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22.11.21
36º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata _ Festivales

36º MDQ FILM FEST | Quién lo impide, por Horacio Bernades

VOLVER AL FUTURO

  1. La saga

Premio de la Crítica en la reciente edición de San Sebastián, Quién lo impide es la culminación de un proyecto de largo aliento que Jonás Trueba (Madrid, 1981)  inició en 2016. En ese año el realizador estrenó su cuarto largometraje, La reconquista, una película matemáticamente dividida en dos. La primera mitad narraba el reencuentro de una pareja treintañera, que no habían vuelto a verse después de su primer y gran amor, quince años atras. La segunda parte contaba el surgimiento de ese amor. En esa segunda mitad –que no funcionaba como racconto, sino como un presente autónomo– los debutantes Candela Recio y Pablo Hoyos interpretaban a Manuela y Olmo, a los 15 años. Al verlos actuar, al compartir tiempo con ellos, Trueba (hijo de Fernando, como se sabe) tuvo la idea, o el deseo, de filmar a Candela y Pablo, pero esta vez haciendo de sí mismos. Así surgió Principiantes, primera entrega de la serie Quién lo impide.

En Principiantes, Itsaso Arana y Francesco Carril, quienes habían interpretado a Manuela y Olmo adultos en La reconquista, se encontraban con Candela y Pablo, como modo de tender el puente entre la ficción de La reconquista y el “documental” (enseguida veremos la razón de las comillas) de Principiantes, cuyos protagonistas pasaban a ser los “verdaderos” (ídem paréntesis anterior) Candela Recio y Pablo Olmos, a partir de un guion creado a seis manos, escrito por Trueba y ellos. Durante el rodaje empezaron a aparecer amigos de ambos, y amigos de amigos, y eso despertó en el realizador de Los ilusos (2013) el interés de expandir el proyecto, narrando ahora las vivencias generacionales de Candela, Pablo y amigos. 

Surgía Sólo somos, segundo escalón del proyecto Quién lo impide, que se prolongaría enseguida en otras dos, Si vamos 28 volvemos 28 y Tú también lo has vivido. Allí el protagonismo se ampliaba, dando entrada a otros grupos de adolescentes, pertenecientes a distintos ámbitos (el colegio, la calle, las afinidades electivas), que se iban mezclando y espiralando. Las cuatro películas tienen duraciones que van de los 52 minutos a la hora y 22 minutos. Dadas sus duraciones, anómalas para las condiciones “normales” de distribución comercial, no tuvieron una exhibición regular en salas. Es tal el carácter marginal del proyecto, que si uno las busca en la base de datos imdb lo único que encuentra son los datos de títulos y años de realización, y nada más. En Wikipedia el desconcierto es mayor, ya que directamente no figuran en la entrada correspondiente a Jonás Trueba. Toda una paradoja, en tanto se trata del proyecto más ambicioso del realzador hasta la fecha.

  1. El presente y nada más

Si La reconquista planteaba una prolongación y revisión del pasado en el presente, con la peculiaridad de que se trataba de dos relatos que podían ser leídos tanto en forma autárquica como sucesiva, las cuatro partes “originales” de Quién lo impide representan un proyecto distinto a, por ejemplo, Boyhood, de Richard Linklater (la mitad “adulta” de La reconquista tenía mucho de la serie Antes…). En Boyhood, como se sabe, el realizador de Dazed and Confused narra en forma de ficción el crecimiento real del protagonista a lo largo de 12 años, a través de una sucesión de saltos temporales. La reconquista plantea en cambio las relaciones entre dos parejas (Olmo y Manuela a los 30, Olmo y Manuela a los 15) y sus posibles continuidades (no tantas) y singularidades. Al estar puestos en escena como bloques autónomos, queda anulada toda posible nostalgia por el tiempo perdido, a la manera de la serie Antes… (que es algo así como una Nos habíamos amado tanto deslacrimogeneizada). Lo que hay son dos presentes que coexisten, sin mayores dependencias mutuas.

La serie Quién lo impide lleva esa voluntad de contemporaneidad a las propias condiciones de producción: las cuatro fueron filmadas una detrás de otra, entre una y dos por año, del 2016 al 2018. El paso del tiempo es breve y gradual, y si bien hay marcas que Cronos va produciendo en los protagonistas, éstas no son rotundas. Erosión definitivamente no hay, porque Trueba apuesta a un presente apuntado al futuro, en el que el pasado pesa poco y nada. En realidad no pesa, no es una carga para los personajes, que parecen libres de él. Tan libres como de los adultos, que no pinchan ni cortan (a diferencia de La reconquista, donde la figura del padre de Manuela es tan importante que la letra de unas de sus canciones fue el disparador de toda la serie). 

En las cuatro películas seguimos el crecimiento y cambios de los personajes, que dado el breve paso de tiempo son más exteriores que internos. Nos divierte o nos encanta que uno de ellos pase del pelo rosa al amarillo y del amarillo al morocho natural, que Pablo se vaya estirando hacia arriba o que Candela se ponga cada vez más “mujer” (¡qué chica!). Los rituales son los típicos de la edad. Ensayo y error con distintas parejas, acercamientos y alejamientos, enamoramiento y distancias, reuniones que combinan el alcohol, el porro y la pipa con el “Verdad/Consecuencia” (coexistencia del escarceo erótico de la pubertad y el pleno erotismo adolescente), timideces y actings, soledades y fiestas multidunarias, ideales y descreimientos, izquierdas y anarquismo, inseguridades sobre el futuro y un primer surgimiento de las inquietudes sociales, filosóficas, civiles y políticas. 

Los chicos concurren a distintos colegios madrileños, son todos de clase media, casi todos de raza blanca (hay un par de inmigrantes rumanos) y se inclinan más por Podemos que por el PSOE. Menos que menos por el PP, y a Vox directamente no se lo nombra. En muchos casos da la impresión de que están por renegar del espectro político español en bloque, para entregarse a una suerte de implosión política.

  1. Sólo somos 

En la primera escena de Principiantes, Jonás Trueba, que tenía 35 pero aparentaba diez menos, se reúne con sus “actores” en un parque y les plantea que no va a haber más ficción. Ahora los personajes son “ellos mismos” y van a escribir la película entre todos. Sin embargo, divididos en grupos, ficcionalizan situaciones personales y escolares. Lo cual da a pensar que ficción va a seguir habiendo, y que en tal caso harán de sí mismos. Pero ¿quiénes son ellos mismos? ¿Los que se muestran ante cámara como tales o los que actúan o reconstruyen situaciones que les pasaron? ¿O que imaginan que les podrían pasar? Y la que tal vez sea la pregunta crucial. La que viene siendo uno de los motivos centrales de reflexión sobre el cine de ficción desde que el cine directo y el cinéma-verité plantearon visiones divergentes de la no ficción. Cuando la cámara se enciende, ¿quienes están frente a ella son “ellos mismos” o actúan el personaje que quieren mostrar? Si se quiere ir más lejos aún, ¿no es eso lo que nos pasa a todos, todo el tiempo en la arena pública, en la vida social? Sobre todo desde que la realidad se volvió mediática. Trueba no lo ignora: la letra de uno de los leit motifs más insistentes de la película dice “Sólo somos personajes de ficción”.

Quién lo impide, la que se estrenó dos meses atrás en San Sebastián y el Festival de Mar del Plata presenta ahora en su Competencia Internacional, es el extended play de la saga, y también su versión revisada y remontada. Que fue revisada y remontada por Trueba queda claro desde la escena inicial, en la que el realizador anuncia a sus “actores” que la película ha quedado terminada. “Hay un pequeño problemita”, avisa. “Dura tres horas y media”. Sorpresa, azoramiento, bocas abiertas. Trueba: “Bueno, se propone ser una experiencia inmersiva”. Chica del elenco, rápida de respuesta: “Muy inmersiva”.

Confirmando que lo que interesa a Trueba es el presente como embrión del futuro, esa secuencia inicial es una reunión de Zoom, en medio de la pandemia, aquí y ahora (la secuencia final, que redondea la figura del círculo, dará pie a unas reflexiones muy interesantes de Candela sobre el modo en que la cuarentena afecta particularmente a la gente de su edad). Dividida en tres partes de alrededor de 1 hora 15 cada una, separadas por intermedios de 5 minutos (que una placa cuenta en forma regresiva, en el que tal vez sea el gesto más nostálgico de toda la serie), Quién lo impide se subdivide en bloques de duraciones irregulares, cada uno de ellos precedido por una placa que tiende a ordenar el relato. Obviamente que las tres grandes partes no se corresponden con las cuatro películas originales, por la sencilla razón de que éstas son cuatro, y no tres (daaa).

Lo que hizo Trueba, con ayuda de su editor, es un remontaje y reordenamiento, con modificaciones leves. Introduce algunos (breves) fragmentos previamente descartados, sobre todo algunos off y en particular algunos comentarios de los distintos participantes (el off es, tal como se imponía, de carácter coral) mientras observan los originales (no sé si en digital se les sigue dando ese nombre) a medida que los ven, se supone que en vivo. Pero vaya a saber si son en vivo.

  1. Espontáneo nada

Fragmentos claramente documentales (el más vívido e interesante es, para mí, la discusión que varios de los chicos tienen sobre las distintas posturas frente al mundo, al país y a la vida, que confirman que las escenas de intercambio de ideas entre pares siempre da bien en cine) se entremezclan con otros claramente ficcionales (el relato de los primeros escarceos entre Candela y Silvio), mientras que otros parecerían tener un poco de cada cosa. Hay momentos en los que Trueba da a su “elenco” ideas que funcionan como disparador (una reunión de alumnos) y otros que pueden haber tenido como disparador ideas de ellos: los típicos escritos catárticos adolescentes de una de ellas (¿Se llama Marta? No me acuerdo), tal vez la charla mencionada más arriba, funcionamiento de los “grupos de mediación” en el colegio (una idea pedagógica muy piola), quizás una reunión con vodka, porro, pipa y juego de la verdad en casa de una de ellas, aprovechando que los padres se fueron el fin de semana.

De Quién lo impide se destacará seguramente su carácter “espontáneo”, su sensación de realidad, su “autenticidad”. No creo que nada de eso sea muy así. La película, y la saga previa, son objetos claramente construidos, con estructuras netamente ficcionales (raccontos, idas y vueltas en el tiempo, planos estudiados, escenas claramente armadas, cortes y transiciones precisas, actores que actúan, secuenciación narrativa), que incluso por momentos deja ver explícita y metalingüísticamente sus medios de producción. Voy más allá y afirmo que la que me por lejos resulta más interesante de las cinco es la que no es parte de las cinco. Me refiero a La reconquista, que en su ficcionalidad “pura” tiene una densidad, una tensión erótica, una complejidad y una imprevisibilidad que a las Quién lo impide a mi gusto le faltan. Pero tiro la bomba y sigo, porque de lo que hay que hablar en esta nota es de éstas. 

En la primera escena, que es también la primera de Principiantes, Trueba, sentado en círculo en un parque con sus “actores”, asumiendo un rol de par que en verdad no es tan cierto, les dice aquello de que de ahí en más no serán personajes sino “ellos mismos”. En ese momento la cámara hace un corto travelling hacia atrás, cuya única función es dejar ver el boom del micrófono, de modo de subrayar lo contrario de lo que acaba de decirse: eso no es un acto espontáneo sino una película. En tal caso una película que contiene elementos de espontaneidad, y que éstos se entrelazan y se confunden con los de ficción. La misma clase de insert metalingüístico, notoriamente calculado, tiene lugar cuando durante un relato en off de Pablo, detrás de su voz se oye la del director, recordándole qué es lo que tiene que decir.

  1. Se representan ustedes o los represento yo

Por otra parte, ¿quién escribió los textos en off, que notoriamente no son “espontáneos”? ¿Trueba? ¿Trueba y los chicos? ¿Ellos solos? Esta última opción me parece la menos probable. Contrariamente, hay notorias escenas de puesta, indudablemente resueltas por Trueba (que no incurre en la mentira de hacer aparecer a los chicos como directores; en los créditos es él quien figura como tal). Una serie de planos de a dos, por ejemplo, y otra semejante de planos de dos que no dejan entrever la presencia de un tercero fuera de campo, hasta que éste interviene. Debe agradecerse, desde ya, que no se hayan incluido manifestaciones extremas de falsa espontaneidad, como llantos, risas actuadas o gestualidades “expresivas”.

En ocasiones Trueba consulta a los chicos cómo les gustaría verse representados, y todos destacan la sinceridad como valor. “Que él, que hace algunas cosas malas, no sea malo todo el tiempo”, bromea uno de ellos, señalando a uno de sus amigos. “Que no se escuche en off algo distinto de lo que se ve”. El primer reclamo es atendible, desde el lado de una ambigüedad en la construcción del personaje que suele ser beneficiosa (salvo en el caso de films de género, donde la psicología del personaje no importa demasiado). Sin embargo Trueba no parece darle demasiada bolilla. Por ejemplo en la construcción del personaje de Pablo, “que se siente más solo en compañía de otros que cuando está  solo”, y a quien se ve solo todo el tiempo, del mismo modo en que los malos del cine son malos todo el tiempo. Al menos hasta que descubre que puede estar en compañía de chicas. En cuanto al cuestionamiento de la disyunción entre el “off” y el “on”, que desconoce 60 años de cine moderno, obviamente Trueba lo refuta, haciendo que los chicos cuenten en off las historias que están viviendo algunos de sus pares, con una omnisciencia imposible en términos de lógica no cinematográfica.

Lo que hace Trueba en Quién lo impide es básicamente llevar a la práctica, y demostrar a la vez, la sabiduría de dos legendarios principios cinematográficos, contrapuestos y complementarios. Me refiero al formulado alguna vez por Godard (“todo film de ficción es un documental de sus actores”) y el que la teoría del documental viene desarrollando desde hace sesenta años, en el sentido de que todo documental es una ficción. Quién lo impide se vive de ambas maneras: como un documental sobre la adolescencia, otro sobre los millenials (los protagonistas nacieron al mismo tiempo que el siglo XXI), un documental sobre actores (Candela Recio es una natural born starlett) y una ficción sobre ciertos personajes, algunos más interesantes que otros (el de Candela, otra vez). No por nada la cámara la sigue más que nadie a ella, del mismo modo en que George Cukor se dejaba embrujar por Katherine Hepburn, John Ford y Hawks no le perdían pisada a John Wayne y John Carpenter hallaba en Kurt Russell el centro magnético de su cine. 

 

 

 

© Horacio Bernades, 2021 | @horaciobernades

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

Nota: Eso sí, fuera de duda: Quién lo impide debe ser la película larga más corta de la historia del cine.

(España, 2021)

Dirección: Jonás Trueba. Elenco: Candela Recio, Pablo Hoyos, Silvio Aguilar, Pablo Gavira, Claudia Navarro. Duración: 220 minutos.

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