Festivales

02.12.20
35º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata _ Festivales

35º MDQ FILM FEST | 1982, por Sebastián Rosal

Historia de la locura

No es tarea fácil sumergirse en la hora y media de 1982 y salir indemne. Evadir esa sensación viscosa, incómoda, de quien se vuelve testigo directo de un horror que se intuía, o se recordaba lejanamente, y que vuelve a presentarse de frente y desnudo. Dar cuenta de la película de Lucas Gallo es como volver del infierno y relatar las novedades de la excursión. O de dos infiernos superpuestos: el de la propia guerra y, particularmente, el de la locura colectiva que, una vez concretada la invasión entre gallos y medianoche, la justificó y la sostuvo, con la televisión como fondo y como arma utilizada en la primera línea de la batalla informativa.

El profuso archivo que aún se conserva de aquellos tres meses enloquecidos (los que van de abril a junio del 82)  es la sustancia que conforma 1982. El material se reduce, casi de manera exclusiva, a dos fuentes: de segmentos de “60 minutos”, el noticiero de la televisión oficial que cumplía el rol de vocero del gobierno de la Junta Militar de aquel entonces; y del programa ómnibus de 24 hs. conducido por Pinky y Cacho Fontana (dos de las dos figuras más populares de los medios por esos años) que tuvo como objetivo recaudar fondos destinados al esfuerzo de guerra. Gallo se ciñe con rigor espartano a su plan, seleccionando momentos de aquellos programas y editándolos de manera cronológica. Unas pocas placas al comienzo y al final, con datos históricos sobre las islas y su descubrimiento, sobre el destino de Galtieri y de Margaret Thatcher, enmarcan el film. En el medio, la sonrisa compadrona de Galtieri, el tono marcial de José Gómez Fuentes y María Larreta (los presentadores del noticiero), la inflación de “Viva la Patria” y proclamas por el estilo, la Plaza de Mayo durante el infame 2 de abril, las visitas de Juan Pablo II y Alexander Haig, el fanatismo generalizado, la sinrazón, el engaño. Todo ese desfile solemne bien podría provocar la risa si no fuera por su trasfondo trágico, una amalgama en la que conviven juntas y revueltas dosis generosas de unanimidad, obsecuencia, observancia religiosa y argentinismo trasnochado, todo cobijado bajo el engañoso paraguas de la llamada “única y verdadera causa nacional”. 

Pero si la película ostenta el mérito de recuperar voces y discursos que parecían olvidados, no es inocente en la elección de su material. Basta darse una vuelta por Youtube  para acceder a los programas completos de los que la película tomó determinadas partes. Allí puede verse, por ejemplo, que Favaloro y Fangio, entonces y ahora personajes admirados y respetados,  adhieren convencidos a la causa malvinense. O también está documentado cómo la dirigencia de la totalidad de los partidos políticos se reúne con el general Alfredo Saint Jean, el Ministro del Interior, en un encuentro amistoso en el que todos expresan su apoyo pleno a los eventos. Pero en 1982 no se muestra ni a Favaloro ni a Fangio ni a los dirigentes políticos. Aparecen, casi como datos de color, los jugadores de la selección argentina de fútbol (Maradona, Pasarela, Ardiles, Patricio Hernández) u Olmedo y Porcel. Pero también lo hacen, por ejemplo, Mirtha Legrand o Amalia Lacroze de Fortabat. Es decir, del universo civil amplio, monolítico incluso, que apoyó la guerra, solo se elige mostrar a determinadas figuras y se excluyen otras. El diablo del presente mete la cola, casi subrepticiamente, montándose en el pasado.

Es posible que por aquellos años, en los que las redes sociales no eran ni siquiera terreno de la ciencia ficción, la cancioncilla que asegura que los grandes medios moldean a su antojo la opinión pública tuviera plena validez. Que la edad de la inocencia en la que la televisión era vista como un espacio de verdad y precisión en las noticias estuviera vigente. Que la sociedad se viera sorprendida (y en ese sentido la película se organiza de manera equivalente en sus tiempos, en su talante) al pasar de un momento a otro, de manera abrupta, del “Seguimos ganando” a la derrota total. Es muy posible también que sea lo visto y oído en aquellos días y por aquella cobertura la principal razón de la permanencia todavía hoy, como un fondo pertinaz, de algunos incomprensibles resabios: cierta anglofobia difusa, la justificación a cualquier precio de la acción bélica argentina; el reclamo, en definitiva, de la soberanía sobre las islas. Esa tesis tiene hoy sus bases algo socavadas, pero si 1982 resuena de alguna manera es en su recordatorio sobre los peligros del consenso absoluto, acrítico, ciego, alrededor de determinados temas. La policía del pensamiento puede expresarse de manera más o menos burda, pero nunca deja de operar.

No hay, en la película de Gallo, ningún momento que aliente una esperanza. Pero paradójicamente, el único rapto de cordura aparece de la manera menos pensada. Son apenas un par de minutos de calma y de serenidad, impuestas por una muerte. En el medio del páramo malvinense, militares argentinos rinden tributo en la sepultura de un anónimo piloto de aviación inglés caído en combate. La bravucona voz en off del locutor oficial calla por unos instantes, un sacerdote realiza los ritos, los soldados rodean la tumba respetuosamente. Esa sencilla ceremonia convierte al enemigo en colega, sus restos cubiertos por la turba, de fondo solo el viento impiadoso. En ese vacío de palabras, en esa interrupción del relato abrumante que pobló aquellos días, que puebla la película y que todavía perdura, algo de la humanidad extraviada se recupera. Allí anida, entre tanto delirio, la única ráfaga de verdad. 

 

 

© Sebastián Rosal, 2020 | @Rosal_Se

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