Festivales

17.07.21
74º Festival de Cannes _ Festivales

74° Festival de Cannes | Cannibalismos 12: Fin, por Jaime Pena

Dos películas muy distintas pero cortadas por un mismo patrón cerraron la Competencia de este anómalo, por tantas circunstancias, Festival de Cannes. Este patrón ha dominado muchas de las películas vistas al menos en la Competencia, películas cocinadas a fuego lento y que tardan en estallar, si es que alguna vez lo hacen, un tipo de cine que, desde distintos géneros, rehuye la hipertrofia argumental, la acumulación dramática; también, películas refractarias a ese paradigma que podemos entender por “cine de festivales”. En Les intranquiles, Joaquim Lafosse retrata a un pintor obsesivo, Damien (Damien Bonnard), que vive con su mujer, Leïla (Leïla Bekhti), y su hijo. Pronto entendemos que algo no marcha bien, cuando al principio de la película sale con su hijo en su embarcación y se lanza al agua, nadando hasta la costa, y dejando que su hijo, de unos diez años, conduzca él solo el barco hasta la playa. Una elíptica visita a la unidad psiquiátrica de un hospital nos avanza cuáles pueden ser sus problemas. Lafosse adopta el punto de vista de Leïla, atenta a la medicación de su marido, siempre temerosa de unas imprudencias que van aumentando de intensidad y que ponen en peligro la vida de su hijo. Ella es el gran hallazgo de una película que nos mantiene siempre en el filo, al borde del abismo, y que juzga a Damien solo por las consecuencias de sus actos, sin mistificar su enfermedad en base a su febril creación artística. 

En una de las escenas Damien recoge a su hijo en el colegio y conduce hasta casa dando volantazos, pasándose a toda velocidad al carril contrario. En Nitram, de Justin Kurzel, hay un par de escenas similares, solo que aquí no es el conductor quien las protagoniza, sino su copiloto, el Nitram del título (Caleb Landry Jones), que tira del volante desequilibrando al conductor; la primera ocasión parece una simple broma, la segunda tendrá trágicas consecuencias. Nitram, apodo que delata un bullying infantil, anda por la veintena y vive con sus padres, más bien bajo la autoridad de su madre, con evidentes problemas de relación con los demás, particularmente con los de su edad. Hasta que conoce a Helen (Essie Davis), una millonaria que vive en una decadente casa rodeada de perros. Nitram también se cocina a fuego lento, pero en este caso sabemos que la violencia latente acabará por estallar, por más que Kurzel la pospone hasta el final y la deja siempre en off. A diferencia de Lafosse, él focaliza el relato en el propio protagonista, lo que siempre implica un cierto grado de identificación para el espectador, dejando detrás a la madre (Judy Davies), como un personaje tan misterioso como nocivo, una especie de madre de Norman Bates a la que el plano final parece señalar como responsable. En definitiva, dos películas que se mueven entre la corrección y lo notable, como sucede con buena parte de una Competencia que, con la excepción de unos cuantos nombres (Hamaguchi, Weerasethakul, Verhoeven, Ducournau y Lapid, de forma muy clara, quizás también Audiard y Carax), no ha brillado a la altura de la extraordinaria edición de 2019. Con todo, encontrarse con siete grandes películas en una competición no es algo que sucede todos los días.

Como sea, la última película o mi última proyección fue la de Vortex, la nueva película de Gaspar Noe, presentada en Cannes Première. Su principal atractivo, que no es poca cosa, es contar como protagonistas con Dario Argento y Françoise Lebrun, como dos ancianos que remiten lejanamente a la biografía de sus actores. La trama recuerda mucho a la de Amour, de Haneke, con Lebrun interpretando a una mujer con alzheimer, aunque en este caso el marido, enfrascado en la escritura de un libro teórico sobre el mundo de los sueños en el cine, pocas veces se postula como su cuidador. El dispositivo que propone Noe es una pantalla partida que sigue a cada uno de estos  dos personajes, a veces cruzándose entre ellos y solo ocasionalmente centrándose en otros secundarios, particularmente el hijo. Dejando claro que la parte final es realmente buena, Noe prolonga en exceso este devenir cotidiano de la pareja, hasta las dos horas y veinte, como si a su película aún le faltase algo de trabajo en la mesa de montaje (como ya es habitual en el cineasta, esta película fue concebida, rodada y montada en el curso de los últimos meses). Aún así, es difícil resistirse a la presencia de estas dos figuras en pantalla, a ese apartamento repleto de libros de cine, hasta en los cuartos de baño, a un mundo a punto de extinguirse pero que se resiste a ser derrotado. Fin.

© Jaime Pena, 2021 | @jj_pena

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