05.07.21
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Tabú o el cine homosexual no gritado, por Melina Cherro

El cine clásico de Hollywood supo tocar temas secretos, metafísicos, psicológicos, sexuales y muchos etcéteras. En su compleja y variada forma, mediante los géneros cinematográficos, Hollywood se ocupó de todos los temas que nos hacen esencialmente humanos.

Hollywood se hizo cargo de los temas que eran tabú en la sociedad puritana norteamericana del siglo pasado. Sabía que mediante sus films podía dejar expuesta a una sociedad llena de prejuicios, una sociedad liberal burguesa que desprecia lo diferente, porque lo diferente evidencia que hay algo que no funciona.

No es casualidad que los personajes en los films del fabuloso período clásico sean marginados, perseguidos, personajes que no encajan, o que dejan de encajar una vez que atraviesan una serie de situaciones o aventuras. Hollywood nos cuenta una y otra vez que la verdad duele, pero lo hace rodeada de una belleza abrumadora, para que la aceptación de ese dolor sea, en la medida de lo posible, más fácil.

El tema de la homosexualidad es tratado en distintas claves, permitiendo a los espectadores identificarse con el conflicto de los personajes, discutir con ellos, sufrir cuando es necesario y sonreírse con complicidad también. 

Porque siempre el tema aparece tratado de manera secreta, en forma de código, nunca a los gritos, ni con trazo grueso. Recordemos que el cine contagia su forma de ver el mundo, y lo hace mediante susurros. Si se cuenta con trazo grueso y de forma gritada, solo se dialoga con aquellos que piensan de la misma forma que uno, porque el que piensa distinto se siente agredido, se queda afuera. 

En cambio, si se va de a poco, sugiriendo, generando intriga, haciendo que el espectador se pregunte, vaya adivinando y quiera saber más, al final se llega al lugar exacto, a ese punto de emoción y reflexión que posibilita poner en crisis lo que el espectador pensaba antes de ver el film.

Sin demorarnos más, veamos algunos ejemplos claros, bellos, generosos, de esos que sólo el Hollywood clásico supo darnos.

En Rope Hitchcock comienza con el asesinato de David a manos de Phillip y Brandon. El espectador atento notará que todo el momento posterior al asesinato parece una situación post acto sexual. Primero respiran agitados, casi jadeantes. Luego Brandon prende la luz pero Phillip le pide que la deje apagada. Brandon se saca los guantes que usó para no dejar huellas digitales, cual preservativo usado en la intimidad. Finalmente fuman con placer, relajados luego de un momento de intensidad. 

No es novedad decir que el placer sexual puede llevarnos a momentos de éxtasis que se emparentan con la sensación de dejarse morir. 

Es claro que la relación entre Phillip y Brandon es más compleja que la de una simple amistad. El pensamiento correcto nos llevaría inmediatamente a cuestionar, ¿Porque son homosexuales son asesinos?

No. De ninguna manera. Hitchcock cifra en el asesinato la explosión de una pasión prohibida, reprimida en ese mundo puritano, universitario y burgués en el que se mueven los personajes. Brandon Y Phillip viven en un mundo en donde salir del placard no es tan sencillo. En donde el qué dirán puede alterar su futuro profesional, su éxito en la vida, en donde es mejor casarse con una chica bien, que dar rienda suelta a las pasiones verdaderas. 

Lo que no se puede decir estalla en forma violenta. Si el objetivo de Brandon es demostrar que es un ser superior, es porque íntimamente sabe que hay una parte suya que es despreciada por los otros. 

Hitchcock cuenta una historia de amor trágica, y hace además una crítica feroz al mundo académico y universitario de las clases altas norteamericanas. Invitando al espectador a que entienda de manera cifrada, le pide que sea inteligente, activo. 

Para entender, tenemos que saber leer.

En Pillow Talk, la deliciosa comedia en donde Doris Day y Rock Hudson comparten conflictivamente la línea telefónica, hay todo un juego de identidades cruzadas, citas románticas, odios viscerales, celos y engaños.

Brad, deseoso de conocer a fondo a Jan, la mujer con la que comparte la línea (que además lo desprecia por mujeriego empedernido), haciéndose pasar por un galante e inocente texano la invita a salir. Llegado el momento en donde la intimidad sexual parece impostergable, Brad actúa de manera ambigua dándole a entender a Jan su posible preferencia por el sexo masculino. Jan se decepciona profundamente, sin darse cuenta de que es un artilugio más y absolutamente efectivo. La prohibición hace que Brad se vuelva objeto de un deseo casi desesperado, despertando en Jan una pasión imposible. Por supuesto al final todo se ordena, la verdad es develada y los personajes aprenden sobre el amor, la identidad, y la vida, como en las buenas comedias.

El juego de sexualidades ambiguas no es en vano, todos sabemos que Hudson era homosexual y que durante un tiempo tuvo que mantenerlo en secreto. Y sin embargo el film de Michael Gordon se hace cargo del secreto y lo pone en funcionamiento como parte del conflicto. Secreto a voces, juego de roles, descubrimiento de identidades, ¿no es eso la comedia? 

Hudson era homosexual, y las mujeres lo amaban (amamos). Siempre doble, porque así es el cine, y también la vida.

En Designing Woman de Minnelli, Marilla y Mike (Lauren Bacall y Gregory Peck) son una pareja despareja (ella diseñadora de modas, él periodista) que deben atravesar variados encontronazos, idas y venidas, para finalmente aceptarse como matrimonio. 

Unos gángsters persiguen a Mike porque investiga al jefe de una organización criminal. En un callejón detrás del teatro en donde se estrena la obra cuyo vestuario diseñó Marilla, los matones emboscan a Mike que parece perdido, pero justo a tiempo aparece el director de danza de la obra, un bailarín a quién Mike miraba con recelo por considerarlo homosexual, tan sólo por su oficio. El bailarín lejos de ser un cobarde o maricón, resulta ser un excelso luchador que con patadas elegantes destroza a los gangsters salvando la vida del masculino periodista. Todos los prejuicios que Mike tenía sobre Randy quedan atrás. El oficio, la sexualidad y la valentía no son cosas que necesariamente vayan de la mano. 

Otro ejemplo más que evidente, si es que hay algún espectador adormilado, es el final de Una Eva y dos Adanes de Billy Wilder que termina con un diálogo muy divertido entre Jerry y Osgood (Jack Lemmon y Joe E. Brown). Osgood quiere casarse con Jerry a quien cree una mujer. Jerry, desesperado le responde: “¡Pero soy un hombre!”, y se saca la peluca. Osgood lo mira sonriente y exclama: “¡Nadie es perfecto!”.  

Aquí otra vez son unos gangsters los que persiguen a nuestros protagonistas, unos músicos que, en plena ley seca, vieron lo que no tenían que ver, y para escapar y ocultarse de sus perseguidores, deciden disfrazarse de mujeres para poder entrar a trabajar en una orquesta de señoritas. El final en donde Osgood le pide matrimonio a Jerry pensando que es una mujer, no es sólo una declaración, es parte de ese juego que hace la comedia desde que existe. 

En las comedias griegas y en las de Shakespeare los personajes se travestían para protegerse, para ocultarse, para escapar. Y era gracias a ese disfraz que encontraban su verdadera identidad. Porque la comedia pone el mundo patas arriba, permite los juegos de roles, los intercambios de personalidad, las confusiones. Y si finalmente el orden es re establecido, es porque gracias a ese juego de roles el personaje encontró su verdaderos ser, su identidad. Y si bien puede ocurrir que el protagonista de la historia recupere su identidad (nombre, género, sexualidad) ya no será el mismo. Algo en su interior se habrá modificado. Siempre. Porque así es la comedia. Así con Jerry en el film de Wilder, así con Brad en el film de Michael Gordon. Así con Viola en Noche de reyes de William Shakespeare. 

En el genial western Garden of Evil,  Henry Hathaway narra la aventura de unos buscadores de oro. Mientras avanzan entre montañas, ríos, indios y bandidos, se despliegan todas las aristas posibles del triángulo amoroso entre Fisk, Hooker y Leah (Richard Widmark, Gary Cooper y Susan Hayward). 

Leah es una mujer de carácter fuerte, llena de fuego, que se mueve en un mundo de hombres sin temor a enfrentarlos. Todas sus formas son, en un punto, masculinas. Fisk y Hooker son compañeros de aventuras, y la aparición de Leah despierta traiciones, pasiones cruzadas y, sobre todo, celos. Pero Hathaway sabe que está narrando un western y que para construir mejor el melodrama homosexual que se filtra por los márgenes, tiene que hacerlo de manera silenciosa. Así las miradas entre los personajes, los sobre entendidos, las frases con doble sentido. Y al final… qué final. 

Fisk se queda en medio de la montaña resistiendo el ataque de unos indios para que su amigo y la mujer puedan escapar. Pero Hooker no va a dejarlo morir solo. Se despide de Leah que escapa con su caballo en forma solitaria, y él vuelve hasta la montaña para acompañar a Fisk en sus últimos minutos. Mientras Fisk habla jadeante por la muerte que se avecina, con una flecha clavada en el corazón, Hooker lo mira con un amor entrañable. Y duda una y otra vez en tomarle la mano. Fisk habla y jadea y sonríe y, finalmente, muere. Recién en ese momento Hooker toma su mano. Todos entendemos que entre ellos hay más que una amistad. Hay amor, deseo contenido, una pasión que sólo puede reflejarse en el imponente atardecer que se ve desde allí, desde lo más alto de las montañas. 

¿Es necesario que se besen y se declaren su amor a los cuatro vientos? No. Definitivamente no. Todos entendemos lo que ocurre porque el cine susurra mediante la belleza de la puesta en escena. 

Hollywood entendió todo antes que nadie, y lo supo contar sin gritar, sin enunciar, sin bajar línea. Invitándonos a los espectadores a atravesar las historias, aceptando a los personajes en sus tragedias y aventuras, en sus revelaciones y descubrimientos, en sus ambigüedades y decisiones. Como siempre, el asunto es saber mirar, y saber interpretar.

De yapa, una invitación a la lectura: en nuestro libro “Más allá del olvido. Una historia crítica del cine fantástico argentino”*, hay dos capítulos titulados “El fantástico gay” (primera parte y segunda parte). Porque obvio, nuestro cine clásico no se queda atrás. Lean, miren. No es tan difícil. 

 

© Melina Cherro, 2021

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

 

*Más allá del olvido. Una historia crítica del cine fantástico argentino. 

De Ángel Faretta, Diego Avalos y Melina Cherro. 

Editorial CICCUS 2019. Ganador del “Tercer concurso Nacional y Federal sobre Estudios del Cine Argentino. Biblioteca ENERC- INCAA.

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