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13.09.20
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20° Festival de cine alemán | El espacio entre lineas, por Eduardo Elechiguerra

El espacio entre líneas (2019) deja sin contestar varias preguntas sobre el valor comunicativo de las interacciones electrónicas. Al mismo tiempo, confía en el rostro cómplice de Alexander Fehling, quien interpreta a Leo. Su fisonomía plácida aún en los momentos de seriedad brinda calma a una obra que acentúa la frustración amorosa virtual ya avizorada en años y décadas previas por películas como You’ve Got Mail (1998) o  Her (2013).

También es cierto, cómo se le puede pedir a una película respuestas sobre el peso certero de los vínculos a través del proceso comunicativo. Sabemos que la índole de sus búsquedas apunta a la imagen audiovisual y no solo la simbólica.

En este aspecto, la obra dirigida por Vanessa Jopp halla una manera de plasmar las interacciones electrónicas dentro de la imagen, como le ha tocado apañárselas a cierto cine reciente cuando los personajes usan dispositivos celulares. Aquí, los correos entre Leo (Fehling) y Emmi (Nora Tschirner) aparecen en las paredes de sus respectivas habitaciones a medida que sus correspondencias progresan en el tiempo. Más que una mera solución ingeniosa, esta virtualidad gráfica da cuenta de vínculos invisibles para quienes no son los interlocutores de estos correos.

Ahora, qué importan estas correspondencias electrónicas hoy en día si los interlocutores pasan tanto tiempo de la obra sin conocerse en persona. Una respuesta podría ser la búsqueda de la pasión simbolizada en las prendas rojas de los personajes femeninos. Como si la pasión hacia las mujeres en la vida de Leo mutara según el vestuario de estos personajes. 

De esa manera, el suéter de su hermana cumpliría dos funciones. Es una pista para ubicarlo físicamente en el restaurante donde se citan los interlocutores virtuales para “reconocerse”. Y también sugiere una marca de complicidad de la que él careció con su madre y busca en sus parejas.

Esa explicación psicológica se derrumba con la falda roja de Emmi cuando va a buscarlo a la universidad donde él da clases de lingüística. Y falla no porque sea mentira que ellos se desean. A fin de cuentas, el movimiento y el color de esta falda larga atrae nuestra vista sin necesidad de planos detalle.

En realidad el problema viene porque la resolución del encuentro es un brevísimo mensaje escrito a mano por ella y dejado en el buzón de su edificio. “Soy real”, se nos traduce del alemán. Ahí la película sigue jugando con la “isla” ilusoria escrita por ambos sin caer en la fascinación por el carteo. No hay compensación por lado alguno.

De esta manera, la obra no se entrampa con posibles sentidos psicoanalíticos, al menos no desde culpar a la madre. Leo reconoce simplemente que no había un vínculo entre ellos. El guion sí tropieza con una serie de enredos entre ambos destinatarios y el esposo de Emmi.

Así, el guion continuamente dilata interacciones como advirtiéndonos que esta relación tampoco funcionaría en la realidad cotidiana de la que ellos huyen. Y en el proceso, las escenas redundan hasta crear una paradoja: si estos personajes no se escriben correos largos ni cartas extensas y temen encontrarse en persona tanto como lo desean, qué hacemos viendo una relación concentrada en dos horas y diez minutos si su fracaso está cantado desde el comienzo.

Frente a estos problemas en la adaptación de Jane Ainscough y el montaje de Andrew Bird, solo nos queda contrastar en estos enredos nuestros propios chateos erráticos en la multiplicidad de plataformas. Y pues no, tampoco nosotros como espectadores tenemos una respuesta breve a la desolación que nos deja el pretendido progreso de la parafernalia electrónica.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2020 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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