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27.03.21
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[22] BAFICI | Diarios queer, por Eduardo Elechiguerra

Santiago Giralt aprovecha múltiples mecanismos en Diarios queer (2020) para explorar su inusual nomadismo. Varios intelectuales han desestimado los géneros de la intimidad por tanta lupa en el narcicismo pero aquí el sujeto diarístico y poético se difumina hacia otras búsquedas. El texto sobre las imágenes, los pasajes contemplativos, y la puntual narración de su propia voz trazan un camino de la mano con viajes, estudios, una perspectiva cuestionadora de la ley del “matrimonio igualitario” en Argentina y la naturaleza de las relaciones afectivas.

Aprendí a sufrir viendo melodramas

Como no se deja llevar por la obsesión cronológica del diarista, esta obra es queer por razones no solo homosexuales. Formalmente hay menciones puntuales a experiencias ocurridas en 2011, 2016 o 2017. Pero es la división de este diario en ocho capítulos y múltiples ubicaciones geográficas la que evoca la estructura ubicua de una entrada de diario como instante al que solo se puede volver con la memoria. Giralt quiere dejar en claro el artificio por encima de todo ego o fidelidad de registro con lo real. Su trabajo audiovisual se acerca a la ensoñación, al movimiento constante y a su manera poco común de ver la equivalencia de la tristeza y la alegría. 

Algunas imágenes desconciertan gracias a la experimentación técnica y el montaje. Incluso el color verde fluorescente de la tipografía sobre la imagen se confunde a veces con los paisajes de Iowa, Madrid, Atenas o París, como disimulando la homosexualidad más frontal o amanerada. Giralt opta por ser indiscreto con sus reflexiones mas no con sus vínculos homoeróticos. Esto le permite una perspectiva donde la intimidad dialoga sincera con lo poético, lo político, lo sexual, lo tierno y en particular, la tristeza gay*. 

Recordar los momentos alegres me da tristeza. Y recordar la tristeza me da alegría en cambio.

Por su parte, la música con sintetizadores de Emisor, con quien ya Giralt trabajó antes, alude a un estado de tránsito constante. Y ante este placer por el movimiento, pareciera que Giralt nos sugiere el cine como el único hogar frente al cambio. Claro que él no está solo. Eso podríamos decir de otros realizadores y artistas para los que cinefilia, realización y escritura son guarida huidiza. La conciencia de una protección efímera donde confluyen idiomas, ficción, realidad, y artes diversas; nos puede llevar por ejemplo al cine europeo de entre guerras o al cine experimental estadounidense. Todo ello está implícito aquí sin citas directas.

Además la necesidad de un lugar efímero es concreta y no solo citadina. En cada desnudez parcial, Giralt contempla a sus amantes como vínculos de cierta dulce desolación. Como si verlos duchándose a través de su lente, sin rostro ni genitales distinguibles, develara la soledad de ambos en la privacidad compartida. Esta sensación de anonimia se repite en la escena donde recita en inglés su poema “Hotel Room”. La paradoja de  reconocerse como uno más entre millones es oportuna en un diario filmado, aún si tal reflexión está incluida en una obra escogida para un festival. Da cuenta de que el ego debe fragmentarse y vincularse con otros para existir. 

Tal fragmentación es aplicable a la cantidad de dispositivos que Santiago utilizó para grabar. Estuvo más de diez años con el proyecto lo que justificaría el uso de tantos celulares según aquello de la obsolescencia programada. Pero los créditos finales donde se reconoce la eliminación del material dejado por fuera, nos da a entender que aquí no hay un fetiche del registro nimio sino la posibilidad de que el material trascienda en las pequeñeces de otros.

También es cierto que en el nomadismo de Santiago distrae la excentricidad de destinos tan disímiles, en parte por las becas y premios adquiridos. Tal combinación de destinos hace que sus ubicaciones privilegiadas bordeen un dejo de pose y que sus reflexiones sobre el vínculo fugaz sean someras. Si este es el caso, sería impugnable al gran alcance de su talento como realizador y escritor, y no un desacierto directo de esta obra.

 

 

© Eduardo Alfonso Elechiguerra, 2021 | @EElechiguerra

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

* Algunas películas de Hollywood de 1930 y 1940 nos recuerdan todavía que gay solía ser sinónimo de merry: alegre, feliz. Aunque Giralt habla del orgullo gay, se afinca más en esta tristeza plácida del ser gay que el término parece anular en su origen.

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