Festivales

23.11.20
35º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata _ Festivales

35º MDQ FILM FEST | Atarrabi et Mikelats, por Carla Leonardi

Antiguo mito que sigue vigente:

La frase epígrafe del film de Fernando Pessoa: “El mito es la nada que es todo”, ya sienta la posición del realizador nacionalizado francés Eugène Green en su última película Atarrabi et Mikelats (2020).

Efectivamente, el mito es la forma estructural mínima significante que transmite una verdad y que puede ser leída desde múltiples sentidos. Green en esta ocasión se sirve de un mito tradicional del país vasco como base de su película. En este mito, la diosa Mari decide una noche tener sexo con un hombre. Luego de la cópula el hombre muere y de ella nacen dos hijos: Atarrabi y Mikelats, pero como carece de instinto maternal, decide cederlos al Diablo para que se ocupe de su educación.  Por su posición Mari encarna una figura de lo femenino.

Cumplido el tiempo de la educación en la caverna del Diablo, Atarrabi decide que es tiempo de salir a explorar el mundo y hacerse un hombre, pero Mikelats quiere permanecer junto al diablo. A partir de aquí, el destino de cada uno de los hermanos sigue un camino diferente. 

Green construye a los dos hermanos como un par de opuestos, a partir del color de su vestimenta y de gestos diferenciales que dan cuenta de su esencia a pesar de su parecido físico (los actores son primos), donde claramente uno es el doble del otro. Esta duplicidad de los hermanos incluso puede leerse como dos aspectos de una misma persona, como bien señala la referencia a la sombra que acompaña a cada persona o el plano de Atarrabi que donde la luz del sol de noche deja su rostro a la media sombra.

El clásico combate entre el bien y el mal, como las dos fuerzas que operan en el mundo y del que dan cuenta los hermanos, cifra de este modo, dos maneras contrapuestas de encarar el mundo donde toda elección tiene su precio. De un lado, el individualismo hedonista, destructivo e ilimitado; del otro la disposición abierta hacia el más vulnerable, en la cual se obtiene un goce viviente pero limitado. 

En la película puede encontrarse como signo distintivo del director la teatralidad de las actuaciones y de la puesta en escena, que son trazos de su particular gusto por el teatro del barroco. Los actores hablan en un estilo declamatorio y hay un uso particular de los planos frontales que sostienen ciertos diálogos donde los actores quedan dirigiéndose al espectador. Se trata del esfuerzo del director por resaltar el valor de la palabra, su resonancia por sobre el puro efecto comunicativo.  Pero al mismo tiempo, hay un aspecto lúdico donde el uso del fantástico y del humor intervienen claramente quebrando la solemnidad del relato.

Otra característica interesante  es el juego que realiza el director con la temporalidad. Pese a anclar el relato en una temporalidad pre-moderna, no obstante, los actores portan un vestuario claramente contemporáneo y se introducen objetos tecnológicos (como la notebook o la cámara de seguridad) y también referencias propias de nuestro tiempo (como el máster en negocios que ha hecho el diablo, la música rap o las conferencias sobre teoría de género).

De esta manera, el film se construye como ficción arcaica que sigue hablando de nuestro tiempo (este diablo contemporáneo bien puede pasar por un inescrupuloso empresario o un gurú charlatán) y donde el director hace su apuesta por recuperar cierto sentido de la trascendencia poética.  

 

 

© Carla Leonardi, 2020

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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