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28.03.21
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[22] BAFICI | Catavento, por Diego Maté

Alguien dice cine portugués y a uno se le vienen a la cabeza palabras como elegancia, belleza o magia. Se trata, por supuesto, de un prejuicio, pero películas como las de João Rosas lo alimentan y nos malacostumbran. Catavento es el nuevo episodio de la historia de Nicolau, interpretado por el joven Francisco Melo a lo largo de los años. Nicolau es ahora un adolescente que está terminando la secundaria y no sabe bien qué hacer después: todo lo entusiasma pero nada lo apasiona como para comprometerse. Como es de esperarse, los intereses académicos siguen más o menos los vaivenes de sus relaciones con las chicas. La situación supone un delicado equilibro de vínculos con el sexo opuesto, un triángulo que conforman una amiga, una conocida y una estudiante de administración que se vuelve el nuevo centro de sus deseos.

Catavento es una pieza de relojería que disimula su complejidad con dosis impresionantes de calidez y amabilidad. El planeta del cine podrá pertenecer a los Iñárritu, los Dardenne o los Von Trier, directores con distintos índices de crueldad en sangre, siempre dispuestos a sacrificar a sus personajes en el altar de alguna máxima o de un comentario altisonante sobre el presente, pero los directores como Rosas nos reconcilian con el mundo y el cine, nos recuerdan que las películas fueron y pueden ser una artesanía noble que espera del público el mismo respeto y cariño que los que ella dispensa a sus criaturas.

Cada escena de Catavento tiene una respiración microscópica que adivinamos de tanto en tanto en la manera de arrastrar las palabras, en movimientos milimétricos que adquieren una naturalidad extraordinaria, en la velocidad con la que cada momento discurre entre gags breves y escaramuzas románticas fugaces. El tema de la película es el mismo de Entrecampos y de María do Mar: el ingreso al mundo de los adultos, los primeros amores, el aprendizaje de la vida en común. A diferencia de las otras películas, esta vez Nicolau es el centro excluyente del relato: sus elecciones apresuradas y sus torpezas rubrican la moraleja tenue que impone el coming of age sobre las dificultades que supone la madurez. Escuchamos como un bajo constante el eco de Antonie Doinel, las películas de Rohmer y, por interṕosita persona, del cine de Matías Piñeiro. Pero a Rosas no le interesa esto de la cinefilia o las citas, su breve filmografía sigue un proyecto hedonista menos preocupado por las filiaciones o por los guiños intelectuales que por los placeres sensoriales que el cine puede extraer de la gente y las cosas bellas. 

Nicolau conoce a una chica y pasean por un jardín de Lisboa, después él va a buscarla con poco disimulo a una playa de Estoril: sabemos que ella no es la indicada, que lo que espera de la vida excluye al protagonista. Todo anuncia un fracaso inminente y sobre ese juego explícito el director trama las caminatas y conversaciones, las aproximaciones y los retrocesos. La soltura de cada encuentro y la agilidad con la que Rosas resuelve cada escena hace acordar a los trucos que Nicolau realizaba en María do Mar, pequeños actos de magia que nos cautivan menos por la prueba que exhiben que por la calidez de la ejecución.

 

 

© Diego Maté, 2021 | @diegomateyo

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