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23.09.13
61° Festival de San Sebastián

61° Festival de San Sebastián – Jornada N°3: Las Brujas de Zagarramurdi / Mon Ame par toi Guérie / Gloria

Cobertura exclusiva
desde San Sebastián por David Garrido Bazán

El cine de Alex De La
Iglesia siempre ha tenido fervientes partidarios y furibundos detractores. No
es algo nuevo, precisamente: es algo común cuando uno pertenece a esa raza de
cineastas personales, libres y con un reconocible universo propio que ha
alcanzado el suficiente estatus como para hacer básicamente lo que le dé la
gana sin atender a poco más que lo que le pide la víscera. Y digamos que la
víscera de Alex de la Iglesia está bastante inflamada en los últimos años como
sabe bien quien viera en su momento Balada
Triste de Trompeta
. Los que nos sentamos en el Principal a la espera de ver
Las Brujas de Zugarramurdi sabíamos
que íbamos a estar delante de una nueva comedia frenética, brillante y excesiva.
Y el realizador vasco no solo respondió a las expectativas sino que las
desbordó. Por los dos lados.

Digámoslo claro: Las Brujas de Zugarramurdi es un
desmadre. Pero resulta irresistible de puro delirante. La historia de estos
tipos que atracan un Compro Oro vestidos como estatuas vivientes, secuestran un
taxi para ir al norte y se topan con unas brujas vascas con poderes que
pretenden despertar a su diosa para sojuzgar a la Humanidad es algo que resulta
incluso difícil de escribir para cualquier cronista desde la sinopsis. No
digamos ya entrar a analizarlo. El mejor consejo que se le puede dar al futuro
espectador que quiera disfrutar de la gozosa celebración de lo freak que ha
parido De La Iglesia es que deje los prejuicios en la puerta del cine. Porque
si no lo va a pasar ciertamente mal. Dicho esto, servidor es que ya desde los
tiempos de Acción Mutante y El Día de la Bestia sintoniza
plenamente con el sentido del humor negro, cafre y costumbrista que destila su
cine. Sé a lo que atenerme cuando se trata del cine de De La Iglesia y entro en
su juego por completo, por delirantes y extraños que sean los caminos que
recorren. Y créanme que el vasco se pasa varios pueblos en esta película
desmadrada en la que, eso si, su imaginería visual sigue tan potente como de
costumbre, reforzada incluso por la alegre complicidad de un reparto entregado
por completo a la causa, ya sean los de nuevo cuño como Hugo Silva o Mario
Casas – éste último especialmente acertado como ese segurata de no demasiadas
luces y buen corazón – o los compinches habituales Terele Pávez (terrorífica),
Carmen Maura o Santiago Segura.

Nada nuevo bajo el
sol: los detractores habituales de Alex de la Iglesia encontrarán en las
flaquezas argumentales de Las Brujas de
Zugarramurdi
y en el exceso circense de su desmadradísimo tercio final
munición suficiente para seguir disparando sus armas. Y los que amamos esos
excesos y consideramos que Alex es mucho más fiel a sí mismo (y quizás por ello
un cineasta genial y único) cuanto más se desmelena y más rienda suelta da a su
negrísimo y provocador sentido del humor, saludaremos con gozo el presumible
éxito en taquilla de su nueva frikada y, como los niños grandes que somos, nos
compadeceremos un poco de aquellos a los que su rigor les impide disfrutarlo en
la misma medida. El camino del exceso tiene en el cine de tan inclasificable
cineasta un punto gozoso que lo hace irresistiblemente atractivo. Y divertido.
Que viva el placer culpable.


François Dupeyron ya
ganó hace unos años la Concha de Oro a la Mejor Película con C’est Quoi la Vie? En esta edición se
ha traído bajo el brazo una película, Mon
Âme Par Toi Guerie
(algo asi como Mi Alma Curada por Ti) en la que Fredi,
un hombre simple de buen corazón- inmenso, en todos los sentidos, Gregory
Gadebois – recibe de su madre al morir ésta el don de poder curar a los demás
con una simple imposición de manos. Lo que viene siendo un curandero de los que
sacan la pasta a los desesperados, pero en serio. Deprimido por su fracaso
personal y profesional y atrapado por la culpa tras haber atropellado por
accidente a un niño y dejarlo clínicamente muerto, la paradoja de su situación
es palmaria pero no por ello menos efectiva: Fredi puede curar a los que le
rodean pero ese don le resulta imposible para curarse a si mismo de los
múltiples problemas que le amargan la existencia o solucionar la vida de
aquellos que, a su alrededor, se empeñan en joderse a sí mismos como solo los
seres humanos somos capaces de hacer.

La propuesta de
Dupeyron es sobre el papel atractiva. En pantalla quizás no tanto. Pese al
indudable talento visual y narrativo de su director y a las estupendas
interpretaciones no solo de su protagonista sino de secundarios solventes como
Jean Pierre Darrousin o Celine Sallette, hay algunas decisiones un tanto
discutibles que hacen que el conjunto se resquebraje un poco, especialmente en
un tramo final un tanto complaciente, resuelto con excesiva premura y lo que es
peor, que provoca cierta sensación de cobardía o falta de coherencia del
director con lo narrado hasta entonces. Ni mucho menos es una mala película:
muy a contrario no carece de atractivos. Pero quizás habría merecido una
resolución a la altura de su planteamiento, como ocurre tantas veces.


La Perla del día fue
la chilena Gloria, una película que
venía de Berlin con el merecido premio a la Mejor Actriz bajo el brazo para su
absoluta protagonista Paulina Garcia, que interpreta a la Gloria del título,
una divorciada de 58 años que pelea de forma denodada por mantenerse activa y
encontrar el amor que le ofrezca un motor a su vida. La película de Sebastián
Leilo resulta de lo más recomendable, aunque solo sea por la sensación de
justicia que supone colocar en el centro de su narración a una de estas mujeres
a las que el cine – y por desgracia 
también la sociedad – suele considerar invisibles. Resultan conmovedores
sus esfuerzos por mantenerse a flote tanto en una relación con otro separado
dominado por la dependencia que sus hijas tienen de él como con sus propios
hijos, el uno despreocupado y la otra tan harta de su país que decide buscarse
la vida en Suecia. Cínica, afilada, divertida en muchos momentos y llevada de
forma muy inteligente, Gloria
probablemente sea una de las propuestas más redondas que veremos en Donosti
este año. Merece la pena. Incluso cuando uno tenga que soportar la insufrible
canción que de forma inevitable atrona en los títulos de crédito finales.
Aunque a juzgar por los muchos periodistas que la tareareaban a la salida, eso
podría considerarse un valor añadido.

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