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27.03.21
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[22] BAFICI | Directamente para video, por Guido Pellegrini

Crear arte es preguntarse, una y otra vez: “¿Y si esto que estoy haciendo es una porquería?” 

Por eso la fascinación con las películas malas, horriblemente malas, que superan los límites de cualquier instrumento de medición cualitativa. Obras malditas que sufren por nuestros pecados, que cometen todos los errores y caen en todos los pozos. Y que lo hacen con ganas y una divina falta de autoconciencia. 

Nos parecen películas imposibles. O mejor dicho, imposiblemente libres. ¿Cómo puede ser que ninguno de los responsables haya advertido la torpeza de aquellas tomas, aquellas actuaciones y aquel guión? Al verlas, nos reímos y nos burlamos. Pero en el fondo sentimos un inmenso respeto. Porque se necesita algún tipo de magia -y mucha fuerza de voluntad- para realizarlas. 

Los ejemplos más icónicos son Plan 9 From Outer Space y The Room. Directamente para video, de Emilio Silva Torres, es un documental sobre el aporte uruguayo al género: Acto de violencia en una joven periodista, del enigmático director, guionista, editor y sonidista Manuel Lamas. 

Se sabe poco de su vida, que dividió entre Montevideo y Buenos Aires. Y el grueso de su obra se perdió para siempre. Arrancó su carrera en los ochenta, rodó todo su material en VHS y lo distribuyó en el circuito de videoclubes de aquel entonces. Acto de violencia es su película más conocida, una bizarra mezcla de falso documental y melodrama, en la que una periodista emprende una investigación sobre la violencia (hoy agregaríamos: la violencia de género) y se involucra con un asesino. 

Directamente para video empieza como un documental tradicional, con entrevistas a realizadores, actores, fanáticos y productores (en su mayoría uruguayos) que se cruzaron con Acto de violencia y la promovieron como objeto de culto. 

Pero el documental luego se vuelve una road-movie detectivesca. Tanto Lamas como el elenco de Acto de violencia desaparecieron del mapa en la década del 90. Y Torres se propone ubicarlos. Directamente para video relata su inmersión en un torbellino de correos electrónicos, guías telefónicas, redes sociales, recortes de diarios y otros elementos dispersos que dilucidan parte del misterio. En el camino, la figura de Lamas se torna cada vez más problemática y siniestra. Se nos va dibujando un hombre misógino, manipulador y egoísta. 

Blanca Gimenez, la protagonista de Acto de violencia, prefiere olvidar aquella época. Torres la rastrea hasta Buenos Aires y se reúne con ella en el barrio de Belgrano. Charlan en un bar, acuerdan una posterior entrevista filmada y, a último momento, Gimenez se baja. No quiere revivir su experiencia con Lamas.

Torres, sin embargo, persiste en su búsqueda y exhuma nuevos materiales filmados por Lamas. Desentierra películas olvidadas, entre ellas una comedia romántica machista y aburrida que ni siquiera los fans del director conocen; revela castings turbios con modelos amateur, que rayan en lo pornográfico; descubre discursos frente a cámara del propio Lamas, grabados en los 90. 

Si el inicio de Directamente para video es festivo, una celebración del amor por el cine –incluso el más berreta–, la segunda mitad del documental es ambigua y confusa. Torres pierde el camino en plena investigación y no sabe cómo abordar su objeto de estudio. Y este desvarío es dramatizado, en escenas actuadas que apelan a lo onírico y a una estética más bien Lynchiana, y que representan la disolución de la búsqueda. Los paralelismos con Acto de violencia se intensifican: Torres sería la periodista y Lamas, el asesino. 

Directamente para video se convierte en un documental sobre su propio fracaso. Lamas falleció en 2004 y lo único que queda de él son sus videos y los testimonios contradictorios de quienes lo conocieron. Hay voces que lo describen como un apasionado o un loco carismático, que persiguió su amor por el cine hasta su lecho de muerte. Y hay otras, como la de Gimenez, que aluden a otro tipo de hombre. Y que nos hacen reflexionar sobre toda una tradición del artista masculino. 

Más allá de la (falta de) calidad del cine de Lamas, su personalidad es la de un prototípico genio creativo: ensimismado, solitario, brusco, obsesivo, poco empático. La filosofía detrás de este cliché sostiene que, para que las cosas sucedan, para que las empresas ambiciosas se lleven a cabo, para motivar y empujar a un equipo, hay que ser un canalla. Según esta postura, la empatía, la apertura y la sensibilidad no son productivas. Y lo que sería peor: no son características masculinas. Porque el genio creativo, en su formulación clásica y patriarcal, siempre toma la forma de un hombre (blanco, heterosexual y cisgénero, obviamente). 

Enfrentar la oscuridad de Lamas es, también, enfrentar la oscuridad de esta tradición. La misoginia y el egocentrismo, en Lamas, están al descubierto y son auto-paródicas. Pero reflejan tendencias que en otros (y renombrados) artistas varones surgen de manera más sutil y solapada, pero que surgen al fin y al cabo. 

Torres, en Directamente para video, no termina de darle una respuesta a estos dilemas. De hecho, a través de sus escenas ficcionalizadas, hasta parece rendirse y admitir que –ante la falta de materiales, ante el contraste de luces y sombras, de anécdotas elogiosas e indicios escalofriantes– nunca podrá entender quién fue Lamas, si fue un machirulo autoritario o un soñador romántico, un artista del desastre o simplemente un desastre, o todo al mismo tiempo. El testimonio que cierra el documental toma partido por una de estas opciones –la del soñador romántico–, pero al espectador no le clarifica nada. Es una cara más del poliedro narrativo. 

Siento que Torres se espanta frente a lo desconocido o lo imposible de conocer, frente a las capas geológicas de videos y pistas falsas y rumores. Porque además del espectro de Lamas, hay otro fantasma deambulando por ahí: la pérdida de la memoria, del registro audiovisual, de las tecnologías obsoletas. Acto de violencia revivió gracias a las plataformas digitales, cuando se subió a YouTube. Pero al ser un artefacto de la era del VHS, su propia supervivencia nos recuerda a todo lo perdido: es la excepción a la regla. 

En una escena del documental, vemos un montaje de edificios abandonados o transformados donde alguna vez operaron videoclubes uruguayos, y son la evidencia física del paso del tiempo. Directamente para video podría haberse quedado en la dulzura de la nostalgia, pero prefiere el terror del olvido. 

calificacion_4

 

 

© Guido Pellegrini, 2021 | @beaucine

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