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13.09.13
13° Festival de Cine Alemán

13° Festival de Cine Alemán – Crítica – Culpables son los Otros

Culpables son los otros (Schuld sind immer die anderen, Alemania 2012)

Dirección:
Lars-Gunnar Lotz Guión: Anna Maria
Prassler Elenco: Edin Hasanovic,
Julia Brendler, Marc Ben Puch, Pit Bukowski, Natalia Rudziewicz
Producción: Matthias Dreschler,
Phillip Knauss
Duración:
93 minutos

El silencio de los culpables.

Ni bien uno se acomoda
en la butaca, la primera escena irrumpe con un alto grado de violencia
perturbadora. Una mujer es víctima de un feroz asalto, en el cual es golpeada
brutalmente en medio de la calle. A partir de ahí, sabemos que el joven agresor,
Benjamín (Edin Hassanovic), es detenido por otros actos delictivos y llevado a
un programa de rehabilitación en una pequeña comunidad, donde otros jóvenes
reciben un tratamiento para lograr la inserción social. El tipo de terapia que
reciben es una especie de modalidad conductista que apunta a reprimir al máximo
las pulsiones violentas, reforzando el sentimiento de culpa y convirtiéndolos
en  “naranjas mecánicas”, donde la
manifestación de cualquier impulso humano conlleva el riesgo de llevarlos
nuevamente a la cárcel.

Claro que para Ben, a
pesar de una resistencia inicial, esta comunidad opresora es el paraíso al lado
de la prisión. El gran desafío que tienen que atravesar los rehabilitados es el
verdadero arrepentimiento de sus actos y pedirles perdón a sus víctimas, más
allá de la agresión cometida. En ese contexto, Ben se da cuenta que la
directora del programa era la mujer salvajemente agredida en la primera escena,
lo cual llevó a consecuencias nefastas que él mismo ignoraba. Mientras que el
joven es invadido por la culpa y el miedo a que se descubra su responsabilidad
en el hecho, Eva (Julia Brendler) comienza a intuir que quizá el chico algo
tiene que ver con ese acontecimiento traumático que le despierta tanta
angustia.

Sólo los espectadores
y el protagonista sabemos la verdad. Mientras que la narración va aumentando en
intensidad, el contenido dramático se hace cada vez más sólido e intrigante a
la vez. El director Lars-Gunnar Lotz logra, en su primer largometraje, una obra
inquietante que aborda una temática tan susceptible como lo es la inseguridad y
las secuelas que esta produce. Lo hace desde una distancia ética que elude una
posición moral que juzgue a los personajes, y a la vez desde una cercanía tal
que permite desplegar la intensidad psíquica que viven tanto agresor como víctima.

El odio, la rabia, la
ira, el dolor, la desesperación y la impotencia, se van desplegando en los dos
personajes principales a modo de espejo. Esto es posible gracias al enorme
trabajo interpretativo que hacen tanto Edin Hassanovic como Julia Brendler. La
expresión de sus rostros, la magnitud de las palabras, el ruido de sus
silencios, construyen un verdadero duelo actoral, abordado desde el más crudo y
delicado dramatismo.

Estamos ante una
película furiosa que apela a la responsabilidad subjetiva, tanto para con los
actos cometidos como para con los discursos que se predican. Nada es tan claro
en la naturaleza humana: hay que estar en los zapatos de cada quien para
realmente sentir lo que se vive ante determinada circunstancia, y este filme
logra calzarnos los botines de las dos partes afectadas en hechos de violencia
urbana.


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