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28.09.13
61° Festival de San Sebastián

61° Festival de San Sebastián – Jornada N°8: La Herida / Jeune et Jolie / Prisoners

Cobertura
exclusiva desde San Sebastián por David Garrido Bazán

En una Sección
Oficial que no se ha caracterizado especialmente por el sentido del riesgo sino
más bien por todo lo contrario, es decir, por un exceso de películas
complacientes, correctas pero susceptibles de suscitar lógicas dudas sobre su
idoneidad para competir en un certamen clase A como San Sebastián había muchas
expectativas con La Herida, la
última de las tres españolas a concurso y asimismo la última a competición. Ya
saben: cuando van pasando los días y las películas sin encontrar esa obra
grande que te justifique por sí sola un festival, uno tiende a depositar sus
cada vez más menguadas esperanzas en los últimos títulos como quien se agarra a
un clavo ardiendo. Y la opera prima de Fernando Franco, montador de títulos tan
señeros del cine español reciente como Blancanieves
o No Tengas Miedo, venía con la
etiqueta de ser una propuesta arriesgada tanto desde el punto de vista
narrativo como el de la temática que aborda, seguir muy de cerca la vida de una
mujer con un serio trastorno bipolar que marca en todo momento su existencia.
Vaya sí lo es. Lo del trastorno bipolar se trasladó inmediatamente a la prensa
que según salía del pase se polarizó en dos bandos difícilmente conciliables: los
que piensan que el cine es o debe ser otra cosa que obligar al espectador a
pasar por la desagradable experiencia de meterte en el cuerpo y la mente de una
enferma mental hasta sus últimas consecuencias y los que defienden que, por
chungo y poco apetecible que sea su temática, La Herida tiene por sí misma una serie de valores que merece la
pena tener en cuenta. Cuestión de piel y sensibilidades. Fuera zonas grises.

Este cronista se
posiciona en el segundo bando. Aunque también reconozco que por valiosa e
interesante que me parezca La Herida,
es una de esas películas que me pensaría muy pero que muy mucho recomendar su
visionado. Con estas cosas uno pierde amistades y lectores. Así que vaya por
delante el aviso: bajo su propia responsabilidad. ¿Ha quedado claro? Pues
sigamos adelante. La Herida es Ana y
Ana es la mujer herida del título. Treintañera, conductora de ambulancias que
transporta enfermos de un lado a otro, eficiente en su trabajo y un verdadero
desastre en su vida personal. Sus cambios de humor son brutales, su
desequilibrio emocional evidente, sus tendencias suicidas peligrosas
posibilidades con las que fantasea, sus impulsos autodestructivos y de
autolesionarse, cortes con cuchillas y quemaduras de cigarrillos encendidos
sobre su piel, espeluznantes. La cámara de Fernando Franco la sigue tan pegada
a ella que el espectador no ve, oye ni piensa otra cosa que no sea a través de
los sentidos de Ana. Le gustaría poner distancia, pero el realizador no se lo
permite. Mal rollo desde la primera secuencia y toda una declaración de
intenciones: a esta película se ha venido a sufrir de principio a fin. La de
Disney, lo sentimos mucho, la pasan en la sala de al lado.

Visualmente, la
película remite a los hermanos Dardenne y su obsesiva forma de seguir a sus
criaturas cámara en mano sin dar apenas respiro al espectador. Vemos como Ana
destroza su vida, se droga, bebe, se autolesiona, se frustra, llora… Intenta
respirar y no puede. El espectador tampoco. La congoja se apodera de la sala.
Ana es una bomba de relojería a punto de estallar en cualquier momento. La
tensión es constante. Se dan pistas de su pasado, cosas que se intuye que
podrían haber sucedido que explicarían su estado, pero tampoco podemos estar
seguros si son realidades o fruto de su mente perturbada. El espectador se
queda suspendido en el vacío. Solo respira cuando lo hace Ana, que es cuando
por su trabajo se ve en la obligación de ayudar a los que están aun peor que
ella: enfermos de Alzheimer (¡Que grande Ramón Barea!) o discapacitados mentales
que al requerir su cariño provocan la ilusión de una Ana como podría llegar a
ser si los medicamentos o la terapia intensiva funcionaran. Espejismos. De ahí
no se sale ni se progresa tan fácilmente. Y así hasta el final de la película,
una lucha constante. Los hay que argumentan que no hay historia, que su
personaje no avanza ni cambia, sin advertir que en ese lodazal de la enfermedad
mental a veces no hay manera de avanzar. Juzguemos a La Herida por lo que busca, no por lo mal que nos lo hace pasar.
Quizás entonces nos daremos cuenta que no tiene que ver con el morbo ni el
sensacionalismo. Que se trata de ser riguroso (ay, ya salió la palabrita…) y
coherente.

Nos dejamos para el
final a Marian Álvarez. Ella es la película de principio a fin. Sostiene elaborados
planos secuencia larguísimos con una intensidad increíble, algo que no resulta
ni mucho menos fácil ni al alcance de cualquiera. Después de muchos años,
después de infinidad de trabajos televisivos, de que su maravilloso trabajo en
Lo Mejor de Mi pasara casi desapercibido hace unos años, por fin ha encontrado
un papel en el que es capaz de sacar todo el talento que lleva dentro. Su
trabajo es tan impresionante que resulta complicado hacerle justicia con
palabras. Es la clara favorita al premio a Mejor Actriz. Tan clara que lo más
fácil es votar por ella, así que puede que al Jurado le dé por hacer otra cosa.
Los Jurados son así. La Herida queda
como la propuesta más radical del Festival. También la más odiada. ¿El cine es
esto? se preguntaba alguno a la salida. Pues sí. También es esto. Aunque duela.

En estas crónicas se
ha huido a propósito de toda crónica de alfombra roja. No es que uno sea de
esos que desprecia el glamour y los
focos, es que tras la sobredosis de estrellas que desfilaron el año pasado por
el María Cristina – recuerden: cinco premios Donostia – una de las críticas más
recurrentes de este año es que los pobres fotógrafos no tienen apenas un triste
famoso internacional que echarse a la lente, con lo que no hay mucho que
contar. Ayer llegó Hugh Jackman y fue como si de repente lloviera un poco tras
meses de sequía: se desató la locura con el mocetón australiano, que accesible,
profesional y diligente se ha metido en el bolsillo a toda Donostia en un
ratito. Bien por él, aunque no va a evitar las críticas, que se han hecho
rugidos cuando Helena Bonham Carter ha anulado a última hora su rol de madrina
de la clausura. El año pasado fue un exceso, éste han tocado las vacas flacas.
A asumirlo sin más.


Hugh Jackman, además
de ser Premio Donostia, ha venido a presentar Prisoners, la segunda película que tiene Dennis Villeneuve en esta
edición tras Enemy y sus arañas. Una
propuesta completamente distinta, un sólido thriller sobre niños secuestrados y
zonas morales ambiguas con muchas menos pretensiones que la extraña película
sobre las dualidades que presentó en la primera jornada. La historia trata de
dos niñas que desaparecen sin dejar rastro en una pequeña localidad. Exacto,
como en la de Egoyan de hace unos días. Pero sin fundamentalismos cristianos de
por medio. La trama gira alrededor de los esfuerzos del detective encargado del
caso, Jake Gyllenhaal (esta vez sin doble, aunque no le habría venido mal
contar con uno) por encontrarlas mientras controla al padre de una de ellas,
Hugh Jackman, un rudo cazador que va cayendo más y más en la desesperación
según pasan los días. El sospechoso inicial es un joven con las facultades
mentales disminuidas. La policía le cree inocente y le suelta. El padre le cree
culpable y le secuestra y tortura para que confiese. Nos movemos en áreas
morales difusas cuando la vida de nuestra hija pequeña está en juego o cuando
nos dejamos dominar por el ansia de venganza. Estamos en terreno conocido, el
explorado por películas como Río Místico
y El Sustituto, ambas de Clint
Eastwood o Desapareció una Noche, la
muy notable película de Ben Affleck.

Prisoners es sólida, bien llevada,
mantiene intacta su tensión durante las más de dos horas y pico de metraje y
demuestra que Dennis Villeneuve es un realizador versátil, con ojo para el
detalle y conocedor tanto de las claves del género como sobre todo, de la
importancia del desarrollo de los personajes. Se le pueden reprochar ciertos
trucos de guión, habituales del género por otra parte, que quizás habrían
debido pulirse un poco más de cara a la resolución de la trama. O que en su
tramo final opte por dar un par de vueltas de tuerca más de lo debido que
debería haberse ahorrado. Pero aun así es una muy notable película que cuando
se estrene va a encontrar su público. Ah, por si se lo preguntaban, Hugh
Jackman está muy bien. Como casi siempre. Ya saben que este tipo lo mismo te
presenta una gala de los Oscar memorable que cumple como el Jean Valjean de Los Miserables o exhibe músculo y
destreza en el cuerpo a cuerpo como Lobezno. Es un actor solvente.

Dejando para mejor
momento el hablar de otras películas recomendables vistas en Perlas como la
interesante Jeune Et Jolie de
François Ozon que hace una estupenda reflexión sobre la adolescencia y la
prostitución con un descubrimiento como Martine Vacht o el estremecedor y
brillante documental L’Image Manquante
de Ritty Panh que pone los pelos de punta al contar el horror cotidiano vivido
en Camboya durante los cuatro años de dominio de los Jemeres Rojos… con figuras
de barro, procede hablar de quinielas y rumores sobre el Palmarés que
conoceremos esta tarde. En un Festival desigual dominado por la idea de la
dualidad y exento de esa obra grande de las que le hablaba al principio, es
imprevisible lo que puede hacer el Jurado presidido por Todd Haynes y en el que
hay gente tan dispar como el músico David Byrne, el director Cesc Gay o los
actores Diego Luna y Paulina García, así que me limitaré a darles mi opinión.
Desde mi punto de vista hay tres películas que destacan en la sección oficial y
deberían verse reconocidas en el palmarés: Caníbal,
Club Sandwich y Quay D’Orsay
, a las que yo concedería Mejor Película,
Premio Especial del Jurado y Mejor Director para Tavernier respectivamente pero
que pueden verse reconocidas en otras categorías. Quizás tenga alguna opción si
no hay acuerdo para los premios gordos películas de consenso como la de David
Trueba, que es una propuesta eficaz y correcta que gusta a todos, pero no
parece algo muy deseable ignorar a las tres anteriores en su favor. Para los
premios de interpretación parece que en el apartado masculino hay un duelo
español con inglés al fondo, pues tanto el hermético e intenso Antonio de La
Torre de Caníbal o el desenvuelto y
entrañable Javier Cámara de Vivir es
Fácil con los Ojos Cerrados
hacen méritos más que sobrados para llevarse la
Concha de Plata, si bien tampoco parecería extraño premiar al estupendo Jim
Broadbent de Le Weekend. Para Mejor
Actriz no parece haber una candidata más potente y más favorita que Marian
Álvarez por todo lo contado más arriba, aunque puede jugar en su contra que sea
la elección más obvia. Personalmente me gustaría que el Jurado no se olvidara
del estupendo trabajo de Maria Renee Prudencio, esa madre de Club Sandwich que asiste impotente a
cómo su hijo adolescente crece para alejarse de ella. Como en el caso anterior,
Lindsay Duncan acecha al fondo pues su esposa frustrada en Le Weekend tampoco sería una apuesta descabellada. Esta noche
saldremos de dudas como siempre en una gala que pueden seguir en directo via
twitter @davidgarridobaz a partir de las 20:30. San Sebastián ha tenido en los
últimos años una larga tradición de palmares polémicos que han ignorado las
mejores propuestas a favor de otras, felizmente rota el año pasado cuando Dans la Maison y Blancanieves se repartieron los premios grandes. Veremos que
ocurre.

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