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18.11.13
28° Festival Internacional de Cine de Mar del Plat

28º Festival Int. de Cine de Mar del Plata – Día 2

Domingo 17 de noviembre.

Estamos en el segundo día del festival, pero, para muchos, el verdadero comienzo: desde la mañana, las películas de las principales competencias ya están a la orden del día. Una de las más llamativas es Fantasmas de la Ruta, nuevo opus de José Celestino Campusano. Todos estos films son acompañados por sus realizadores, que responden preguntas del público luego de concluir la función.

Por el lado de las retrospectivas y rescates, los fanáticos del género fantástico se deleitarán con The Host, de Bong Joon-ho, y recordando Hijos de la Noche, de Clive Barker.

Por el lado de las actividades especiales, resaltaron la presentación del libro Cine Argentino de Colección, de Claudio Minghetti, y la Charla con Maestros, espacio que tuvo como primer invitado al escritor Guillermo Martínez, también jurado de la competencia internacional.

Y esto es sólo el comienzo de una edición que toma impulso.

Las Analfabetas, de Moisés Sepúlveda (Chile, 2013, Sección Competencia Internacional), por Elena Marina D’Aquila

Sepúlveda se basa para su ópera primera, en una obra de teatro de Pablo Paredes, y retrata el creciente vínculo entre maestra y aprendiz, alternando momentos humorísticos con otros de tensión. Pero en determinados momentos, ciertos brotes de emocionalidad exacerbada de la joven actriz, resultan forzados.

Ximena, es una mujer de 50 años que ha vivido toda su vida sin saber leer ni escribir, hasta que el deseo de leer una carta que su padre le dejó hace años, la motiva para aprender a hacerlo gracias a Jacqueline, una maestra que se encuentra desempleada y se ofrece –en principio- a leerle los diarios.

La película se embarca en el arte de enseñar, y en un viaje de aprendizaje junto a Ximena, que finalmente logra leer esa carta, que a su vez funciona como el gran absurdo del film. El cineasta aprovecha para deslizar algunos de los conflictos sociales que afectan a su país, y despliega un buen manejo del humor durante toda la película, lo que nos acerca a los personajes. Pero ese acercamiento se ve interrumpido por otras escenas en las cuales nos aleja de ellos. Cuando Jacqueline va a la casa de Ximena a las 4 de la mañana y se pone extremadamente emocional, hay algo que falta, alguna información que sería necesaria sobre el personaje, y se le niega al espectador, que se ve imposibilitado a compartir ese sentimiento con él –ella en este caso- y se le niega el hecho de sentirse parte de la situación que vive ese personaje. Esto, sumado a un plano final estático y de una duración extremadamente larga, que deriva en un corte abrupto hacia los créditos, hacen que al final, el film nos deje la sensación de ser algo soso para la apertura del Festival.

 

Algunos Días sin Música, de Matías Rojo (Argentina, 2013 – Competencia), por Matías Orta

¿Nunca deseaste la muerte de tu maestra para que se suspendan las clases? Eso es lo que hacen tres amigos minutos antes de que empiece el ciclo lectivo: la docente de música cae muerta delante de todo el alumnado, luego de que los amigos lo desearan fuerte al mismo tiempo. Como consecuencia, seguirán teniendo más tiempo de ocio. Pero no serán días más, ya que, mientras intentan lidiar con la culpa de lo sucedido, vivirán experiencias que los harán crecer.

Ambientada en la provincia de Mendoza, la película encaja en el subgénero de “iniciación de la infancia a la adultez”. A veces desopilante, a veces dramática, también algo romántica, siempre con una impronta personal por parte del autor.

El trío de jóvenes que lleva adelante la historia cumple con los estereotipos más comunes (el inteligente, el rebelde, el gordito), aunque el director Matías Rojo logra eludir los tópicos de esta clase de films. Como una suerte de Cuenta Conmigo, pero con onda mendocina, lo que nunca detiene el carácter universal del relato.

Algunos Días sin Música es sencilla y anecdótica, pero bien llevada y nos hace recordar nuestra preadolescencia.

 

Fantasmas de la Ruta, de Jose Celestino Campusano (Argentina, 2013, Sección Competencia Internacional), por E.M. D’Aquila

El universo suburbano, marginal e hiper realista de Campusano está de vuelta y con él, también Vikingo aka “Motociclista fatal”, así como también otros personajes recurrentes del cineasta, -el Brujo y el Indio de Fango– y un despliegue impresionante de personajes. Esta vez, Campusano combina un registro descarnado cuasi documental, con travellings épicos de los motoqueros a puro heavy metal, haciendo una entrada en plano triunfal, tanto cuando los toma en plano conjunto como los planos fetiche del estilo que cada uno de sus dueños vuelva en sus motos.

En la aridez, austeridad y hostilidad de este espacio, convive todo el cine de Campusano: pandillas, dealers, proxenetas, colectivos, motos y autos, con perros y caballos; y aparece la autoreferencia: el propio Campusano unos segundos en pantalla, y un póster de Vikingo. La historia comienza con la presentación del universo en el cual se mueven estos personajes. Las cosas comienzan a complicarse cuando la novia de Mauro –amigo de Vikingo- es entregada a un prostíbulo, lo que dará comienzo a la búsqueda de estos roaders por toda la Provincia de Buenos Aires. Pero la historia no es ni sobre la desaparición y el rescate de Antonella, ni sobre la relación entre ella y Mauro. Acá, la verdadera relación sentimental es la de Mauro y Vikingo. Y esa es la relación que le interesa contar a Campusano.

Fantasmas de la ruta es un film arriesgado tanto en el tema que aborda, como en la duración del metraje: más de 3 horas. Campusano no evade ningún eslabón de la trata de personas ni de la prostitución, brindando una mirada descarnada sobre la violencia, las relaciones humanas, y esa camaradería que crea, así como su propio lenguaje. Campusano se banca las casi 4 horas, como un Vikingo.

 

Maravilla, un Luchador Adentro y Afuera del Cuadrilátero, de Juan Pablo Cadaveira (Argentina, 2013 – Competencia), por M.O.

En los últimos años, Sergio “Maravilla” Martínez dejó de ser un simple boxeador para convertirse en una figura de la cultura popular. Los eventos relacionados con su vida y sus peleas ya de por sí tienen carácter cinematográfico, pero faltaba que algún realizador hiciera algo al respecto.

Este documental tiene como eje el inolvidable enfrentamiento entre Maravilla y Julio César Chávez Jr., el 15 de septiembre de 2012, donde el argentino retuvo el título mundial de peso mediano del CMB. Pero antes de mostrarnos esa instancia, conoceremos sus comienzos humildes en Quilmes, sus primeros triunfos, su enfrentamiento con las injusticias del mundo del boxeo, su viaje al exterior para terminar de formarse y su paso por programas como Bailando por un Sueño.

Cadaveira hace un trabajo gigante y completo, que cuenta con entrevistas a familiares, amigos y figuras internacionales de la talla de Mike Tyson y Don King. Podremos adentrarnos en la vida íntima del deportista y su duro entrenamiento para ser campeón. Otro gran mérito del director es darle un ritmo y una estructura propia de una ficción, lo que permite relacionarla con clásicos como Rocky.

Una buena oportunidad para recordarnos que Maravilla sigue siendo un ejemplo de garra y determinación, que los sueños no son inalcanzables y que nunca debemos dejar de pelear.

 

Choele, de Juan Sasiaín (Argentina, 2013 – Competencia Latinoamericana), por M.O.

Pasar de la niñez a la pubertad nunca es fácil. Menos para Coco (Lautaro Murray): vive con su padre (Leonardo Sbaraglia) en la ciudad de Choele Choel, de la que está por partir para irse a vivir con su madre. Y días antes de la partida, llega Kimey (Guadalupe Docampo), una muchacha atractiva y buena onda, que revolucionará las hormonas del chico.

En el mismo estilo sutil y entrañable, pero no menos interesante, de La Tigra, Chaco, la película que co-dirigió con Federico Godfrid, Juan Sasiaín debuta en solitario con una historia sobre la madurez, la amistad, la relación entre padres e hijos y la inocencia del primer amor (sobre todo, del amor por alguien mayor que uno). Hay situaciones graciosas, pero también momentos de incomodidad y de tensión sexual en un inesperado triángulo amoroso.

Los tres protagonistas tenían la responsabilidad de sostener la historia y lo logran con creces. Leonardo Sbaraglia demuestra que sabe componer toda clase de personajes (en este caso, un mecánico de pueblo que ama a su hijo y teme perderlo) y Guadalupe Docampo hace rato que dejó de ser una promesa de la actuación; sólo le falta el papel que termine de catapultar su carrera. Y Lautaro Murray es toda una revelación, ya que es una mezcla de frescura y carácter con la que el público enseguida sentirá empatía.

Choele es simple, pero no simplista, y deja en claro que Sasiaín es un autor a seguir.

Costa Dulce, de Enrique Collar (Paraguay, Holada, 2013, Sección Competencia Latinoamericana) Por E.M. D’Aquila

Costa Dulce está filmada con cámara en mano, presenta una imagen llena de ruido, pixelada, planos estáticos, y personajes que miran a cámara e incluso hacen un espectáculo para la cámara: el momento en el que David y Gervacio bailan. Pero en este film donde la naturaleza y los silencios –casi no hay diálogo- tienen un peso importante, el espectador queda lanzado al vacío, y no tiene de donde agarrarse. Hay un instante, rondando el minuto 30, donde parece que se va a contar una historia, la de estos señores que juegan al truco y pierden el dinero, pero es solo un amague. Ésta es una película sostenida –en su mayoría- con meros planos contemplativos.

El tercer largometraje de Collar, presenta varias confusiones. Cuando uno lee la sinopsis, parece que todo está claro y que estamos ante una película que promete aventura. Pues no. El protagonista de esta pseudo historia es David, un tipo que está tan aburrido de los quehaceres cotidianos, que un buen día se decide a invertir todo su tiempo en busca de tesoros en Costa Dulce, solamente porque le cuentan unas leyendas sobre ellos. Pero estas leyendas, son tan absurdas que lo primero que cualquiera pensaría, es que eso no puede -o no debe- ser suficiente como para motivar al protagonista a recorrer lugares al azar con un aparato, para buscar algo que se plantea en un terreno más mitológico que real.

Entre las tantas confusiones que hay en el film, se destaca el momento en el cual David habla a cámara; ¿a quién le está hablando? ¿A un personaje? ¿Al espectador? ¿Al director? Tampoco sabemos por qué de repente este personaje decide que lo único que va a hacer de su vida es pasarse el tiempo caminando y rastreando el pasto. En fin, seguiremos en busca de verdaderas aventuras.

 

Congreso, de Luis Fontal (Argentina, 2013 – Sección Busco mi destino), por M.O.

Tres amigos organizan una cena a la que invitan a la novia de uno de ellos y a sus dos amigas. El evento tiene lugar en el piso que comparten los muchachos, cada uno con un perfil distinto: el rockero ascendente (Ezequiel Tronconi), el arquitecto que viene de romper con la novia (Maximiliano Zago) y el actor que también es muy nerd (Matías Dinardo). Será una cena en la que no faltarán las risas, los juegos, el sexo apenas contenido… y otras cosas no tan agradables.

Ambientada en un solo día y usando mayormente una sola locación, la ópera prima de Luis Fontal retrata la vida de veinteañeros que conviven en uno de los barrios más emblemáticos de la Capital Federal. Allí están sus logros y sus sueños y sus conquistas y sus momentos de diversión, pero también los problemas reales con los que deben lidiar. Aquí se desprende otra interesante lectura: la relación entre lo que uno proyecta (o anhela lograr) y lo que es la vida diaria, donde los golpes están a la vuelta de la esquina.

Además del mencionado elenco masculino, también se destacan las tres “invitadas”, que son interpretadas por Agustina Quinci, Florencia Benítez y Sabrina Macchi. Al igual que los dueños de casa, los personajes femeninos también tienen perfiles muy diferentes entre sí.

Congreso es generacional, le habla directamente a quienes tienen la edad de los protagonistas, pero puede ser disfrutada por un público más amplio y gustoso de sentarse un rato junto a esos jóvenes adultos.

Cichonga, de Esteban Rojas (Argentina, 2013 – Sección Las venas abiertas…), por M.O.

Cichonga (El Cicho) es un duro como pocos. ¿A qué punto? Piensen en cuántas personas sobreviven gracias a una cerveza especial que, además, le otorga una fuerza descomunal. Todo se pondrá pesado cuando un mafioso le roba su elixir. Cichonga deberá recuperar lo suyo, sin importar la cantidad de matones y otros personajes que deba enfrentar en el camino.

Con escasos recursos pero amigos fieles y mucho corazón y talento, Esteban Rojas crea un mundo similar al nuestro y, al mismo tiempo, muy diferente, que mezcla barrio del conurbano con ciencia-ficción. La fauna de personajes marginales y esotéricos tiene un rasgo común: no se comunican mediante el habla sino a través de sonidos guturales (algunas malas palabras pueden ser captadas, igual). Poco importa si se trata de un toque de genialidad o de una excusa para tapar alguna cuestión técnica: el recurso funciona y nunca se agota. Además, la garra que le pone Rojas la convierte en un entretenimiento sin pausa.

Cichonga es un tema punk ruidoso y festivo, que se enorgullece de su condición. No pretende ser más de lo que es y se enorgullece de eso. Y, como si fuera poco, deja con ganas de probar, al menos, una gota de esa potente cerveza.

 

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