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06.07.21
74º Festival de Cannes _ Festivales

74° Festival de Cannes | Cannibalismos 01: Thierry, Mark y Leos, por Jaime Pena

“Lo hemos logrado. Estamos aquí, en Cannes”. Con estas palabras recibía Thierry Fremaux al público de la primera sesión de este Festival de Cannes 2021, que todos sabemos que en realidad es un Festival de Cannes 2020-21, como la Eurocopa de fútbol que se celebra en estos días. Un festival aplazado, compuesto en buena medida por películas que estaban previstas para el año pasado, junto a algunas novedades, la mayoría francesas, hasta rozar el exceso. Como excesivo resulta también el programa, porque había que hacer hueco a la producción de dos años, lo que se traduce en demasiadas películas que se solapan y en una incertidumbre (los famosos controles de Cannes, ahora acrecentados por las medidas sanitarias) que imposibilita aventurar qué podremos ver con un mínimo margen de confianza. La euforia de Fremaux se puede entender, pero los discursos épicos de la vuelta al cine y a Cannes se dan de bruces contra una política que no sé hasta qué punto favorece a las propias películas, particularmente a las buenas, que quizás acaben enterradas entre la acumulación de títulos en la competición, en las secciones fuera de concurso o en las nuevas secciones creadas para dar salida a tantas películas: el pez que se muerde la cola.

Las palabras de Fremaux vinieron a repetirse en la ceremonia inaugural en boca de presentadores e invitados; si nunca compartí el discurso de la muerte del cine, he de decir que el de su resurrección me resulta igual de cansino y hasta más irritante. Pero ese es el discurso dominante hoy en día, incluso en la película que presentó Fremaux, la película pre-inaugural, o algo así, y que no me extrañaría que fuese una sugerencia del propio festival, pues abunda en ese tono. Me refiero a la nueva producción del documentalista británico Mark Cousins, The Story of Film: A New Generation, su tercera película de este año y la primera de las dos que presenta en Cannes. Una especie de epílogo de su famosa serie, como su propio título indica se trata de un recorrido por el cine del nuevo siglo, por los nuevos autores, por más que estos no conformen una generación ni nada que se le parezca. Un recorrido muy superficial, que parece puramente improvisado, buscando conexiones fáciles entre películas, la obra de un cinéfilo antes que la de un crítico, no digamos ya la de un historiador o, simplemente, la de alguien que tiene algo que decir sobre el cine y sus circunstancias. Incoherente y deslabazado, sin una idea rectora, Cousins acumula citas de películas, la mayoría muy conocidas (de Joker a Parasite, para hacernos una idea), con alguna que otra rareza o curiosidad, al lado de apuntes sobre la pandemia o la vuelta al cine, acompañadas de comentarios que pretenden disfrazar de brillantez puras obviedades. Pero un ejercicio celebratorio al que Cannes y su público no son tampoco ajenos; no se trata de conocer el cine contemporáneo, sino de reconocer una memoria compartida: el presente disfrazado de nostalgia.

“So may we start”, así arranca el primer número musical de Annette, esta sí la película inaugural de verdad y una de las mejores inauguraciones de Cannes en mucho tiempo. Se trata de la nueva película de Leos Carax, ocho o nueve años después de Holy Motors (si la consideramos de 2020 o 2021), una adaptación de un libreto del dúo Sparks que parece compuesto a medida de Carax, quien siempre evidenció un sentido musical en todas sus películas. Porque Annette es un musical en toda regla, una película cantada a lo Demy, con algunos ocasionales recitados a cargo del personaje de Adam Driver (los monólogos de Henry, un cómico de stand up) que, de repente, se transforman en exultantes discusiones con su público, suerte de coro popular que se escandaliza ante las provocaciones de su ídolo. Henry es un cómico que llena teatros, como también hace Ann (Marion Cotillard), quizás en mayor medida. Ann es una cantante de ópera y este musical tiene mucho de musical operístico o de ópera rock, muy al estilo de los setenta. De hecho, Henry es uno de esos artistas atormentados de aquellas propuestas conceptuales, un provocador nato cuyo público disfruta con sus incorrecciones… hasta que, de algún modo, Henry traspasa todos los límites y cae en desgracia. El tono es el de una fábula que, más allá del musical, renuncia a cualquier pretensión naturalista y deriva hacia la tragedia.

A Henry, decía, lo interpreta Adam Driver, pero, años atrás, nos podríamos imaginar perfectamente en su piel a Denis Lavant. Y sería difícil de creer que Carax no lo tuviese siempre en mente. Driver sale indemne de la comparación, tanto en los momentos más eufóricos de la película como en su caída final en los infiernos. Esa euforia está tanto en el haber de Carax como en el de Sparks, pero su reverso siniestro es puro Carax, aún sin Lavant, en particular gracias a una decisión tan arriesgada como gloriosa: la hija que conciben Ann y Henry, la Annette del título, acaba siendo incorporada por una marioneta. Annette acaba desvelando unas aptitudes operísticas dignas de su madre, solo que mucho más precoces, pero Henry es incapaz de aceptar el éxito ajeno. Annette, contra todo pronóstico, es la historia de un personaje inmerso en una espiral autodestructiva y condenado a la soledad. El final no está concebido para contentar a nadie.

 

© Jaime Pena, 2021 | @jj_pena

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