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13.07.21
74º Festival de Cannes _ Festivales

74° Festival de Cannes | Cannibalismos 08: Cronología, por Jaime Pena

Una pequeña fiesta en una casa. Tres personas, Carloto (Carloto Cotta), Crista (Crista Alfaiate) y João (João Nunes Monteiro), bailan una canción de Frankie Valli, “The Night”. Crista y João desaparecen, la cámara sigue a Carloto que, cuando sale al exterior, se encuentra a sus dos compañeros besándose. Un rótulo inicial nos había informado de que se trataba del “Día 22”; el siguiente rótulo corresponde al “Día 21” y así seguiremos, con una cronología revertida, hasta el “Día 1”. Diários de Otsoga (agosto, al revés) es el diario de esos 22 días que pasan estos tres personajes en una quinta portuguesa, días del verano en los que los vemos en la piscina, pasando el tiempo sin hacer nada o construyendo una armazón para mariposas. Hay cierta tensión entre ellos, particularmente entre Crista y Carloto. La cuenta atrás sigue hasta que en un determinado momento, hacia la mitad del metraje, entra en escena el equipo de la película. Es una reunión de urgencia: Carloto ha roto la disciplina anti-Covid y se ha ido a hacer surf; el rodaje no puede continuar como estaba previsto. Nada de esto sorprende, pues estamos en una película de Miguel Gomes, la primera que codirige con Maureen Fazendeiro. No estamos ante su primera colaboración: tienen un hijo en común (no es cotilleo, forma parte de la película).

A partir de ese momento podemos ver Diários de Otsoga (Quincena de los Realizadores) de dos formas: respetando el orden de la película o respetando la cronología. La primera opción es una sucesión de flashbacks que nos llevan desde el final de la película, desde una relación de amistad a punto de descomponerse hasta el inicio de un rodaje que ha de hacerse según las estrictas medidas implementadas por la Portugal Film Comission para garantizar la seguridad sanitaria en tiempos del Covid-19. La segunda empieza aquí, cuando alguien de producción lee a todo el equipo las medidas que han de seguir y, desde ese momento, prosigue con un rodaje que ha de lidiar con los inconvenientes que van surgiendo: la codirectora, embarazada, comunica por teléfono que el médico le ha mandado guardar reposo y debe abandonar el rodaje; la imprudencia de Carloto, que hace que Crista se niegue a besarlo, tal y como preveía el guión, lo que modifica el final. La versión cronológica cuenta en definitiva cómo un equipo de cine que se confina en una quinta rueda una película en unas circunstancias excepcionales. La de la cronología revertida es la historia de tres amigos que de repente entra en un bucle metanarrativo. En un sentido u otro, Diários de Otsoga nos habla del paso del tiempo a través de las frutas que se van pudriendo (o van reverdeciendo) a medida que avanza el rodaje. No son unas frutas cualquiera, son membrillos de un membrillero que el equipo descubre en el jardín. ¿Una película sobre la creación artística que se desarrolla en un jardín? Sí, Diários de Otsoga es como una versión de El sol del membrillo, solo que con el humor característico de Miguel Gomes, sin que falte tampoco el inevitable gag a cargo del sonidista Vasco Pimentel. 

Otra película sorprendente, inesperada, en este caso un cortometraje, también de la Quincena, Sycorax, firmada al alimón por Lois Patiño y Matías Piñeiro a partir de ciertos personajes de La tempestad de William Shakespeare. Dos mundos antagónicos en principio que, como explica Patiño, se sirve de La tempestad como puente de unión entre el teatro y los diálogos de Piñeiro y la contemplación y los silencios suyos. Al fin y al cabo en La tempestad abundan las referencias al paisaje y al clima. La película, que protagoniza Agustina Muñoz y se filmó en las portuguesas Islas Azores, arranca como un casting para una posible adaptación de la obra de Shakespeare (el proyecto existe y se titulará Ariel). Es un casting basado en la contemplación, en el documental, podríamos decir. Solo que para el personaje del título (un personaje sin voz en la obra) se necesita de un mayor esfuerzo de producción. Es así como la Sycorax elegida y Agustina Muñoz se adentran en el bosque, un bosque tropical, buscando el árbol donde Sycorax retendrá por doce años a Ariel. De la suma entre Patiño y Piñeiro sale una suerte de nueva versión de Apichatpong Weerasethakul, misterioso, de una belleza que deslumbra solo con la sucesión de encadenados entre los árboles y las cascadas.

Mientras, la nueva sección Cannes Première comienza a definir su perfil de cara a futuras ediciones. Y lo que muestra no es especialmente interesante. Sucede con Tromperie, de Arnaud Desplechin, adaptación de Engaño de Philip Roth, ambientada en Londrés, protagonizada por un escritor americano (Philip, Denis Podalydes) y una mujer inglesa (Lea Seydoux), hablada en francés. Philip (Roth), expatriado, y su amante inglesa se citan en el despacho del escritor para sus encuentros sexuales. Sus largas conversaciones giran en torno al sexo y la infidelidad (uno y otro están casados). De vez en cuando se produce algún que otro desvío hacia otras historias paralelas: la amiga enferma de Philip, la historia del espía checoslovaco (que es puro Desplechin y que sospecho que no está en la novela) o el juicio en el que Philip es juzgado por un tribunal de mujeres por causa de la misoginia que ha presidido su vida y obra… Cuesta entender qué razones han llevado a Desplechin a meterse en un charco como el de este episodio, absolutamente anacrónico. En última instancia, y esto es lo grave, tampoco desentona del resto de esta vieja e impersonal película que parece, en el mejor de los casos, un compromiso para esta época de confinamientos y rodajes ultracontrolados (escenario casi único y dos personajes).

No es el caso de Titane, de Julia Ducournau (Competencia), película radicalmente contemporánea en sus formas y temática, en la que no hay rastro alguno del Covid-19 (puede haberse rodado antes), y de una ambición ante la que es preciso sacarse el sombrero. Con una estética cyberpunk la película comienza como una versión bondage del Crash cronenbergiano, con un personaje, Alexia (una andrógina Agathe Rousselle), que se folla a un coche (literalmente, no figurativamente) y luego, como en una película de Nicolas Winding Refn (o Tarantino, pero tiene más de The Neon Demon), va asesinando a todo quien se pone por delante, empezando por su propia familia. Alexia tiene un craneo de titanio como consecuencia de un accidente de infancia y, en su huída, acaba adoptando la identidad de un niño desaparecido años atrás. Alexia comienza a experiementar los síntomas de un embarazo (lo del coche no era figurado, ya lo decía) y acaba siendo adoptada por el padre de aquel niño (Vincent Lindon), jefe de una brigada de bomberos, muy disciplinada, que, como en Beau Travail, parece que su trabajo es ejercitarse continuamente. Cronenberg y Denis, el cine del cuerpo en su máxima expresión. Titane encuentra entonces la calma, el sosiego, y se va transformando en un melodrama, todo lo turbio que se quiera, sobre un padre que se encuentra ante el dilema de aceptar a un/a hijo/a y al nieto que lleva en sus entrañas. O lo que sea. Cannes tiene estas cosas, con todo su conservadurismo y compromisos, aún es un festival capaz de relegar a Desplechin a una paralela y elevar a Ducournau a la competición. El cine sale ganando.

© Jaime Pena, 2021 | @jj_pena

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