diferente, tenemos la oportunidad de formular esta pregunta una vez más: ¿Por qué queremos tanto a the Dude? Posibles respuestas:

  • Por su relación asimétrica con el Poder: vive de subsidios del Estado pero los vive fumado, devolviendo estados mentales narcóticos y dulces en vez de trabajo esclavo del capitalismo salvaje.
  • Por su honestidad, que en realidad no es tal: the Dude no sabe mentir estando fumado y siempre está fumado, ergo… 
  • Por su inextricable atractivo, que subyuga los suspiros de las dominatrices del arte conceptual más gélidas con pasos de baile oníricos de camisas con mangas cortadas. 
  • Por su amor por las alfombras (o por su desprecio a que se las meen).
  • Por su buen gusto para elegir narradores: Sam Elliott es la sombra misma de un pistolero errante en fuga del Lejano Oeste pos-pos-fordiano; por su buen gusto para elegir contendientes: el lamebolas de Turturro tira pasos hispanos truchos para amedrentar los dudes equipados. 

Y por otras cualidades más. Y por virtudes menos. No es virtuoso the Dude; es sinuoso, pero no en la acepción vinculada a la escabrosidad, sino en el método para caminar y rodar por la vida, con los brazos desnudos, las barbas ralas y trenzadas y una cintura ancha (con)movida por los vahos desodorantes del espacio interior de sus toxicados pulmones y de sus intoxicadas ganas de pasarla bien, siempre-siempre, a rajatabla, a “fumatabla”, mientras haya una bañadera y una pinza de cejas para sostener la tuca. 

© Miguel Peirotti, 2020 | @MPeirotti

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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