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23.09.13
61° Festival de San Sebastián

61° Festival de San Sebastián – Jornada N°4: Canibal /October-November / Child’s Pose

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Cobertura exclusiva
desde San Sebastián por David Garrido Bazán

Pocas películas
habían generado a priori tanta expectación en san Sebastián como Canibal, la última película de Manuel
Martín Cuenca, una obra que tuvo una gran recepción en Toronto y que ha contado
con un importante respaldo en ciertos ámbitos críticos incluso desde su rodaje,
lo que no deja de ser un hecho tan inusual como un tanto gratuito: jamás un
exceso de expectativas ha beneficiado a una película, que se ve siempre en la
obligación de cumplir con tanto hype, como dicen ahora los modernos. Por suerte
Caníbal se defiende estupendamente.
No solo eso: probablemente estemos ante la película más importante del cine
español de este año, conjugando sentido del riesgo, coherencia y un desbordante
talento.

Analicemos un poco.
El título no lleva a demasiado engaño y efectivamente, el protagonista de Caníbal
es un tipo que se dedica a comerse a sus semejantes. Bueno, no exactamente a
sus semejantes porque Carlos elige siempre mujeres jóvenes para matarlas,
despiezarlas y tener bien provista su nevera de filetes que luego degusta de
forma austera, sin más guarnición que una buena copa de vino y masticando
despacio cada bocado. No es de recibo que un émulo de Anthony Hopkins despierte
tus jugos gástricos con un plato semejante pero claro, poner el pase de prensa
cerca de la hora de la cena tiene estas cosas. Sigamos. Carlos es Antonio De La
Torre, serio, responsable, hermético, educado y amable sastre que lleva una
vida monótona y ordenada más allá de ese peculiar hábito. Se juega con la
contención, con el tempo narrativo y con la mirada. Sobre todo con la mirada.
Un tipo como De La Torre puede resultar de lo más inquietante con una mirada y
un silencio de esos suyos. Un día llega a su apacible edificio una rumana de
buen ver, alegre y masajista, que provoca su deseo. Pero ya hemos visto antes
que Carlos tiene una forma un poco peculiar de cumplir con esos deseos. El
espectador lo sabe, Carlos lo sabe y sus potencial victima no. Y ahí reside la
gracia del asunto: Martin Cuenca juega de maravilla con las expectativas – las
del espectador viendo la historia, no las de la película que decía antes – y
consigue provocar tensión, humor, horror o ternura según lo que toque con una
endiablada inteligencia y un muy hábil uso de los recursos narrativos a su
alcance mientras su criatura se debate entre sus instintos primarios y el amor
que le acaba de inspirar la mujer que llega a trastocar por completo su
ordenada vida. Como son las mujeres.

Caníbal es, digámoslo ya sin
rodeos, una muy notable película. No ya por su sentido del riesgo, que es
considerable, ni por el talento de su reparto – en los Goya de este año el de
Mejor Actor y Mejor Actriz Revelación tienen serios candidatos… y el de Mejor
Película pues también – ni por el buen ojo de Martin Cuenca para mantener en
precario equilibrio toda una serie de elementos que en manos de un realizador
menos hábil haría que la película se cayera como un castillo de naipes. No, el
punto fuerte de verdad de Caníbal es saber cómo abrirse paso hacia el
espectador pese a que todo su envoltorio parece caminar en sentido contrario a
los usos a los que está acostumbrado el público en estos tiempos. Como decíamos
ayer a propósito de Alex de la Iglesia y sus desmadradas Brujas de
Zugarramurdi
, no hay nada mejor que un cineasta coherente con su trabajo al que
lo que le importa de verdad es ser fiel a su estilo una vez lo ha elegido. Martín
Cuenca tenía muy clara la historia que quería contar y cómo quería contarla. Y
ha sido fiel a esa idea hasta sus últimas consecuencias. Se le pueden buscar
debilidades – las hay en su resolución y no es difícil señalarlas – pero no
cabe duda que Caníbal resulta una
película original, brillante y sumamente personal que va a iniciar aquí un
camino plagado de éxitos. Tiempo al tiempo. En la retina se quedarán imágenes
como esa secuencia de puro terror en la playa, el innegable y definitorio
protagonismo de una ciudad tan peculiar como Granada, la dulzura de la
sorprendente Olimpia Melinde y la rotundidad incuestionable del trabajo de
Antonio de la Torre, contenido como nunca en un personaje inolvidable.

La primera película
del día era austriaca y ya sabemos la chispa que tiene esa gente y la alegría
natural que corre por sus venas. Lo bueno que tiene ver una de sus películas es
que a la salida eres mucho más consciente y agradeces en mayor medida la luz
del sol. October / November narra
los secretos y mentiras de una familia que posee un hotel en un pequeño paraje
de los Alpes. El padre, gravemente enfermo, pasa de medicarse y en realidad de
todo mientras espera pacientemente a diñarla sin hacer demasiado ruido. Su hija
mayor Verena lleva el Hotel y mantiene una aventura con el médico que trata a
su padre de sus dolencias, probablemente aburrida de que su marido sea tan
buena gente. La otra hermana, Sonja, es una de las estrellas de cine más
conocidas del país, lo que no impide que su vida personal sea un absoluto
desastre. La enfermedad de su padre hace que sea el momento idóneo para volver
y generar así una de esas bonitas reuniones familiares de las que el cine nos
ha enseñado muchas veces que no sale nada bueno, sino más bien lo contrario.

Por más que me
devanaba los sesos esta mañana, no acabé de encontrar una razón válida para
justificar la presencia de una película como October / November en el Festival de San Sebastián. Me resulta un
misterio saber qué habrán visto los programadores en una película rutinaria,
correctita y aseada, eso sí, pero mil veces vista y sin el más mínimo atisbo de
originalidad. Su realizador Götz Spielmann se empeña además de forma un tanto
incomprensible en mostrarnos sin escatimar detalle la agonía de ese padre que
se aferra a la vida con más fuerza que Jason en cualquiera de las entregas de
Viernes 13. Hasta tal punto acaba ya uno harto de estertores y sonidos
guturales que uno siente los deseos de que Spielmann haga de una vez un Haneke y
acabe con sus sufrimientos. Y los nuestros de paso. Lo más flojo visto en la
Sección Oficial a Concurso hasta ahora.

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La cosa mejoró
bastante, como no, con la Perla del Dia. En Child’s Pose (La Postura del Hijo), la ganadora del Oso de Oro de
Berlin de este año, asistimos a como una madre posesiva y controladora de clase
alta pone en marcha todos los recursos a su alcance para salvar de la cárcel a
su atribulado hijo, que acaba de matar en un atropello a un chaval de familia
humilde de catorce años. La película es una nueva exhibición de fuerza del
pujante cine rumano, que de la mano esta vez del director Calin Peter Netzer y
apoyado en una antológica interpretación de Luminita Gheorgiu como esa
matriarca de la familia cuya determinación y capacidad de manipular a los demás
a su antojo ya quisiera para sí el añorado Tony Soprano, nos muestra el proceso
de descomposición de una familia enfrentada al miedo y a la humillación de la
cárcel. Con una insobornable cámara al hombro que a alguno puede crispar los
nervios y la habitual ración de realismo que exhibe una puesta en escena muy
cercana en todo momento al rostro y la palabra de esos personajes, Child’s Pose se configura como un
potente drama familiar, crudo y de enorme calado emocional en su magnífico
tramo final donde las catarsis se suceden de forma nada estridente, generando
una peculiar sensación de abatimiento. Puede que al final la muerte de ese
chaval tampoco fuera para tanto. Pero lo que ha movido sin duda lo es.

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